No scape

Girl_with_gun

Apura el último vaso y sale a la calle. Detrás de él alguien cierra los goznes de la puerta y se oye el crujir de los candados de seguridad. Pantalones vaqueros de pitillo y botas de motorista de punta redonda. Su camiseta de tirantes es una oda a la inmundicia. Mastica tabaco y su pelo ondea al viento como la bandera de un país arruinado. Levanta la extensión de su brazo y abre fuego contra la podredumbre que arrastra la suela de los zapatos y gime cuando pide comida. Siente lástima por aquellos que fueron amantes y hombres de negocios y ahora forman parte de la nueva oleada de cuerpos macilentos que no saben otra cosa que hacer que pedir comida. Piden un bocado de tu carne como si tuvieran derecho a ello. Se abalanzan con los brazos estirados y caminan atropelladamente, buscando algo que les baje garganta abajo y los excite aún más. Le dan asco.

-Son peor que los vagabundos. –Vuelve a escupir en lo que antes fue un rostro hermoso.

Un rostro que muchos habrían dado su brazo derecho por tenerlo entre las piernas.

Camina despacio hacia su motocicleta y se sube como si fuera el último caballero andante que queda con vida. Cabalga subido en la dos ruedas aspirando todo el aire que le confieren los fantasmas de la noche. En los bosques los moribundos lo buscan. Buscan el ruido que proviene de la carretera. El motor de la Triumph es un rugido proveniente del mismísimo infierno. Un latigazo en las mazmorras del último reducto de la Santa Inquisición. Cambia a cuarta y se guarda la Remington en la cartuchera que tiene en la motocicleta. Ya ha pasado la zona de peligro. Entra por el camino de tierra y acelera hasta que el cuenta quilómetros tiembla; sabe que no va a cruzarse con nadie. Cuando ve la luz de lo que ha sido su guarida durante más de un año sonríe levemente. Sabe que dentro de ella Madeleine lo espera con tan sólo las medias puestas. Desmonta delante de la puerta y mira a su alrededor. Nunca se ha encontrado con los moribundos deambulando por los alrededores de su casa; en caso de hacerlo, sacaría la artillería pesada.

Le asquea el simple hecho de pensar en ello. Está harto de tener que respirar el mismo aire que los zombis.

Cuando abre la puerta ella está totalmente abierta de piernas. Totalmente dispuesta a gozar de los pocos placeres que la invasión zombi ha dejado en el último reducto de humanos. Ella sabe que tan sólo le queda el Rock N’ Roll y la pequeña plantación de hierba que conserva detrás de la casa. Bueno, y su nuevo amante. No es el tipo más guapo del mundo pero sabe mantenerla a salvo y dispara el arma como un forajido del antiguo oeste. Se toca la vagina y lo llama desde el otro extremo del salón.

-¿Qué pasa, vaquero? ¿Cansado de montar yeguas?

Se acerca hacia Madeleine y se baja los pantalones a diez centímetros de su cara, esperando a que pase a la acción. Ella sigue esperando la dureza de su miembro. Ninguno de los dos parece reaccionar. Ella sabe que a él le gustan los clásicos. Una buena felación antes de comenzar a cabalgar por las llanuras de su deseo sexual. Pero esta vez se ha cansado de esperarlo hasta tan tarde y sigue con las piernas en alto, como si fueran las agujas de un gigantesco reloj marcando las diez y diez. Lo mira a la cara y se pasa la lengua por los labios.

-Dale caña, vaquero…

Resignado comienza a tocarse hasta empalmarse. La penetración es limpia, un tanto dolorosa pero en definitiva perfecta. El encaje es tan impecable que se acuerda de la primera vez que lo hizo. Le viene a la memoria un bidet y una prostituta extremadamente simpática. Se acuerda del calor que sintió en la entrepierna y de aquellos enormes pechos subiendo y bajando al compás de sus acometidas. Se acuerda del cigarrillo mientras se subía los calzoncillos y del beso que ella le dio en la boca. Se acuerda de todo mientras el sonido del choque de sus pieles los mantiene alejados de la realidad.

Desde que se originó la pandemia, ha estado huyendo, robando vehículos y armas y escondiéndose en pisos que antes habían sido de alguien. Cuatro años vagando por la tierra gastando gasolina y huyendo de los zombis. Cuatro años viviendo una road movie sin sentido hasta que dio con el Bar de Bowie.

Bowie mantenía alejados a los muertos mediante el uso de una M16 totalmente nuevecita que compró a un traficante mucho antes de que la pandemia se manifestara. Bowie era buen con la puntería y tenía un bar que reunía a los últimos supervivientes que se sentían capaces de tomarse una copa antes de salir a matar zombis. Al ex militar siempre le habían gustado las tradiciones y si a las diez había que salir a tomar una copa, una invasión zombi no sería lo que cambiaría sus planes. Decenas de motocicletas y automóviles de lo más variopintos esperaban que sus dueños castigaran el acelerador después de remojarse el gaznate. Las viejas costumbres nunca cambian.

Después de diez minutos en la misma postura, le ordena que se ponga a cuatro patas. Salta patosamente hasta el mueble bar y da un vistazo por la ventana. Se sirve un vaso de whisky.

-Estoy sudando todo lo que me he bebido. Que desperdicio.

Vuelve hasta ella y mientras ingiere el contenido del vaso la penetra. Siente todo el calor de su vagina envolviendo el pene erecto. Comienza a mover la cadera al ritmo de una melodía que nunca va a sonar. Los jadeos se convierten en un grito en mitad de la nada. Es tal el silencio en el exterior que el sonido del sexo empieza a oírse por todas partes. Están follando como dos auténticos perros. Gritan y profieren palabras malsonantes, mirándose a los ojos. Se insultan y se escupen. Tratan de partir sus caderas en dos partes mientras algo ocurre en el bosque. Lo están pasando demasiado bien. Las acometidas son como disparar a un presidente. Se han dejado la puerta abierta. Llega el sonido de la miseria espiritual a través de los árboles. Se oyen algunos pasos. Se oyen murmullos ininteligibles y gorjeos antinaturales.

Aparece el primer rostro por el marco de la puerta.

Avanza por el suelo de madera a sabiendas de que no lo han oído. Entran dos más en la casa. El sonido del sexo sufraga el lento arrastrar de sus pies.

Cuando intenta coger el vaso, siente una mano fría posándose en su hombro. De un salto se da la vuelta y empuja al muerto al suelo. Los movimientos de los moribundos son tan lentos que le da tiempo a subirse los pantalones y correr a por la artillería pesada. Madeleine corre desnuda agitando los pechos, igual que cuando se la estaban follando. Cierran la puerta tras de sí.

-Escóndete en el sótano. –El desespero se hace audible. -Mierda. Mierda. Mierda. Mierda. Mierda. ¿Cómo he podido ser tan estúpido? –Mientras habla carga las dos Submachine Guns de 10 mm.

Los muertos golpean la madera. Mira por la cerradura. Han entrado unos cuantos. Cuando ella ha cerrado la trampilla abre la puerta y trata de olvidarse de lo idiota que ha sido haciendo estallar el contenido de sus armas en las cabezas de los moribundos. Hay media docena repartidos por el salón. La madera cruje con los balazos y los cuerpos caen al suelo, tiñéndolo todo de sangre. Cuando sólo queda uno lo apunta con una de las dos armas y le incrusta el contenido de medio cargador en la cabeza. Cierra la puerta antes de que se cuelen más. La atranca con una barra de hierro, cierra las luces y mira por las ventanas. Algunos cuerpos deambulan por el exterior. Dos se dirigen hacia la entrada principal y otro está plantado justo delante de la Triumph. Corre hacia la habitación y abre la trampilla. Baja por las escaleras y se la encuentra temblando de miedo, con las medias puestas y la vergüenza a modo de indumentaria. Se tapa los pechos, se tapa la entrepierna. Ya no es la mujer que lo esperaba con las piernas marcando las diez y diez.

-Vístete. –Le entrega una 10 mm. –Ni se te ocurra abrir la luz.

Ella sube las escaleras y se viste en silencio mirando por la ventana. Se encuentra el rostro de uno de los zombis que mira por el cristal. Se aparta justo a tiempo para que no la vea. De todas formas ellos saben que hay alguien en el interior de la casa. Comienzan a golpear la puerta. Tiene hambre y saben que les espera un cálido mordisco en el interior.

-Nos tienen pillados. Tenemos que abandonar esta vivienda. –Nervioso mira hacia todas partes mientras llena una mochila con munición y algunas botellas de whisky. -¿Ves si se acercan más?

-Hay unos doce o trece más o menos. Quizá haya más. No alcanzo a verlo todo. –Nerviosa se abrocha el cinturón y se sube la cremallera de una chaqueta de cuero marrón.

Cuando tiene la mochila llena la coge por los hombros y la mira directamente a los ojos.

-Bien, este es el plan. Tenemos que salir de aquí o vamos a quedar totalmente rodeados. Saldré por la ventana y dispararé un par de veces. Ellos vendrán hacia mí. Abres la puerta y corres hacia la motocicleta. Dispara a todos los que puedas. Arráncala y antes de que hayas puesto primera, me habré subido al asiento trasero. –El brillo del llavero de la Triumph se refleja en los ojos de gata de ella. -¿Podrás hacerlo?

-Sí. Creo que sí. –Madeleine está tan asustada que le tiembla el cuerpo.

-Necesito que estés tranquila. Ya sé que no es fácil. Trata de calmarte o no saldremos de esta.

Abre la ventana y sale al exterior. Se oyen disparos. Se oyen los murmullos de la muerte que avanza lentamente hacia el preciado manjar. Ella quita la barra de hierro, abre la puerta y dispara contra los dos muertos que golpeaban la madera. Corre hacia la motocicleta y unos pocos caminan tras ella. Su supuesta pareja dispara contra las cabezas en un intento de detener la horda zombi y a su vez, atraerla.

Se le acercan demasiados.

Ella dispara contra el muerto que parece estar montando guardia frente a la Triumph. Introduce la llave en el contacto y arranca la moto. Los que la han seguido están a cinco metros de su posición. Le da al gas para que la gasolina circule. Aprieta el embrague y sin mirar atrás pone primera.

Nadie se ha subido en el asiento trasero.

Totalmente rodeado de zombis se pone a correr pero uno de ellos lo agarra por el brazo y le hace tirar el arma. Se agacha en un intento de recuperarla y dos más se le echan encima. Rueda por el suelo con los dos cuerpos que lo atenazan con fuerza.  Trata de encontrar con la mirada la Submachine mientras escucha el sonido de los pistones de la motocicleta. Nota como una mandíbula penetra en su cuello. Otra le arranca medio bícep. Grita hacia el cielo y no obtiene respuesta.

Los zombis están a dos metros de la Triumph. Con lágrimas en los ojos ve como empiezan a comerse a su amante. Él sigue gritando. Hay demasiados. Están a punto de tocarla cuando gira la muñeca y acelera. Acciona la luz delantera y descubre como una treintena de muertos, ocultos en la oscuridad de la noche, avanza por el camino de tierra hacia la casa. Los tiene a unos treinta metros.

Avanzan directos hacia el foco de luz que escupe la motocicleta.

No le dejan espacio para que pase. Pone segunda, tercera, cuarta, castigando el acelerador. Se dirige hacia la multitud como si fuera un kamikaze. Sabe que no tiene escapatoria.

Cierra los ojos y dispara a ciegas las balas que quedan en el cargador.

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