Úrsula

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A Úrsula le mordió un zombi tan guapo que enseguida se enamoró del amarillo de sus dientes. Le gustó sobremanera ver su carne bailar entre los dientes del mancebo. Ver sus ojos cambiar al blanco más rápidos que el escupitajo de un colibrí. Ver como la sangre la caía por el brazo hasta empapar de rojo su mano y teñir el suelo con pequeñas lágrimas de alegría circunstancial. Úrsula amó desde siempre a los monstruos de Hollywood y a los de verdad. Cuando la pandemia estalló corrió al salón de casa de sus padres para ver con una expresión de pura emoción el desorden imperante que reinaba en las calles. Bajó corriendo las escaleras hasta llegar a la portería y contemplar al abrir la puerta el espectáculo de la muerte en todo su esplendor.

A Úrsula le costó caminar cuando la conversión tuvo lugar en su cuerpo y la oxidación de sus extremidades se materializó bajo la estupefacción de un grupo de supervivientes que, disparaba con armas de caza desde el interior de un Ford demasiado grande para los brazos de la adolescente que lo conducía.

A Úrsula lo atacó un zombi guapo con chaqueta de chándal y zapatillas de baloncesto sin cordones. Se detuvo para compartir su carne y besar al dolor directamente en los labios. La ilógica de su manera de ser suple la irrealidad que constantemente impera en el mundo. Los muertos trajeron el orden convirtiéndose en cazadores sin armas, pequeños dioses que equilibraron la balanza de las clases sociales y sentaron en el mismo palco del teatro del mundo a todos los que sobrevivían a sus ataques. Úrsula pudo verlo todo desde primera fila, con el muñón de su brazo a modo de estandarte en pro del nuevo orden mundial. Cuando la joven Ingrid se le cruzó por delante le propinó una dentellada de rabia conjugada con algo de hambre. Rabia por no dar con el zombi guapo. Rabia por sentirse una perdedora con la mente vacía y los ojos como el blanco de la esfera de un reloj que nunca se detiene. Caminó en línea recta obviando los gritos de Ingrid y escaneando el escenario en busca de su “hombre”.

A Úrsula uno la conoce por su paso renqueante y por el castañeo de unos dientes que, en vida, jamás quisieron tragarse un plato de caracoles. Desde su parapeto el pequeño Roberto la espiaba con un cuchillo con el mango de cuerno y las zapatillas con el motor en marcha. Sus piernas se catapultaban hacia ella como una lengua de reptil. Sus brazos se abrieron como el batir invisible de unas alas bajo el embrujo de la taxidermia y se lanzó contra la supuesta mordedura de la no-muerte. Úrsula lo recibió con desilusión; esperando la llegada de su amor corrupto abrió la boca para iniciar la ingesta de carne roja bajo la inútil protección de los gigantes grises de la ciudad.

Roberto cayó sobre ella y la abrazó con pasión extinta, con instinto de asesino sin sueldo, lo hizo por obligación y porque no tuvo más remedio. Le clavó el cuchillo en el estómago y lo retorció sin ganas. A Úrsula uno puede conocerla por sus ganas de enfrontar los problemas y hallar la irremediable absolución de lo que queda de su alma; se levantó del suelo al no afectarle la cuchillada y cogió por el pelo al joven Roberto. La cuenta atrás de la dentellada del hambre empezó cuando el cuerpo maltrecho del zombi guapo apareció por una esquina sin iluminar y Úrsula lo contempló con el blanco de su mirada. Roberto se escabulló regalándole un mechón de su pelo a la extinta belleza de la zombi. La cuenta atrás de la dentellada se detuvo en seco, iluminada por un rayo de sol escupido por el propio Dios.

El cuerpo de Ingrid renació en la dureza del asfalto, sin saber adónde ir, sin poder calcular sus pasos bajo la inclemencia de un sol que comenzó a salpicar la calle. La niña buscó a Úrsula porque no sabía qué hacer. Tenía hambre pero no sabía de qué. Sentía una terrible ansiedad que trataba de agarrarle el interior del cuello desde el estómago. Buscó con la mirada a su creadora hasta encontrarla enfrente de un zombi con chaqueta de chándal y de delicadas facciones. El zombi guapo deslizó la suela de sus zapatillas por el asfalto al no saber cómo reaccionar ante la mirada petrificada de Úrsula.

A Úrsula uno la conoce por la insistencia de sus maneras y por la fijación que siente cuando algo la atrae a sobremanera.

Sin saber que hacer siguió el lento caminar de su amado mientras los espectadores del renacer del nuevo mundo corrían por la calle buscándose a sí mismos ante tan desesperada situación. Ingrid se unió a ellos en completo silencio, avanzando como podía con la herrumbre de sus piernas. Buscando la dentellada que le daría la bienvenida al reino de la no-vida. Los tres cuerpos trataban de perderse en la multitud mientras Roberto echaba en falta el mechón de su pelo; su vida seguía latiendo al ritmo de las agujas de un reloj.

Hasta que el Ford se detuvo a dos centímetros de su estupefacción y la adolescente sentada frente al volante le mandó que subiera.

El vehículo rodó imponente por la calzada mientras la muerte extendía los brazos, buscando el codiciado regalo que cargaba munición dentro de la transparencia del cristal. Los disparos unieron a la vida y la muerte en un cruce de caminos circundado por rótulos luminosos y publicidad no deseada. Las ventanillas abiertas convirtieron al supuesto cazador en presa fácil y los zombis se arremolinaron pidiendo sin palabras la codiciada limosna de carne roja y sangre fácil. El fuego de las armas apenas pudo contener a la horda. Roberto se escabulló por la trampilla del techo del Ford y saltó al suelo aprovechando el desconcierto de su propio enemigo. Sintió un inusual tipo de lástima; la micro cápsula de amistad que ingirió en el interior del vehículo apenas satisfizo su sed de curiosidad. La adolescente daba marcha atrás mientras la muerte estaba demasiado cerca de ella. Un arrebato de furia zombi la mordió en el brazo arrancando para siempre su piel y su alma.

El interior del vehículo se convirtió en un festín sin tarta de chocolate.

Roberto corría por el asfalto esquivando a su propia muerte, buscando el momento para detenerse y coger fuerzas. Agarrar por el cuello al miedo y mirarlo directamente a los ojos, sintiéndose cómplice del joven héroe que dormitaba dentro de su pecho. Las suelas de sus zapatillas se tornaron azufre y sus ojos calculaban tan rápido que su mirada se cruzó con la del mismísimo Hermes. Saltaba usando todo su cuerpo, convirtiendo sus piernas en dos rayos huérfanos de tormenta. Corrió calle abajo hasta que el infortunio le hizo la zancadilla; tres zombis dieron con su joven cuerpo en un callejón sin salida.

La blancura de los ojos de Úrsula conjugaba perfectamente con los de su amado. La joven Ingrid codiciaba la carne de Roberto buscando en su primer mordisco el regocijo del gusano del hambre. El superviviente resbaló al suelo cuando la desesperación de la muerte obligó a los muertos a descubrir el contenido de su piel.

A Úrsula uno la conoce por el lento masticar de la carne humana mientras mira fijamente a su amado. Al zombi de su vida. Al hombre que la guiará por un mundo sin sonrisas ni besos en rincones olvidados.

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