Prólogo y relato de Conexión ADSL

 

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El prólogo y relato que tienen a continuación, forma parte de la antología CONEXIÓN ADSL donde se reúnen más de veinte relatos de autor y algunos textos poéticos bajo la firma de Ricard Millàs, poeta, escritor y autor de este blog. Esta entrada es un aperitivo de lo que sería el libro, nada más lejos de la realidad. 

Qué les aproveche. 

Prólogo de Vanity Dust

 

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Cuando mi agente Karl Straüss me llamó para comentarme que me habían pedido prologar un libro me fui al primer paki que vendía rosas por la calle y le compré la cesta entera para ponérmela delante de una foto que tengo de mí mismo en mi cuarto de los trofeos. Pensé que me pagarían pasta y un par de perras, pero cuando supe de qué iba la cosa vi que poco había que sacar en ese aspecto. Entonces es cuando tuve que preguntarme cuándo trabajo gratis y en qué condiciones. Fue fácil, Ricard Millás juega en una liga que puedo entender, que me divierte y me levanta extasiado del sofá, como poseído por 5 clenchas de Speed, cuando termino uno de sus relatos. Tras el contacto con Karl, Ricard y yo nos conocimos vía Facebook, como los quinceañeros o aquellas compañeras de inglés que tenías a los 10 años y que, tras meses de darle vueltas al apellido, has logrado recordar (incluso has cambiado tu foto de perfil con una renovada esperanza, esa segunda oportunidad de la que vive Zuckerberg), y esperas ansioso la respuesta a tu estúpida petición de amistad. Nos entendimos bien. A la semana estábamos de birras haciendo el capullo por Barcelona. Por el Borne, por el Raval, pillando merca a dealers chungos y dándole a las lonchas en los portales de calle Carme. Las cosas iban bien. Lo mejor de todo es que siguen yendo bien. Porque Ricard es un obseso, un perturbado, y eso es una alabanza, claro. Le peta la cabeza cuando piensa en los colgados, aquellos tipos y mozas que han perdido por completo el rumbo de la vida, es decir, que no han tenido la suerte de conocer a Paulo Cohelo, y que todo lo que tocan se convierte en mierda. También se vuelve loco con la gente normal, con sus vidas pseudoacomodadas y absurdas. Pero sé que comparte como yo que follarse a tías normales es un deporte nacional de lo más entretenido. En definitiva, le vuelve loco casi todo lo que le rodea, y no puede evitar, en un acto de salvación suicida [sic] escribir sobre ello para tratar de ubicarse en medio del percal.

 Sería hipócrita no reconocer que mola que te paguen por hacer un prólogo de un libro de autoayuda. Eso tiene que estar muy bien, y ahí quiero que Karl Straüss se gane su puto sueldo. Eso sí, todo lo que sea hablar de Ricard, leer sus jugadas, dialogar con ellas y luego pillar ciegos y comentarlas hasta la saciedad, es también un deporte que practico con gran satisfacción. Y que dure, con ese mágico y lamentable equilibrio que mantenemos para seguir con vida en medio de todo esto.

 Vanity Dust www.vanitydust.com Barcelona, Octubre ‘12

El escritor II, relato de Ricard Millàs

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El escritor camina perdido por la calle. Sus zapatos agujereados le recuerdan su situación financiera. Nunca ha tenido los bolsillos llenos de dinero pero sí de poesía. El escritor recuerda a aquella chica bajita que estudiaba magisterio que le dijo que sus textos parecían frases inconexas sin ningún tipo de sentido, palabras vacías que trataban de estructurarse en un documento vacío.

Poesía, literatura a modo de producto concebido para ser vendido en librerías, palabras prostituidas con el liguero demasiado apretado.

El escritor simplemente se limita a caminar bajo los rayos del sol, un paso detrás de otro, dejando atrás el pasado para convertirlo en presente. Bolsillos vacíos, sonrisa canalla, tatuajes que un día fueron gloria infinita; irrumpiendo durante centésimas de segundo en la vida de todos aquellos que se cruzan en su camino.

Transeunte, tu espacio vital violentado por la aparición de un aspirante a escritor profesional.

Durante toda su vida trató de encontrar el secreto de la literatura. Las palabras se esconden incluso debajo del agua. Por eso tuvo que apuntarse a clases de natación y recorrer a diario los dos kilómetros que lo separan del mundo real para adentrarse en la densidad del lenguaje.

El escritor está considerado un iluso en lo que a su entorno social se refiere. La mayoría de la gente trata de ser más práctica y pasar desapercibida. La única impronta social que dejan se dibuja en forma de huella dactilar en el mando de una videoconsola o en el volante de un deportivo pagado a plazos.

Lo práctico se disuelve con el paso del tiempo. Lo inusual toma conciencia una vez estás muerto.

Luce el sol y las palmeras sonríen un domingo por la mañana. El escritor se encuentra perdido en mitad del asfalto. Quedarse dormido en el sofá de un conocido nunca ha sido una buena idea. Lo mejor es marcharse de una fiesta antes de que sea demasiado tarde. El escritor siempre se queda hasta el final por si puede besar a alguna borrachina. La única valentía la transmite frente al teclado. El alcohol le ayuda a dar un primer paso en el terreno afectivo.

Despertarse con los zapatos desabrochados en un sofá desvencijado, con la cabeza golpeando los tambores de guerra de la resaca, apartado del mundo, solo, sonriendo sin motivo en una habitación vacía llena de vasos vacíos y ceniceros sucios… el escritor se da cuenta una vez más que debe seguir viviendo para suplir todos los despertares solitarios sin la compañía de una amante de la poesía o una mujer de verdad con cuatro libros publicados.

Salir a la calle, mirar al sol directamente a los ojos y avanzar por el enlosado con el pecho exultante.

El escritor cae rendido en la calle, apenas ha dormido y ayer bebió más de la cuenta. Ninguna chica quiso besarle. Ellas preferían a un hombre más práctico, con una carrera universitaria productiva y un automóvil reluciente aparcado frente a la fiesta. Un vehículo veloz que las llevará bien lejos de su propia realidad. Soñar despiertas y darse cuenta de que el sueño es real. Ni tan sólo un cuento de hadas puede apaciguar la sed de emociones de una mujer joven y soñadora. Ni queriéndolo podrá escapar de su propia realidad.

Convertir tu vida en ficción es negar que tengas los bolsillos vacíos. Aunque lleves algo de poesía de subterfugio…

Arrastrándose hasta una palmera enciende un cigarrillo y mira al sol directamente a los ojos. No hay nada que hacer. Todas las miradas se posan en un cuerpo fumando  bajo el sol con los zapatos llenos de agujeros, medio tirado en el suelo, esperando la redención del hombre mediante un poco de humo ascendiendo al reino de los cielos…

La visión de unas piernas femeninas envueltas por unas sandalias de diosa griega le agudiza el ingenio y se incorpora para dirigirse a ella, con todas las armas del romanticismo cargadas a punto de disparar. Cuando ella se sitúa a su altura, de la boca sólo le sale un poco de humo. El incesante martilleo que experimenta en la cabeza  le acalla su incesante sed de flirteo circunstancial otorgándole uno de los mejores favores que le ha concedido en toda su vida.

Todo aquello que sueles decir en un día de resaca puede que sea demasiado sincero.

Aún así el escritor quiere abrir la boca y chorrear todo el amor enlatado que encerrado en su pecho pide la liberación. Las palabras se agolpan en su cerebro y explotan sin ser partícipes de sonoridad alguna, se pierden y suben como el humo que exhala tirado en el césped con los zapatos agujereados y la cabeza rota de tanto beber. Como un buda feliz de participar en la vida, aunque no sea tal y como se la esperaba.

Los episodios mentales que de vez en cuando te muestran una hipotética realidad, lo único que hacen es desprestigiar tu vida.

Se levanta del suelo y se dispone a seguir aquella divina visión, pero a los dos pasos cae al suelo y se queda sentado en el bordillo. Como un indigente observa el ir y venir de la gente. Sin saber adónde van. Sin importarle siquiera su nombre.

El escritor vuelve a mirarse a los pies y reconoce que casi está a punto de atravesar la delgada línea que existe entre un aspirante a escritor y un autentico outsider. Sin dinero, sin empleo, sin expectativas de una vida mejor se enciende el último cigarrillo que le queda y en un intento de desafiar al sol se quema las retinas.

El oficio de escritor tiene esas cosas. Fumar sentado en la calle sin nada que llevarse al estomago forma parte de la actuación. El patetismo llevado a extremos es un factor a tener en cuenta cuando uno quiere ser inmortal. La autodestrucción a modo de redención. Ya lo dijo Nietzchse en su día.

El escritor sigue sentado en el suelo bajo la mirada inquisitiva de todas las mujeres que forman parte de la rueda, que compran libros y sueñan con acostarse con un poeta durante un par de horas antes de que su marido vuelva del gimnasio. Recibe un guiño de los dioses y durante un segundo experimenta lo que los alcohólicos llaman “un momento de lucidez”. Trata de levantarse pero no tiene fuerzas para nada. Decide seguir sentado en el suelo hasta que el mundo arda en llamas.

Desatendido por las editoriales el escritor se desangra en mitad de la calle formando un charco de palabras.

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