Cruces invertidas. Ángeles sin rostro.

nen

La sombra se cierne sobre la ciudad. En el balcón disfrutas de la vista; una capa de color negro viste al gigante de cemento para acallar los miles de voces que creen en la esperanza. La esperanza de seguir riendo, cantando, volando a través de los cielos de sus sueños. Una capa que convierte los rayos del sol en lenguas de fuego que cuecen los capós de los automóviles, las armaduras del caballero moderno. En un pedestal improvisado el hombre de cejas gruesas y mirada apagada deslumbra a su séquito subido encima de su palabrería; la gente lo escucha porque la televisión e Internet han desaparecido. La gente lo escucha como si fuera un programa de radio. Un show televisivo con escotes generosos y americanas blancas con rosas rojas. Gotas de sangre en sábanas para futuros adictos a las palabras que se pierden en las esquinas abandonadas; el color que tiñe de infortunio el último bastión de la esperanza humana.

Sus manos son delgadas y sus dedos parecen disparar amenazas. Sus ojos inyectan desolación mientras su pelo trata de escapar de su cabeza. Se llama Dragón y no desea recordar su nombre. Se llama Dragón y lo puedes encontrar esgrimiendo argumentos nefastos en lo alto de los últimos estandartes de la antigua civilización.

El mantra del desafortunado anuncia el apagón del reino de Occidente.

El canto del moribundo de espíritu se alza como héroe para clamar el llanto que en realidad es cascada de sangre y músculo sin hueso.

En su actitud de líder anárquico, busca la aceptación de la muchedumbre buscando en el laberinto de las palabras, conceptos que el tumulto de cabezas que enfocan su visión en aquel que trata de arrancarle la ropa a la mentira, gritando cuando hace falta, bailando sin música para expresar su contento ante la barbarie, escupiendo para aquellos que necesitan mojarse con agua de lluvia; es lo único que puede hacer.

Cuando los líderes se escabullen, el oportunista aprovecha para mostrarse como un rey sin cetro y con el fuego de su pecho incendia el discurso mediante la burla de lo establecido; se cae en el abismo de la música que lo acunó cuando era un niño. Y como si las normas y el protocolo fueran libros para querubines sin alas blancas destruye todo lo que diferencia al ser humano de un animal doméstico.

Y la fiesta del sexo gratuito y los disparos a bocajarro se celebran en mitad de la calle, cuando el sol está lo suficientemente alto como para verlo todo con nitidez. Una mujer cae al suelo cuando el brazo del líder se levanta para golpearla. Abrir su camisa. Mostrarle al dios anárquico quien va a ser su próximo dueño. Y los golpes tienen lugar bajo la inclemencia del calor solar y la violación es un gato demasiado orgulloso con su dueño.

Cae el primer cuerpo en la dureza de la realidad.

Sangre salpicada en las calles de la poesía sucia.

La violencia nace donde antes los vehículos contenían el bagaje de la frustración; cientos de hombres gritaban frente al volante, escondiendo a un monstruo real que cortaba la carne desde dentro. En realidad se convierte en un lugar más sincero, una gruta por la descienden aquellos que siempre han sospechado de la evolución del hombre como hombre en su vertiente más constructiva. Y el sol queda tapado de nuevo por la sombra del infortunio cuando los hombres se rebelan contra sí mismos; pierden el respeto por sus congéneres, quebrantan las normas como si el desorden fuera la única respuesta cuando lo único que aliviaba la sed de justicia son las palabras sin fundamento. Los conceptos sin base. La teoría desprovista de práctica real. Y el mundo se oscurece un poco más ante los últimos resquicios de la civilización. El tiempo se altera; el pasado por fin tiene una oportunidad de tener un porvenir. El presente es una bola de imposibles cayendo por la ladera de las montañas de la demencia. Del futuro hablan aquellos que estuvieron en el lugar exacto y en el momento oportuno.

Y el tiempo parece ser devorado por un monstruo de ojos secos, de palabras vacías, de esperanzas extinguidas.

En la calle los golpes y los gritos son el nuevo ruido de la existencia. Ya no hay ruidos de motores, ni gente exigiendo dignidad, ni carteles que anuncian aquello que quizá no querríamos. Solo existe la rabia por lo que se ha perdido; la frustración de no conseguir objetivos. Y se recurre a la violencia, al sexo gratuito, al deshonor como emblema contra las leyes que nunca acabaron de solidificarse.

El líder golpea la cabeza de su cuarta víctima. La sangre le cubre el rostro como si fuera una única pintura de guerra. Una máscara que esconde la vergüenza que algún día creyó poseer. Lo intuyes porque de vez en cuando sus ojos se posan en los tuyos. Y descubres que esconde algo de vergüenza.

Un líder al que le importa lo que los demás piensan.

Y sus fuerzas incrementan la violencia; tratan de terminar el relato para poner fin a lo que estás obligado a presenciar. Lo haces porque Internet ha desaparecido. Y la música pagana y los gritos de placer de tus amores perdidos. Quisieras poder tocar de nuevo un par de pechos saltando ante tus ojos lascivos. Quisieras poder hablar de poesía a los cuerpos desnudos que has corrompido.

Cruces invertidas. Ángeles sin rostro.

En la memoria de los tiempos un hombre observa la actitud del ser supuestamente civilizado ante la ausencia de orden.

Y su rostro se cubre de vergüenza.

Porque el mundo podría ser algo mejor de lo que es. El hombre quizá sería mejor si no fuera. Las actitudes humanas también comprenden la violencia; es lo que nos hace ser animales. Y de ahí la superposición de la maldad ante la benevolencia. El peso inclinándose injustamente hacia el lado no deseado.

El alboroto da fe de las palabras que anuncia el infortunio.

Desde tu posición cierras los ojos para no seguir siendo partícipe de la corrupción de los valores conseguidos. No te interesa volver a la barbarie. En tu cubículo cierras la puerta a cal y canto y te sumerges en un libro que alguien dejó teñir sus páginas de amarillo. Ignorante, te muestras como un niño que se niega a aceptar la realidad mientras se deja acariciar por la brisa de las páginas del libro.

El cuento no termina porque en realidad, nunca ha empezado.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: