Religiosorum sex

la mon

Y aunque la enfermedad le cubre el hígado con manchas que a simple vista parecen países por conquistar, su paso es rápido y sus intenciones malignas. Tiene a un dios en el estómago. Un ente que ha matado a todas las mariposas que creyó poseer en la jaula de carne rosa y blanda. Y aunque le quede muy poco de vida, sabe que puede encontrar alguna oportunidad en el mercado de la carne; la que se compra, se vende y se regala en las calles grises de Babilonia. Porque el dios que guarda dentro le dice que abra las piernas pero siga vistiendo como la novia del crucificado. Del ente inexistente. De aquel que mataron en los libros. Y aunque las manchas le recuerden al lugar donde sabe que va a morir, en su cabeza sabe que para ser feliz, debe hacer lo que le venga en gana.

El Padre Nuestro le indica el camino a seguir, el pan que ha de comer, el gemido del dios que se muestra complacido.

La Virgen se alza ante ella para mostrarle las palmas de las manos llenas de cortes, llenas de lágrimas sin llanto, llenas de pureza ante la libidinosidad del acto incompleto.

El Espíritu se escabulle como niño tímido para convertir la inocencia en un acto cotidiano; el sexo no es suciedad si la conformidad se impone ante los practicantes.

Y aunque la enfermedad le muestra las preferencias de la vida, sabe que la ausencia de sus necesidades primarias puede ser revocada ante la magnificencia del goce y la carne húmeda. Cuando encuentra al candidato inicia la danza de Santa Camilla, la cruz de San Pedro le postra la cabeza para mostrar humildad; el hombre se agacha para descubrir un nuevo país, un nuevo sabor, el goce que ningún lamento de violín es capaz de detener.

La danza es macabra para aquel que quiera ver su lado más oculto, más oscuro.

Para que se alce la poesía la devoción debe ser máxima, completa, unánime. La lengua del mercader de la depravación pasa de un lado hacia otro, como si estuviera rememorando los pasajes del Antiguo Testamento. Caín. Adán. Noé. El sexo entre bambalinas es una fiesta urbana donde se oyen los jadeos pero la acción transcurre tras las puertas traseras. Es la celebración de lo antiguo, de lo más abyecto y lo más moderno. De lo abominable y de la explosión de la belleza. Los actos se escriben sin necesidad de teclas, sin necesidad de tinta, sin necesidad de escritura.

Se forma un puente libidinoso cuando los labios se juntan y las lianas de jugo transparente se funden en una, uniendo dos vidas que no sienten interés en saber el uno del otro. Y así hasta cuando el infinito es medido por la mente de un niño caprichoso. Todo termina antes de empezar, casi. La cofia le sigue cubriendo la cabeza llena de miedo y asco. La boca le sabe a goce efímero, dientes de ex fumadora, lengua afilada en el castillo de sus pensamientos.

Le gusta discutir con su dios cada vez que camina sola por la calle. Imagina que le ata una correa a la cabeza y la bola de goma es un bozal para adictos a sus vidas privadas. Y la cofia. Y la ropa. Y el sexo que ha tenido con un desconocido. Le gusta celebrar eventos con los habitantes de Babilonia. Conocer gente sin la necesidad de la palabra. Descubrir los rincones más ocultos en las bolsas de la ropa masculina, para poder seguir bajando la calle y que su hígado se cubra de manchas que parecen continentes extraños. Porque sabe que con ello, sus actos obtienen la más pura de las justificaciones.

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