Archivo de la categoría: ensayo

La mente es un parque sin niños

emilia-como-daenerys

La parte más ventajosa de la introspección en parques a partir de las siete de la tarde consiste en la amplitud de miras que el solitario puede y debe esforzarse, ante la construcción del laberinto emocional que circunda a la razón. Esta, construida gracias a una vida, al lento pasar de las cosas, se zambulle en la laguna mental para seguir ramificando razones que solidifican su forma de pensar/actuar.

Una vez se creyó héroe. Otra amante. Otra, un mandamás de un tirano que pilotaba con fervor los mandos de una mente abstraída por la insistencia del colocón diario en parques solitarios, oscuros, desprovistos de esperanza diaria. Sostiene cigarrillos con el papel de color marrón mientras divaga –a veces en voz alta- acerca de su propia realidad, construyendo, sin querer, una extraña fortaleza para seguir adelante con la media vida que le queda por delante.

Algunas veces piensa en dejarlo todo para irse con su tío-abuelo, allá donde esté, y así complementar su formación como poeta y dramaturgo de la obra que no llegará a escribir jamás. Actor principal de la película de su vida, se queda viendo como otros tratan de hacerse con su papel; una vida sin los sentidos alerta puede llegar a convertirte en el figurante de la vida de otros.

Un desliz por parte de quien no desea retroceder, conduce a la suplantación de un papel propio.

En varias ocasiones ve como la vida es algo que hay que tomarse como una oportunidad infinita. Hay que “coger al vuelo” todo aquello por lo que se lucha durante años, décadas, o incluso durante toda una vida. En su posición de pensador de parques decadentes, piensa en la reconversión de su modo de pensar cuando el exceso de la toxicidad de la misma planta que alivia los dolores cancerígenos de su progenitor, comienza a alterar su sistema nervioso de un modo inusitado.

Y así es como se ha convertido en un adicto al pensamiento, a la planta que lo lleva a infiltrarse en lugares alegres durante las horas de sol gracias al clamor de los chiquillos que ríen por reír y de los mayores que corren por vivir y triste cuando la oscuridad cubre el paisaje inmóvil y cambiante que suscita razones, pensamientos en voz alta y preocupaciones que conformaban su questae diario. Porque pensamiento y planta ya son lo mismo. Son el hijo de dos amantes furtivos.

El laberinto de la razón se bifurca a medida que la ingesta de la sustancia que libera al pensamiento se retroalimenta; el bucle es verde y extraño y aparentemente inalterable. Casi intocable. Los pensamientos cada vez se hacen más fuertes. La voz cada vez habla más alto. El deterioro del sistema nervioso se manifiesta como la posesión que atrapa sin aviso; una variante de dolor se instala entre los dos pectorales, justo en su interior, en el lugar más inaccesible. Lo ignora porque ya sabe lo que le ocurre. Mañana la natación lo salvará de la incomodidad del proceso de la destrucción del sistema nervioso.

Con el culpable de su deterioro mental humeando entre sus labios aspira el humo gris que lo conduce a la paz momentánea, al engaño de la droga tomada en grandes cantidades. Hay veces que la simple visión de un pie femenino le produce una extraña calma que a veces confunde con excitación sexual. ¿Cómo es posible que el final de una extremidad le produzca un mayor riego sanguíneo en la zona del aparato reproductor? Un pie femenino. Hermoso. Gatillo de la estimulación orgánica. Paladín del deseo frustrado.

Se contrae cuando la calada es grande y algo estalla en el interior de la cabeza. Se trata de algo pequeño. Una explosión neuronal sin importancia aparente. Pero duele. El dolor es grande cuando el cuerpo es pequeño ante el mundo. El sufrimiento no entiende de unidades de mesura. Igual que los sentimientos; quinientos quilos de tristeza, trescientos gramos de alegría, cien fanegas de sonrisas falsas. Todo ello bailando al son del centrifugado mental cuando las sombras se alargan y el día termina en un parque cualquiera de la ciudad de Barcelona. De la ciudad que lo vio nacer y lo vio morir cada día en la oscuridad de los árboles y la humedad de los parterres que los circundan. Un parterre es una ventana de la que brota vida, un cuadro de Escher que nunca podrá ser colgado en la pared porque la lógica no lo permite. Le da por pensar en porqué puede andar por el suelo y no por las paredes cuando algo vuelve a estallar en la cárcel de hueso blanco, limpio, impuro.

park

Siempre ocurre algo cuando el momento es propicio y la felicidad pasa a ser un sentimiento y no un nombre. El genocidio de neuronas se hace notar cuando quien las mata con su comportamiento vuelve a contraerse para colocarse como si estuviera a punto de sufrir una accidente aéreo. Pero el choque nunca llega a celebrarse porque la literatura abusa de las desgracias mientras que la vida real las describe mucho mejor; nota el chorro de sangre que sube con rapidez cuando vuelve a incorporarse. El líquido está caliente y el bienestar es efímero. Demasiado.

Piensa en una bañera caliente y en hacerle el amor al personaje Daenery’s de la Tormenta para después cortarse las venas metafóricamente y caer en su propio olvido dentro del agua humeante. De la reina de dragones ya no se acuerda mientras trata de adivinar la variante de Pantone que la sangre junto al agua son capaces de reproducir en las retinas de quien los observa. La desaparición de su visión erótica indica la frialdad de alguien que huye de la conversación cuando el acto sexual se ha extinguido en el recuerdo que evocan las sábanas arrugadas y el olor a sudor y a coito.

Durante unos segundos a conseguido huir de la realidad del parque. Durante unos segundos ha conseguido trasladarse a otra realidad albergada en la mente. Hay días en los que trata de acordarse de los escenarios de su mundo onírico para buscar nuevas aventuras con personajes reales, aquellos que se ha cruzado en su vida. Aquellos que le han amado y odiado tanto en secreto como en abierto. Es divertido mezclar mundos de la misma manera que lo es mezclando amigos de distintos ámbitos.

Aunque eso, para él, forma parte de un pasado que trata de borrar.

Pero la combinación de la planta que en ningún caso, consigue ahuyentar a sus demonios y la mezcla del antidepresivo que toma cada noche por prescripción médica, retuercen la cuerda que sostiene sus emociones, mutando cualquier acto en algo a tener demasiado en cuenta. Algunos lo llaman exagerado, otros loco; solo él sabe que la mente es un veneno del cual no existe fórmula que lo anule. Y el suyo es demasiado poderoso.

Así que se limita a apagar el cigarrillo cuando este casi parece muerto y se pone en pie, una vez más, héroe y perdedor a la vez de una vida que avanza lentamente, como la muerte lo hace a través de la existencia para poder existir aunque sea de un modo algo triste.

El parque se queda en silencio. Un silencio impuesto por la falta de sustancia que hará, al día siguiente, retornar al héroe/perdedor a la oscuridad de sus pensamientos y con ello, dar sentido a un mundo invisible que nunca terminará de gestarse en el ciclo de su limitada existencia.


La palabra

nena

A la sacerdotisa se le escapa el cuchillo. Cae de punta y se clava en la madera. Se busca acongojar a la sacerdotisa con un dios macabro. Un dios exultante y bello y algo mortífero. Cae el dios al mirar demasiado a su creación. Los ríos de sangre nacen del tajo en el cuello y el condenado no pronuncia oración alguna hacia el cielo. La sacerdotisa se torna metal oscuro y ente física para los acólitos al espectáculo. Aun así siente respeto por su dios. De la imagen que se ha creado en la jaula de la inventiva cuando los otros le enseñaban LA PALABRA.

De repente, el recelo por ser todo lo contrario a lo que la han preparado significa la negación de su yo interior hacia el conocimiento de LA PALABRA. Piensa en escribir poemas para huir de sí misma. Piensa en sangre y contornos afilados a modo de única salvación.

LA PALABRA la inventaron los que necesitaban el control absoluto. De ahí el nihilismo por parte de su zona cerebral cognitiva cuando la obligaron a leer viejos tratados y frases que, a pesar de la probable bondad de quien las decía, se convertían en violencia y cuchillos clavados. No existe el acto físico en nombre de cualquier dios. Solo este puede mover piezas en el tablero; cancelar amnistías, hacer prevalecer el orden.

A la sacerdotisa se la puede ver entre las cortinas que tapan su vergüenza. Cuelgan cuchillos de las paredes que contemplan su cuerpo desnudo, su entrepierna repleta de vello, la belleza de su redondez. Se busca a sí misma al otro lado del espejo. Trata de desdoblar su imagen, de viajar sin moverse de lugar, de escuchar el silencio en un cuerpo forrado en piel y rasgos suaves. LA PALABRA la riñe cuando le apetece tocarse frente al espejo e imaginar a hombres corpulentos y mujeres de carácter fuerte burlando a los mandamientos.

Se reprime cuando el tratado forrado en piel la mira desde el atril de madera tallada a mano. LA PALABRA la observa. Puede sentir sus emociones. Le molesta la desnudez humana pero no la sangre. La sacerdotisa se quita las medias, lo único que le cubre la piel. Se tumba en la cama y usa el volumen sagrado como si fuera el objetivo de una cámara web. Necesita denostar su herejía para comprender el poder del dios.

Romper con las normas.

Requiere del desafío para poder comprender. Puesto que en varios años se ha limitado a clavar cuchillos y abrir gargantas mientras la sangre llenaba el interior de un cuenco. Ahora quiere saber el misterio de LA PALABRA. Ofrece su vagina al libro. Desafía al divino consorte mientras la flor de carne rosa se abre y florece y el líquido es insípido en el interior de una boca hambrienta.

Pero el dios no ve porque, quizá, no exista en la mente de otro, ¿te acuerdas del final de Peter Pan? Si todos creen, la idea tomará forma. La sacerdotisa goza mientras comete crimen atroz a los ojos del puritano; el que obedece pero no es bondadoso. La idea de control imperante es un lazo invisible que trata de hurgar en las mentes de aquel que se cree prisionero. La civilización es solo un nombre. LA PALABRA prevalece ante todos mediante el horror inexistente.

Os matará un dios vengador. Vendrán plagas y ríos de sangre y hombres subidos en caballos de fuego.

Creed.

La sacerdotisa moja la tela que cubre el colchón. Sonríe mirando al objetivo. Se relame los labios como si los hombres santos la estuvieran mirando. La cámara web es un invento para voyeurs sin necesidad de permanecer ocultos. Las largas piernas desnudas de la mujer se estiran relajando, posteriormente, la musculatura. La habitación huele a sexo individual; cápsulas de felicidad en formato breve y placentero.

Sabe el desafío que ha cometido y ahora, con el cuerpo cubierto por las sábanas y un cigarrillo humeando hacia el infinito, espera la respuesta del supuesto dios que, en teoría, ha velado por ella durante toda su vida mientras dormía. Ha usado la masturbación como prueba de fuego; nada mejor que el calor que produce el cuerpo para demostrar que el ser humano es fuego, aire, agua y tierra.

Termina el cigarrillo y no pasa nada porque le enseñaron que el dios que adora no necesita demostrar nada a nadie. Una buena excusa de los acólitos para no tener que montar un teatro de hilos de pescar. El mejor argumento para hombres de alta alcurnia con poca capacidad de inventiva espiritual. De ahí que la habitación siga en tinieblas y el espejo muestre a una mujer hermosa que ha degollado a dos docenas de personas.

En su reunión con su dios, escupe infamias y vuelve a masturbarse con el mango del cuchillo que tantas vidas ha cercenado en lugar de seguir esperando; el tiempo pasa mejor cuando se hace desaparecer el segundero. Disfruta mucho provocando a la nada mientras imagina que se desnuda en el templo ante la visión de cientos de feligreses.

“Miradme el alma a través de la vagina”, les dice. “El hombre es fuego, aire, agua y tierra, ¿por qué necesitamos un dios? Si creas algo bondadoso no hace falta que rindas cuentas a nadie”.

Pero la realidad la muestra excitada y algo desilusionada; no ha aparecido ningún dios ni ningún tipo de antítesis que la regañe. Se busca en el reflejo del espejo para verse a sí misma perdiendo. Enciende otro cigarrillo mientras se da cuenta de que no se siente demasiado culpable por las personas que ha degollado.


Alma humana, monstruo tentacular

coses

Ilustraciones de Shawn Coss

Se intuye el despertar de fuerzas olvidadas. Materias de largos brazos que tratan de estar lo más cerca posible del concepto del monstruo antes que verse reflejadas en un espejo. Quieren otorgar el beneficio del miedo en aquellos que ven; necesitan que no los vean. Requieren atenciones sin necesidad de enaltecer lo grotesco. Son concepto. Son definición. Es imposible dibujarlas.

Aun así algunos se empeñan en buscarlas en las páginas de los escritores que nunca vieron el éxito en sus vidas. En música que no enseñan en las escuelas. En películas que nadie querría ver. A veces descansan enroscados debajo de las camas o adoptan formas humanas para mezclarse y así estudiar el extremo de la estupidez. Se intuye un ente con tentáculos y mil dientes en la cárcel de la boca capaz de succionar sueños y esperanzas. Se inventan oraciones para exaltar un sentimiento adormecido.

La sombra se cierne sobre la ciudad dormida. Sabe lo que tiene que hacer; es fácil. Tan solo tiene que constituirse como lo contrario a lo establecido. Es posible que el miedo sea una ficha más en el engranaje de la humanidad, una pieza irrompible e insustituible para que el mecanismo pueda seguir funcionando; la maldad primigenia como un sistema de relojería suiza. Un mal inevitable para justificar el sentimiento que le sirve de antítesis. Así es como funciona el sistema antes de que se escribiera la palabra que lo define.

Para ello no le hace falta usar un disfraz; simplemente se involucra en una red de pensamientos que incluye desde los primeros crímenes en forma de batalla inmortal contada en las partituras sin música de Gilgamesh, hasta el hedor de las pilas de cadáveres en las fosas de Austwitch. Y lo hace cada cierto tiempo, justo en el momento en el que las personas buscan el salvavidas invisible que presuponen que los va a mantener a flote para ofrecerles plástico deshinchado.

Y de ahí que el concepto de monstruo se entienda como zombi patoso, vampiro antiguo o lobo desdibujado, cuando en realidad su propia definición acobardaría al general más valiente, al felino más audaz, incluso al hombre que –desprovisto de poderes especiales- se busca a sí mismo en las situaciones efímeras de peligro urbano.

Se cierra la luz de los dormitorios para despertar la actividad cerebral que esboza monstruosidades en múltiples formas y tamaños, texturas y diseños imposibles, bocas y ojos esbozados a mano alzada por un demonio aburrido. Se cierra el vórtice espacio-temporal que comprende la lógica humana para desplazar al alma a un viaje hipnótico, imposible, inaudito. Se aniquila el concepto de compresión para dejar paso a la no-cordura, a una vida que simplemente nadie puede ver; solo aquel que la sueña deja paso al héroe, al fracasado, al monstruo que ve como se hunde en un volcán de lava apagada.

La leyenda vive en un frasco de formol, puesto que nunca envejece. El mito se oculta a pesar de que no le importa ser visto por miles de ojos que lo visualizan de un modo particular; no existen dos monstruos iguales cuando son dos las cabezas las que los piensan. La carencia de estímulos influirá directamente en la calidad del dibujo. El hombre solo es capaz de quedarse con la esencia a pesar del aluvión de imágenes, música, estímulos, letras, películas o elementos que puedan ayudarle a vislumbrar una imagen concreta. Nadie es capaz de acordarse a la perfección de cualquier incentivo que pueda influir en la construcción de su monstruo particular. Son solo formas imprecisas, recuerdos u olores que configuran retazos de lo se quiso imaginar, pensar o incluso analizar de un modo más detallado en cualquier mente.

Se intuye el despertar de fuerzas olvidadas cuando el diablo que se enrosca en la cabeza busca su propio regocijo en el sufrimiento ajeno. Monstruos tentaculares con dientes afilados e intenciones perversas bailando en las cárceles de todos aquellos que duermen pensando que la tranquilidad se puede conseguir en el bienestar, en la comodidad de un hogar, en la suave y limpia condición de hombre civilizado. Dicen aquellos que más sufren que se puede huir a lugares invisibles cuando el engendro golpea con demasiado ímpetu. Otros creen que la enfermedad es demasiado pequeña y puede combatirse con esfuerzo. Los héroes de salón hablan de lo que no conocen; un monstruo escondido en un cerebro puede ser visto en un microscopio pero poseer tanto poder que el alma humana lo tema. La psicopatía es ridículamente pequeña pero enormemente peligrosa.

El monstruo moderno en realidad es una enfermedad que nadie parece ver.