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La mente es un parque sin niños

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La parte más ventajosa de la introspección en parques a partir de las siete de la tarde consiste en la amplitud de miras que el solitario puede y debe esforzarse, ante la construcción del laberinto emocional que circunda a la razón. Esta, construida gracias a una vida, al lento pasar de las cosas, se zambulle en la laguna mental para seguir ramificando razones que solidifican su forma de pensar/actuar.

Una vez se creyó héroe. Otra amante. Otra, un mandamás de un tirano que pilotaba con fervor los mandos de una mente abstraída por la insistencia del colocón diario en parques solitarios, oscuros, desprovistos de esperanza diaria. Sostiene cigarrillos con el papel de color marrón mientras divaga –a veces en voz alta- acerca de su propia realidad, construyendo, sin querer, una extraña fortaleza para seguir adelante con la media vida que le queda por delante.

Algunas veces piensa en dejarlo todo para irse con su tío-abuelo, allá donde esté, y así complementar su formación como poeta y dramaturgo de la obra que no llegará a escribir jamás. Actor principal de la película de su vida, se queda viendo como otros tratan de hacerse con su papel; una vida sin los sentidos alerta puede llegar a convertirte en el figurante de la vida de otros.

Un desliz por parte de quien no desea retroceder, conduce a la suplantación de un papel propio.

En varias ocasiones ve como la vida es algo que hay que tomarse como una oportunidad infinita. Hay que “coger al vuelo” todo aquello por lo que se lucha durante años, décadas, o incluso durante toda una vida. En su posición de pensador de parques decadentes, piensa en la reconversión de su modo de pensar cuando el exceso de la toxicidad de la misma planta que alivia los dolores cancerígenos de su progenitor, comienza a alterar su sistema nervioso de un modo inusitado.

Y así es como se ha convertido en un adicto al pensamiento, a la planta que lo lleva a infiltrarse en lugares alegres durante las horas de sol gracias al clamor de los chiquillos que ríen por reír y de los mayores que corren por vivir y triste cuando la oscuridad cubre el paisaje inmóvil y cambiante que suscita razones, pensamientos en voz alta y preocupaciones que conformaban su questae diario. Porque pensamiento y planta ya son lo mismo. Son el hijo de dos amantes furtivos.

El laberinto de la razón se bifurca a medida que la ingesta de la sustancia que libera al pensamiento se retroalimenta; el bucle es verde y extraño y aparentemente inalterable. Casi intocable. Los pensamientos cada vez se hacen más fuertes. La voz cada vez habla más alto. El deterioro del sistema nervioso se manifiesta como la posesión que atrapa sin aviso; una variante de dolor se instala entre los dos pectorales, justo en su interior, en el lugar más inaccesible. Lo ignora porque ya sabe lo que le ocurre. Mañana la natación lo salvará de la incomodidad del proceso de la destrucción del sistema nervioso.

Con el culpable de su deterioro mental humeando entre sus labios aspira el humo gris que lo conduce a la paz momentánea, al engaño de la droga tomada en grandes cantidades. Hay veces que la simple visión de un pie femenino le produce una extraña calma que a veces confunde con excitación sexual. ¿Cómo es posible que el final de una extremidad le produzca un mayor riego sanguíneo en la zona del aparato reproductor? Un pie femenino. Hermoso. Gatillo de la estimulación orgánica. Paladín del deseo frustrado.

Se contrae cuando la calada es grande y algo estalla en el interior de la cabeza. Se trata de algo pequeño. Una explosión neuronal sin importancia aparente. Pero duele. El dolor es grande cuando el cuerpo es pequeño ante el mundo. El sufrimiento no entiende de unidades de mesura. Igual que los sentimientos; quinientos quilos de tristeza, trescientos gramos de alegría, cien fanegas de sonrisas falsas. Todo ello bailando al son del centrifugado mental cuando las sombras se alargan y el día termina en un parque cualquiera de la ciudad de Barcelona. De la ciudad que lo vio nacer y lo vio morir cada día en la oscuridad de los árboles y la humedad de los parterres que los circundan. Un parterre es una ventana de la que brota vida, un cuadro de Escher que nunca podrá ser colgado en la pared porque la lógica no lo permite. Le da por pensar en porqué puede andar por el suelo y no por las paredes cuando algo vuelve a estallar en la cárcel de hueso blanco, limpio, impuro.

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Siempre ocurre algo cuando el momento es propicio y la felicidad pasa a ser un sentimiento y no un nombre. El genocidio de neuronas se hace notar cuando quien las mata con su comportamiento vuelve a contraerse para colocarse como si estuviera a punto de sufrir una accidente aéreo. Pero el choque nunca llega a celebrarse porque la literatura abusa de las desgracias mientras que la vida real las describe mucho mejor; nota el chorro de sangre que sube con rapidez cuando vuelve a incorporarse. El líquido está caliente y el bienestar es efímero. Demasiado.

Piensa en una bañera caliente y en hacerle el amor al personaje Daenery’s de la Tormenta para después cortarse las venas metafóricamente y caer en su propio olvido dentro del agua humeante. De la reina de dragones ya no se acuerda mientras trata de adivinar la variante de Pantone que la sangre junto al agua son capaces de reproducir en las retinas de quien los observa. La desaparición de su visión erótica indica la frialdad de alguien que huye de la conversación cuando el acto sexual se ha extinguido en el recuerdo que evocan las sábanas arrugadas y el olor a sudor y a coito.

Durante unos segundos a conseguido huir de la realidad del parque. Durante unos segundos ha conseguido trasladarse a otra realidad albergada en la mente. Hay días en los que trata de acordarse de los escenarios de su mundo onírico para buscar nuevas aventuras con personajes reales, aquellos que se ha cruzado en su vida. Aquellos que le han amado y odiado tanto en secreto como en abierto. Es divertido mezclar mundos de la misma manera que lo es mezclando amigos de distintos ámbitos.

Aunque eso, para él, forma parte de un pasado que trata de borrar.

Pero la combinación de la planta que en ningún caso, consigue ahuyentar a sus demonios y la mezcla del antidepresivo que toma cada noche por prescripción médica, retuercen la cuerda que sostiene sus emociones, mutando cualquier acto en algo a tener demasiado en cuenta. Algunos lo llaman exagerado, otros loco; solo él sabe que la mente es un veneno del cual no existe fórmula que lo anule. Y el suyo es demasiado poderoso.

Así que se limita a apagar el cigarrillo cuando este casi parece muerto y se pone en pie, una vez más, héroe y perdedor a la vez de una vida que avanza lentamente, como la muerte lo hace a través de la existencia para poder existir aunque sea de un modo algo triste.

El parque se queda en silencio. Un silencio impuesto por la falta de sustancia que hará, al día siguiente, retornar al héroe/perdedor a la oscuridad de sus pensamientos y con ello, dar sentido a un mundo invisible que nunca terminará de gestarse en el ciclo de su limitada existencia.


La vida extraña

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A la vez que me matan me devuelven a la vida. Porque mi pasado es asumible pero no sirve para ser recitado en un verso o inmortalizado en una novela de algún autor con patillas que titula a sus libros con nombres de mujeres. Hurgan en los años pasados despertando el olor de los recuerdos que nunca quise volver a visualizar. A la vez que me matan resucitan un presente inaudito en el que casi no me reconozco. Remueven en la cacerola de los fracasos para convertirlos en victorias. Insuflan aire a aquellos actos heroicos que pasaron desapercibidos. Me están convirtiendo. Me están cambiando la vida solo por el hecho de divertirse. De investigar. De encontrar respuestas a las preguntas que la humanidad le confiere. Sus ojos son rasguños que nunca consigo poder visualizar a la perfección. Sus bocas no pronuncian palabras. Simplemente se comunican existiendo. Actuando. Ocupando un espacio en el vacío de la nada.

A la vez que me matan me convierten en el hombre que siempre quise ser. No entiendo por qué tratan de modificarme. No consigo averiguar sus propósitos. De todas formas, cada vez me encuentro mejor. Me siento como si me hubieran inyectado una alta dosis de antidepresivos porque todo me parece bien; hasta el curioso artefacto cuya amenazante aguja me apunta a la cabeza a la vez que se va acercando a mí.

El rotor del aparato gira como si no hubiera un mañana. Todas las máquinas actúan rápido por si el mundo se extingue; el hombre las ha programado así.

La aguja gira en mi sien mientras visualizo osos de peluche rosas y mujeres atractivas que me lanzan besos en el aire. No consigo atrapar ninguno porque tengo las manos atadas. Qué más da; aunque me ignoraran me parecería genial. La aguja penetra en mi cabeza igual que 15 gramos de Escitalopram. Me devuelve las ganas de vivir. El optimismo arraiga, crece y florece en un campo que parecía abandonado por la pesadumbre de alguna bestia enroscada en el laberinto del raciocinio. Sigo existiendo pero esta vez me han dibujado la alegría en la boca.

Soy el payaso que todos quieren que sea. Pertenezco a aquello al que a todos les gusta ver, oír y sentir. No soy yo pero sí soy yo. Lo sé aunque no puedo decirlo; me da que usan a la gente para algún fin. Sí, como en las películas. Me da igual. Voy a sonreírles igualmente.

La sangre les salpica los cuerpos enjutos, escurridizos, viscosos. El pequeño agujero practicado en mi cabeza parece que les llama la atención. Bueno, la cavidad en sí, no, es el líquido rojo que brota brota brota en la septicidad de la habitación. La aguja sale de la cavidad para volver a mirarme amenazadoramente desde su posición. Los seres se arremolinan alrededor de mi cuerpo como si fueran a comer de él. Me siento como una mujer plato, con la piel cubierta por pescado crudo y bolas de arroz. Me gusta. Me siento una cobaya con ínfulas de diva.

Me abren el estómago y me da igual. Sí. Lo abren con tanto cuidado que casi estoy a punto de agradecérselo. Con la piel abierta como un libro esotérico, observan con atención el bombear del corazón y los movimientos gastrointestinales. Mi intestino delgado es una serpiente roja rellena de excrementos. Mis costillas son la cárcel de los pulmones. Nadie dijo nunca que servían para proteger los órganos, sino para apresarlos.

Son demasiado preciosos como para dejarlos abandonados.

Lo sé porque uno de los seres trata de coger el corazón. Siento una punzada fuerte de dolor en el pecho. Noto que mi vida, quizá, deje de existir. Ellos lo saben y por tanto vuelven a dejar de toquetear el órgano. Soy rojo por dentro y feo como las películas de muertos vivientes. Soy un muerto viviente. Soy un experimento en creces. Una bestia protegida por el aspecto humano. Un alma que desnudan de la parte física.

“Podéis seguir tocándome” pienso. En realidad dejar la existencia no es algo importante. Lo bonito de la vida es poder verla aunque sea un momento. El resto simplemente es un relato largo que algún día será olvidado. Gente. Personas. Deberíamos convertirnos en libros para que puedan vernos el alma más fácilmente.

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Noto como una pequeña sierra atraviesa el muro blanco de hueso craneal. Quizá quieran ver lo que pienso. Quizá no entienden lo que trato de decirles. Lo más probable es que me saquen el cerebro. Se lo coman o lo miren como si fuera un fragmento de meteorito. Las pequeñas gotas de sangre les salpican de nuevo la piel mientras la máquina hace su trabajo. Noto una molestia en la sesera. Son ellos investigando al animal terráqueo. Al hombre que siempre trató de huir de sí mismo y que ahora ama que le hagan daño. Todo me da igual. Hasta la tapa de la cabeza que cae al suelo haciendo un discreto “clock” que a nadie parece importarle.

Resiguen la masa palpitante con un objeto punzante. Presionan en el lóbulo parietal. Creo que no voy a poder hacer una suma. Existen las calculadoras pero es probable que no sepa identificarlas si es que consigo salir de esta curiosa experiencia. Trato de abrir la boca para decir algo. No puedo. Están demasiado empeñados en saber para qué sirve la masa de carne que tengo encima del hueso parietal. Aprieto la mandíbula. Casi que me sale sangre de las encías. Debería verme reflejado en un espejo.

Debería salir a mi nueva vida antes de que la terminen sin avisarme antes.

El tablero de la mesa emite luces de color blanco y gris. Hay una ventana grande, con la que puedo ir viendo el exterior de la habitación. No hay nada. El color es el negro. Siempre lo es cuando quieren que te sientas perdido. Ellos se han encargado de todo.

Mi cerebro.

Mi corazón.

Ahora quizá toque el aparato reproductor.

Alguien lo palpa con la punta de una vara. Vuelven a colocarme la corona de hueso en la cabeza. Están haciendo algo con ella, quizá la vuelvan a soldar. Podría ser que, en realidad, no tuvieran malas intenciones. Turistas abusando un poco. Nada más. Me estiran el pene. Palpan los testículos. Parece que el asunto les interesa. Supongo que como el resto del cuerpo. Solo a los humanos nos interesa un poco más que otras partes de nuestra anatomía. Mientras tengamos que reproducirnos no evolucionaremos en este sentido. El tiempo que usamos en la reproducción bien podría ser sustituido por algo más. Algo especial. Algo que no supiéramos que existe hasta que no lo viéramos.

Siguen palpando, jugando, investigando. Muevo los dedos de los pies. Aún puedo hacerlo. Me sienta bien. Eso significa que no han toqueteado mucho mi cerebro exceptuando el sentimiento de creciente fervor por la vida, por mi nueva vida. La que aún no sé cómo voy a comenzar si es que existe un futuro con mi nombre escrito en él.

Con una herramienta parecida a un bisturí abren la piel del pene hasta llegar a la base. Sale un montón de carne roja, dormida, abrazada por media docena de venas grandes. Miro mi interior a la vez que sonrío. Estoy feliz por verme de esta manera, ¿alguien sabe cómo es por dentro?

Todos somos iguales hasta que viene un psicópata o una banda de marcianos y te secuestra para jugar contigo.

No quiero saber nada de mi vida. Tampoco me acuerdo. Así que me es imposible recordar como he ido a parar a esta habitación iluminada por una variante de espíritu santo. Pienso en Dios como en un extraterrestre. Pienso en los extraterrestres como en  extraños doctores que no saben muy bien que hacer conmigo.

Con la piel del pene abierta y la cabeza abierta, cierro los ojos para relajarme aún más. Esto es lo más bonito que me está pasando. Sonrío porque estoy viviendo mi nueva vida. A la vez que me matan me dan algo nuevo.

La experiencia.

La vida extraña en su último momento.

Tengo un poco de sueño. O ganas de desaparecer de mí mismo. Estoy feliz.

Nada importa.


Nacido en una ciudad de muertos

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“Nacido en una ciudad de muertos”.

Bruce Springsteen.

Una de mis pasiones siempre fue la de auyentar la depresión mediante la lectura. En mi caso Stephen King me salvó de un intento de suicidio por parte de los agentes que manipulaban mi mente presentándome al payaso de sonrisa traicionera que habita en las páginas de It para que mi alter ego, algo deprimido, no sucumbiera al triste advenedizo que me dictaba el acto de la muerte voluntaria. (Inspiro, expiro). Muerte. Vida. La antítesis de la idea del fallecimiento prematuro se me presentó mediante una sucesión de relatos donde varios niños hacían un dique en un extraño rio donde habitaba un extraño ser. El animal, por nombrarlo de alguna forma, se escondía detrás de diversas máscaras, como el monstruo con escamas que salía del agua en el momento más inesperado de la vida del niño que presuntamente tenía que ser atacado alrededor de la página doscientos diez. Todo se mostraba en sueños, alucionaciones y escenarios irreales para que el acto de suicidio se diluyera de la forma más peculiar posible. King me mostró a varios monstruos mientras que las ganas de abandonar el mundo se escondían en algún lugar de la cabeza. Descubrí que existían diversos escondites dentro la cabeza; tantos como uno quiera construir mediante los libros. King me dijo sin necesidad de personarse en la habitación que me servía de refugio contra mi mismo, que Jack Torrance estaba mucho peor que un servidor. Que Carrie sí que tenía motivos para abandonar su vida y que el cementerio indio del que tanto se hablaba en Cementerio de animales, era algo mucho más terrible que el interior de mi raciocinio. Busqué dentro de los libros y encontré el remedio; leer me estaba salvando de la idea de matarme con algún remedio indoloro. Porque yo era uno de aquellos que, ya que no quería luchar por su felicidad, tampoco deseaba hacerlo contra el último acto doloroso que me ofrecía a mi mismo. Supe que la vida y la muerte iban cogidos de una mano fría, incómoda, extremadamente real. Averigué que la vida es una montaña helada que tienes que subir cueste lo que cueste pero que también, puedes abandonar su ascensión en mitad del trayecto para dejarte caer y experimentar la muerte en vida.

Extraje varias conclusiones a partir de los libros del maestro King; uno puede asimilar el número de historias que quiera para abandonar su propio mundo y así, suicidiarse sin necesidad de que el cuerpo deje de funcionar. La lectura era mi particular modo de auyentar a la muerte pero también de acercarme a la idea de abandonar las riendas de mi propia vida. Me sumergi en varios relatos para olvidarme de mi. Me compré un montón de libros extraños repletos de historias con el mismo personaje porque me gustaba verlo sufrir; sabía que en realidad era King escribiendo sobre el monstruo que podría llegar a ser cuando tenía resaca o ganas de meterse una raya de cocaína. Experimenté la desaparición del yo buscándome en los relatos del escritor. Ese fue mi primer error; no debía acordarme de que era yo el lector de aquel libro. Tenía que transformarme en la historia, vivir lo que King me estaba dictando; tenía que entregarme del todo para olvidar quien era.

Y así fue como puede desconectarme de una vida repleta de intentos imaginarios de suicidio, de la ingestión ficticia de antidepresivos y de la muerte de todos aquellos enemigos que me había forjado en la mente. Porque yo quería más protagonismo. Más vida envuelta de muerte. Más puñetazos sin dolor. El payaso de King me dio un globo y dejé que me arrancar un brazo. Sí. Tuve mis momentos de querer morir a pesar de no saber quien era. Supongo que siempre estamos conectados a nosotros aunque no nos guste. Tenemos un puerto USB en algún lugar invisible que nos conecta a la oscuridad en los momentos más insospechados.

Igual que el payaso de King o los arrebatos de furia de Torrance.

Huimos de la vida para adentrarnos en la de otros. Mi pasión por desaparecer sin necesidad de experimentar la muerte se convirtió en la inefable necesidad de emerger como lector y así, convertirme en relato. En el relato de otros. Porque lo que más desea un escritor es que sus palabras tomen vida de alguna manera: y esa manera, la mejor opción de todas, es hacerlo en el interior de la cabeza del que se ha comprado tu libro. Es decir, el lector paga para tragarse las manías del que las exhibe. El acto egoista del autor no es más que una bocanada de humo de automovil renqueante disfrazada de relato. Te jodes. En mi caso la idea del suicidio no era más que otro relato correteando por mi mente sin otra misión que la de despistarme de lo que realmente quería hacer cuando abría un libro. Mi depresión se tornó historia inconclusa. Me cabeza repleta de negrura no era más que una paranoia sin sentido alguno de la coherencia. El único inconveniente es que era real. Quizá este relato también lo sea. Qué más da. Hay que morir en vida para poder soportar las mierdas de los autores. En el caso de King, su mierda sabe a pastel de manzana. Me tragué tanto pastel que mi estómago lo vomitó todo. Como si fuera un romano en una orgía de comida y sexo, tenía que vaciarme para poder tragar más y más. Descubrí nuevos autores cuyas historias construyeron más laberintos de pared carnosa de color rosado. Y allí traté de perderme. De buscar sexo sin tener que abrirme la bragueta. De aventuras sin necesidad de rasgarme la camisa. De pesadillas sin forma que sepultaron, momentáneamente, la ansiedad de suicidio.

Creo que morí mil veces para levantarme de nuevo, con las piernas rígidas como estacas para vampiros y el corazón bombeando tinta impresa. Puse los brazos en cruz para redimirme como si fuera un vulgar Cristo de Biblia de papel para fumar. Y obtuve la libertad. Sí. Pude lamerle los pechos a las musas que muchos decían que se les metían debajo de las sábanas cuando no encontraban motivos para seguir con sus obras. Me follé a las heroínas que crearon los escritores pajilleros y pude arrancarle los huevos a los monstruos que simplemente trataban de hacerme olvidar mi muerte en vida. Me convertí en una especie de zombi, renovado por el afán insaciable de palabras impresas, de ideas nuevas y arriesgadas, de textos que no buscaban la redención, sino, simplemente, el afán por contar una buena historia sin necesidad de ascender al cielo. ¿Quien quería subir por el ascensor del firmamento literario? Todos los putos redactores que emularon a King y no supieron encontrar su estilo. Por eso elegí a King. Por eso huí de mi vida mediante las vidas inconclusas de otros. Porque nunca sabes el destino final del personaje de una novela cuando termina la trama. Porque nunca sabes si morirás con la literatura o lo harás por cuenta propia.


Reseña de La Hamburguesa Humana

Cartel promocional de la presentación de La Hamburguesa Humana que tuvo lugar en la librería Black Mask

Cartel promocional de la presentación de La Hamburguesa Humana que tuvo lugar en la librería Black Mask

 

 Después de un tiempo tengo que decir a mi favor que La Hamburguesa Humana está teniendo su pequeño rincón del éxito. En menos de cinco meses me he quedado con 7 ejemplares en casa. El resto está vendido y repartido en varias librerías del territorio. Es probable que la reedite y/o la traduzca, pero eso lo marcarán las ventas de la editorial, quien sabe. El tema está en que después de cinco presentaciones y una modesta distribución la editorial Sven Jorgensen está ganando su posición dentro de la industria editorial independiente. Poco a poco espero que vaya aposentándose, tan solo es cuestión de constancia y de editar buenos libros.

El abuelo del ojo dilatado y un servidor estamos en ello.

Pero la finalidad de esta entrada no es enjabonarme la espalda a mi mismo sino la de subir la última reseña que nos ha llegado hasta ahora. La editamos en este blog ya que su autor, el casero de La Casa Marsten, nos la dejó en la sección de comentarios de GoodReads pero quisimos darle un poco más de visibilidad.

En fin, sin más preámbulos os dejamos con las impresiones del libro firmadas por LA CASA MARSTEN. Qué aproveche.

“Me ha gustado está peculiar antología de relatos cortos, siempre de menos de 10 páginas, con un relato largo final de 100.
Y digo peculiar por dos razones.

Una, porqué Ricard Millàs ha mezclado dos géneros poco propensos a fusionarse, el Z y el erótico. Unos relatos catalogados como Spicy Pulp, el equivalente de combinar novela negra con subgénero zombi y aderezarlo todo con un creciente erotismo narrativo. Una mezcla explosiva e interesante que me gustó y divirtió mucho. Son directos y explícitos, tanto en las escenas de violencia como de sexo. Y un puro divertimento que más allá de esta primera lectura.
Y es que podría parecer que son simples relatos transgresores por el mero hecho de vender sangre, vísceras y sexo, pero esta no es la intención principal del libro. En palabras del mismo autor: “Mi intención es la de difuminar el efecto zombi sustituyéndolo por algo tan cotidiano como las relaciones humanas. Con ello no estoy quitándole importancia al género, simplemente uso los ingredientes que tengo a mi antojo.” Quiere hacernos ver que las pasiones y miserias de la Humanidad seguirán existiendo y expresándose aunque nuestra Sociedad “civilizada” sea aniquilada, en el caso particular y anecdótico del libro, por un apocalipsis zombi. Por eso, puede ser interesante leer hasta donde seríamos capaces de llegar en semejantes circunstancias, que hay de bueno o malo en contener nuestros instintos o anhelos. En definitiva, el libro creo que nos reta reflexionar sobre todo esto. Pero a la vez, la parte más divertida, morbosa, transgresora y superficial también puede y debe disfrutarse sin complejos. Ambas cosas son compatibles y no por eso una desmerece a la otra.

El uso en muchos relatos de la primera persona del singular convierte al lector en el protagonista, padeciendo en su propia piel (para bien o para mal) lo que se narra en la historia. No sé si nunca me había puesto en la piel (pútrida) de un zombi, pero ha sido divertido experimentarlo.

Un hecho que puede sorprender es el experimento que hace el autor en algunos relatos repitiendo una misma historia narrada desde diferentes puntos de vista. La misma escena pero cambiando matices. A mí este juego no me acabó de convencer por encontrarlo un poco repetitivo y sin un claro interés por mi parte. Sería el “pero” que le pondría a esta antología, la falta de más variedad en las historias, las situaciones y los escenarios dentro de la temática escogida. El énfasis a veces demasiado marcado en el cómo se narra un relato en detrimento de lo que se cuenta. Pero creo que leyéndolo con cierta mesura, no de golpe, se pueden disfrutar todos. A mí al menos así me ha funcionado.

El relato largo “Instrumental Quirúrgico” me ha gustado también y da un contrapunto adecuado a los relatos cortos, desarrollando una historia más holgadamente. El final está en la línea de los otros relatos, pero no por eso es menos bueno. A mi me gustó.

He encontrado a faltar un índice de los relatos, que al parecer por error no se incluyó en el libro.
Los relatos que más me han gustado han sido:
– Los dientes del diablo
– Nikon D50
– Suavizante para el pelo

El segundo hecho peculiar, diferencial, de este libro son los orígenes literarios del autor, los cuales parten de la poesía. Este bagaje está muy presente especialmente en los relatos cortos, donde se puede disfrutar de una rica prosa con un cuidado estilo. Me gustó. Ciertos pasajes sonaban más a poesía recitada que a prosa leída, creando un contraste original y rompedor dada la temática de los relatos.

Por todo esto, mí valoración particular es buena.
Así pues, si queréis leer algo diferente, de calidad y transgresor, intentad conseguir este libro. No os defraudará”.


La hamburguesa en el papel

Santiago García Tirado y Ricard Millàs charlando sobre La Hamburguesa Humana en Pequod. Imagen tomada en mitad de la conversación por la groupie Teresa Ferrán Obiol.

Comencé a meterme en el mundo de la literatura cuando descubrí que la poesía no eran solamente rimas ni Quevedos ni campos de trigo dorado. Abrí un blog y comencé a ametrallar a los usuarios de las redes sociales con poemas que recordaban un poco a la diatriba de Bukowsky o Patty Smith, es decir, comencé imitando para luego establecer mi estilo. Cuando conseguí desarrollarlo escribí más de 400 poemas hasta que una editorial de Barcelona contactó conmigo para publicar un libro –La sombra del felino, Versos & Reversos, 2011-. A partir de ahí me animé a seguir tecleando hasta que el relato me dio un beso en la nuca. De todas formas escribí un segundo libro de poemas -Puñales sin dueño- paralelamente a la narrativa que iba brotando de la punta de los dedos. Escribí algunos relatos y mezclé poesía en ellos. Traté de sentirme lo más libre posible cuando me sentaba frente al ordenador y escribía. Pasé totalmente de las normas y los convencionalismos. Quise ser yo mismo. Fue a partir de entonces cuando me olvidé de mis influencias. Paralelamente trabajaba en series y películas de dibujos animados, redactaba en blogs de prensa amarilla para ganar algo de dinero y escribía para darme a conocer en medios digitales como Underbrain, Periódico Irreverentes, Tanyible, El Librepensador o Vulture entre otras . También ejercí de Community Manager e hice otros trabajos eventuales.

 

Fotografía de la escritora Rain Cross posando junto al poemario La sombra del felino.

Fotografía de la escritora Rain Cross posando junto al poemario La sombra del felino.

Mientras, seguía escribiendo. El zombi me atrajo sobremanera como vehículo para conducir mi inquietud ante la idea de la vida y la muerte. En mis textos el muerto viviente no se muestra de una forma explícita, simplemente es una escusa para mostrar las reacciones humanas ante una situación crítica. En mis anteriores poemas ya hablaba de la muerte en vida, en los relatos y novelas hago lo mismo incluyendo al monstruo del celuloide –el zombi- para causar más impacto, pero en definitiva, la esencia es la misma. En mi estilo trato de conservar un cierto perfume poético ya que la poesía puede incluirse en todo; relato, novela e incluso ensayo. Publiqué un primer libro de relatos –Conexión ADSL, Enxebre, 2013– donde traté de una forma especial el cuento de horror y también incluí algunos textos prosaicos que rozaban lo poético. Escribí sobre Marcel Proust, David Duchowny, Swarzenneger, Bukowsky o Kristen Stewart entre otros, tratando de crear ficción dentro de la realidad. De ahí que busqué lo irreal dentro de lo real. La ficción y el absurdo en lo cotidiano. Hurgué en el otro lado del espejo tratando de rizar el rizo hasta conseguir la libertad que paladea el escritor cuando consigue relatar fluidamente en la más absoluta soledad y libertad.

La fiesta de la escritura tomó forma en mí.

Seguí investigando y me aventuré a escribir novela –La carne no está en venta (no está editada)-mientras seguía con los relatos, pero esta vez adapté los personajes de la novela en situaciones distintas a esta y creé La Hamburguesa Humana, Sven Jorgensen, 2014, donde transformé a la Barcelona de la actualidad en una ciudad sumida en el más absoluto desconcierto. El barrio de Gracia, el Hospital del Mar, el Paseo de San Juan o escenarios soñados o inventados aparecen en el interior del libro. Experimenté con la mezcla de distintos géneros, haciendo un curioso coctel de horror y erotismo en algunos relatos mientras trataba la faceta romántica dentro de un contexto apocalíptico a la vez que tejía una novela corta sin planificar su estructura; jugué a la improvisación en Instrumental Quirúrgico, novela contenida en La Hamburguesa Humana.

Me considero un creativo, que le gusta romper los tópicos, los géneros, las etiquetas y que busca la complicidad de distintos elementos que a veces no tienen nada que ver unos con otros para crear belleza. Porque lo fundamental en el arte es la belleza, aunque esta se esconda dentro de lo horroroso. En mis textos mezclo la poesía y la escritura minimalista, la repetición de ideas y conceptos a modo de ritual buscando fórmulas para matizar el posible sarcasmo o dejar bien clara la crítica social que suscita el texto sin demasiado interés en pasar desapercibida.

 

Página aleatoria del libro La Hamburguesa Humana

Página aleatoria del libro La Hamburguesa Humana tomada por el Dj y organizador de performances y recitales Israel Sila.

Me interesa también la cultura del lugar que habito, por eso escribo sobre Barcelona en lo escrito hasta ahora, y sobre el Pallars en la novela que estoy terminando actualmente –Cubil de brujas-, donde me baso en lo esotérico, en la forma más que en el contenido cuando uso el lenguaje del terror y como no, en lo romántico aunque este esté rodeado de monstruos hollywoodienses. Siempre he sido un entusiasta en la negrura que algunos quieren ver en cierto tipo de escritura; lo bello está en todo. Incluso en el último estertor de muerte de un moribundo o en la sonrisa maléfica de una hechicera.

El motivo por el cual publiqué en mi propia editorial La Hamburguesa Humana es la falta de concreción estilística hecha aposta de la obra y el contenido explícito que utilizo en algunos de sus relatos. Me gusta darle riqueza al lenguaje y por eso opté por usar formas como la segunda persona del singular narrado en presente, el uso de un tono poético bastante pronunciado y algunos toques de lo que he aprendido de la escuela de Tom Spanbauer, Chuck Palahniuk, Irvine Welsh y algunos poetas como Patty Smith o Jim Morrison.  Consideré que el libro tenía que salir a la luz no sólo por el esfuerzo de haberlo escrito sino por el interés que puede suscitar la mezcla entre erotismo, terror y poesía. Sin concretarse como ningún género, sin buscar la etiqueta fácil, consideré que las doscientas sesenta páginas que lo componen debían salir de su tumba y mostrarle los dientes al lector.

aquí tenéis el resultado.


Prólogo y relato de Conexión ADSL

 

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El prólogo y relato que tienen a continuación, forma parte de la antología CONEXIÓN ADSL donde se reúnen más de veinte relatos de autor y algunos textos poéticos bajo la firma de Ricard Millàs, poeta, escritor y autor de este blog. Esta entrada es un aperitivo de lo que sería el libro, nada más lejos de la realidad. 

Qué les aproveche. 

Prólogo de Vanity Dust

 

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Cuando mi agente Karl Straüss me llamó para comentarme que me habían pedido prologar un libro me fui al primer paki que vendía rosas por la calle y le compré la cesta entera para ponérmela delante de una foto que tengo de mí mismo en mi cuarto de los trofeos. Pensé que me pagarían pasta y un par de perras, pero cuando supe de qué iba la cosa vi que poco había que sacar en ese aspecto. Entonces es cuando tuve que preguntarme cuándo trabajo gratis y en qué condiciones. Fue fácil, Ricard Millás juega en una liga que puedo entender, que me divierte y me levanta extasiado del sofá, como poseído por 5 clenchas de Speed, cuando termino uno de sus relatos. Tras el contacto con Karl, Ricard y yo nos conocimos vía Facebook, como los quinceañeros o aquellas compañeras de inglés que tenías a los 10 años y que, tras meses de darle vueltas al apellido, has logrado recordar (incluso has cambiado tu foto de perfil con una renovada esperanza, esa segunda oportunidad de la que vive Zuckerberg), y esperas ansioso la respuesta a tu estúpida petición de amistad. Nos entendimos bien. A la semana estábamos de birras haciendo el capullo por Barcelona. Por el Borne, por el Raval, pillando merca a dealers chungos y dándole a las lonchas en los portales de calle Carme. Las cosas iban bien. Lo mejor de todo es que siguen yendo bien. Porque Ricard es un obseso, un perturbado, y eso es una alabanza, claro. Le peta la cabeza cuando piensa en los colgados, aquellos tipos y mozas que han perdido por completo el rumbo de la vida, es decir, que no han tenido la suerte de conocer a Paulo Cohelo, y que todo lo que tocan se convierte en mierda. También se vuelve loco con la gente normal, con sus vidas pseudoacomodadas y absurdas. Pero sé que comparte como yo que follarse a tías normales es un deporte nacional de lo más entretenido. En definitiva, le vuelve loco casi todo lo que le rodea, y no puede evitar, en un acto de salvación suicida [sic] escribir sobre ello para tratar de ubicarse en medio del percal.

 Sería hipócrita no reconocer que mola que te paguen por hacer un prólogo de un libro de autoayuda. Eso tiene que estar muy bien, y ahí quiero que Karl Straüss se gane su puto sueldo. Eso sí, todo lo que sea hablar de Ricard, leer sus jugadas, dialogar con ellas y luego pillar ciegos y comentarlas hasta la saciedad, es también un deporte que practico con gran satisfacción. Y que dure, con ese mágico y lamentable equilibrio que mantenemos para seguir con vida en medio de todo esto.

 Vanity Dust www.vanitydust.com Barcelona, Octubre ‘12

El escritor II, relato de Ricard Millàs

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El escritor camina perdido por la calle. Sus zapatos agujereados le recuerdan su situación financiera. Nunca ha tenido los bolsillos llenos de dinero pero sí de poesía. El escritor recuerda a aquella chica bajita que estudiaba magisterio que le dijo que sus textos parecían frases inconexas sin ningún tipo de sentido, palabras vacías que trataban de estructurarse en un documento vacío.

Poesía, literatura a modo de producto concebido para ser vendido en librerías, palabras prostituidas con el liguero demasiado apretado.

El escritor simplemente se limita a caminar bajo los rayos del sol, un paso detrás de otro, dejando atrás el pasado para convertirlo en presente. Bolsillos vacíos, sonrisa canalla, tatuajes que un día fueron gloria infinita; irrumpiendo durante centésimas de segundo en la vida de todos aquellos que se cruzan en su camino.

Transeunte, tu espacio vital violentado por la aparición de un aspirante a escritor profesional.

Durante toda su vida trató de encontrar el secreto de la literatura. Las palabras se esconden incluso debajo del agua. Por eso tuvo que apuntarse a clases de natación y recorrer a diario los dos kilómetros que lo separan del mundo real para adentrarse en la densidad del lenguaje.

El escritor está considerado un iluso en lo que a su entorno social se refiere. La mayoría de la gente trata de ser más práctica y pasar desapercibida. La única impronta social que dejan se dibuja en forma de huella dactilar en el mando de una videoconsola o en el volante de un deportivo pagado a plazos.

Lo práctico se disuelve con el paso del tiempo. Lo inusual toma conciencia una vez estás muerto.

Luce el sol y las palmeras sonríen un domingo por la mañana. El escritor se encuentra perdido en mitad del asfalto. Quedarse dormido en el sofá de un conocido nunca ha sido una buena idea. Lo mejor es marcharse de una fiesta antes de que sea demasiado tarde. El escritor siempre se queda hasta el final por si puede besar a alguna borrachina. La única valentía la transmite frente al teclado. El alcohol le ayuda a dar un primer paso en el terreno afectivo.

Despertarse con los zapatos desabrochados en un sofá desvencijado, con la cabeza golpeando los tambores de guerra de la resaca, apartado del mundo, solo, sonriendo sin motivo en una habitación vacía llena de vasos vacíos y ceniceros sucios… el escritor se da cuenta una vez más que debe seguir viviendo para suplir todos los despertares solitarios sin la compañía de una amante de la poesía o una mujer de verdad con cuatro libros publicados.

Salir a la calle, mirar al sol directamente a los ojos y avanzar por el enlosado con el pecho exultante.

El escritor cae rendido en la calle, apenas ha dormido y ayer bebió más de la cuenta. Ninguna chica quiso besarle. Ellas preferían a un hombre más práctico, con una carrera universitaria productiva y un automóvil reluciente aparcado frente a la fiesta. Un vehículo veloz que las llevará bien lejos de su propia realidad. Soñar despiertas y darse cuenta de que el sueño es real. Ni tan sólo un cuento de hadas puede apaciguar la sed de emociones de una mujer joven y soñadora. Ni queriéndolo podrá escapar de su propia realidad.

Convertir tu vida en ficción es negar que tengas los bolsillos vacíos. Aunque lleves algo de poesía de subterfugio…

Arrastrándose hasta una palmera enciende un cigarrillo y mira al sol directamente a los ojos. No hay nada que hacer. Todas las miradas se posan en un cuerpo fumando  bajo el sol con los zapatos llenos de agujeros, medio tirado en el suelo, esperando la redención del hombre mediante un poco de humo ascendiendo al reino de los cielos…

La visión de unas piernas femeninas envueltas por unas sandalias de diosa griega le agudiza el ingenio y se incorpora para dirigirse a ella, con todas las armas del romanticismo cargadas a punto de disparar. Cuando ella se sitúa a su altura, de la boca sólo le sale un poco de humo. El incesante martilleo que experimenta en la cabeza  le acalla su incesante sed de flirteo circunstancial otorgándole uno de los mejores favores que le ha concedido en toda su vida.

Todo aquello que sueles decir en un día de resaca puede que sea demasiado sincero.

Aún así el escritor quiere abrir la boca y chorrear todo el amor enlatado que encerrado en su pecho pide la liberación. Las palabras se agolpan en su cerebro y explotan sin ser partícipes de sonoridad alguna, se pierden y suben como el humo que exhala tirado en el césped con los zapatos agujereados y la cabeza rota de tanto beber. Como un buda feliz de participar en la vida, aunque no sea tal y como se la esperaba.

Los episodios mentales que de vez en cuando te muestran una hipotética realidad, lo único que hacen es desprestigiar tu vida.

Se levanta del suelo y se dispone a seguir aquella divina visión, pero a los dos pasos cae al suelo y se queda sentado en el bordillo. Como un indigente observa el ir y venir de la gente. Sin saber adónde van. Sin importarle siquiera su nombre.

El escritor vuelve a mirarse a los pies y reconoce que casi está a punto de atravesar la delgada línea que existe entre un aspirante a escritor y un autentico outsider. Sin dinero, sin empleo, sin expectativas de una vida mejor se enciende el último cigarrillo que le queda y en un intento de desafiar al sol se quema las retinas.

El oficio de escritor tiene esas cosas. Fumar sentado en la calle sin nada que llevarse al estomago forma parte de la actuación. El patetismo llevado a extremos es un factor a tener en cuenta cuando uno quiere ser inmortal. La autodestrucción a modo de redención. Ya lo dijo Nietzchse en su día.

El escritor sigue sentado en el suelo bajo la mirada inquisitiva de todas las mujeres que forman parte de la rueda, que compran libros y sueñan con acostarse con un poeta durante un par de horas antes de que su marido vuelva del gimnasio. Recibe un guiño de los dioses y durante un segundo experimenta lo que los alcohólicos llaman “un momento de lucidez”. Trata de levantarse pero no tiene fuerzas para nada. Decide seguir sentado en el suelo hasta que el mundo arda en llamas.

Desatendido por las editoriales el escritor se desangra en mitad de la calle formando un charco de palabras.


Sexo y muerte en un vaso de ginebra; extracto del libro “La Hamburguesa Humana”

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Texto de Ricard Millàs

Este relato se incluye en el libro La Hamburguesa Humana, donde encontraréis algunos relatos de corte erótico, otros más crudos y una novela corta cuyo escenario se sitúa en el Hospital del Mar de Barcelona. Sexo y Muerte en un vaso de ginebra, título de este relato, es uno de los textos que contienen un alto contenido explícito donde el acto sexual se convierte en protagonista, dejando a un lado a quienes lo practican y  desplazando a su vez, al factor que en un holocausto zombi debería tener más importancia; los propios zombis. Los personajes de este relato, junto a los de otros cuentos que los hermanan, alteran el orden restando importancia al peligro y centrando la atención del lector en un acto tan usual como un simple polvo matutino. Mi intención es la de difuminar el efecto zombi sustituyéndolo por algo tan cotidiano como las relaciones humanas. Con ello no estoy quitándole importancia al género, simplemente uso los ingredientes que tengo a mi antojo.

Espero que disfrutéis el relato y si gustáis, podéis gozar en vuestra casa con el libro que da nombre al blog.

 

Sexo y muerte en un vaso de ginebra

Estáis toda la noche desnudos moviéndoos al ritmo de una canción eterna de amor y bailes de salón para jubilados. La música de ascensor es una geisha acariciándote los muslos; la ola perfecta para un surfista con mechas naturales. Te gusta bailar con ella y desnudaros uno enfrente del otro, sorbiendo de vuestros vasos de ginebra mientras la vida muere a dentelladas bajo la noche. Siempre termináis uniendo la perfección de vuestra sexualidad con el sudor sobre el sofá de piel agrietada. Follar es tarea fácil cuando el resto del mundo se sume en tinieblas. Por el momento hay electricidad; la luz sale de los edificios mientras las calles se tiñen de rojo. La muerte calza zapatillas de deporte y corre más que nadie.

Tus besos son el polvo que levanta la brisa en un planeta inexplorado. Las acometidas de la pelvis, un combate de cangrejos cerca de una fosa mariana. El suelo se llena de los gestos que haces cuando tiras la ropa interior al suelo; las muñecas se mueven como una bailarina clásica cuya entrepierna clama la obra de Tchaikowski. Wagner. Beethoven. Sostakovich. Sexo en lo alto de la alacena, sudor y jadeos en un piso que pronto perderá la belleza de los rincones. Alguien escarba en la puerta; un dedo sin dueño cuya piel se cae a tiras. El sonido de una uña trata de romper la magia de un buen polvo alcohólico. Te bebes la vida a sorbos. Quieres ser una leyenda.

En la calle un automóvil frena en seco y de su interior sale lo que antes había sido un hombre. Levanta la vista y te mira mientras disfrutas del goce espiritual; el sexo eleva el alma y reordena los pensamientos. Lo físico y lo metafísico unen sus labios y disparan sus lenguas como lagartos con los ojos amarillos. Mientras te muestras complacido sus ojos te miran y sus dientes quieren apretar tu carne. Masticar la carne. Paladear el sabor de una victoria monstruosa. Siguen rascando la puerta, hurgando con la insistencia de la n-muerte. Alguien más escucha en el rellano. Te levantas del sofá y buscas la postura que no se ha inventado. Te muevo en círculos mientras ella te mira divertida. Coges el vaso; te bebes un poco más de tu vida.

Beberse la vida es divertido, como sonreír en una fiesta llena de gente desnuda sin saber que va a morir. Sin saber que alguien va a masticarte hasta que solo queden los huesos.

Se oye un grito en el piso de arriba.

La atmosfera de humo de cigarrillos y alcohol robado es embriagadora. Abres los brazos mientras la penetras como si fuera la primera vez; la borrachera hace que te olvides de todo antes de paladear el amargo sabor de la resaca. Normalmente las resacas te invitan a despertarte antes de que salga el sol y busques la humedad de su flor, pero ahora todo ocurre antes. Justo en el momento en el que se añade otro muerto más delante de la puerta. El arlequín de la pared te mira fijamente. Sus ojos de madera se posan en los tuyos y te muestran la realidad. Sabes que falta poco, que los tatuajes de tu piel van a separarse de tu cuerpo, que el alcohol que te has bebido en toda tu vida ya no existe; ha bajado por las tuberías del sinsentido con todo el dinero que tenías. Enciendes un cigarrillo mientras mueves las caderas. Eres la ausencia del héroe. La ausencia de los sentidos. Bailas música de ascensor con un cigarrillo en los labios y la empalmada más bestia de toda tu vida.

Sus jadeos pueden oírse en un CD de Aphex Twin, en una celda para locos en el laberinto de la no-cordura. Las raspaduras de la puerta se convierten en golpes desacompasados como un tema de Drum & Bass; como un mono tratando de tocar una batería. Estás a punto de correrte. Estás a punto de que la semilla del amor caiga sin remedio en la piel del sofá; vas a tener que ir al baño a por algo de papel higiénico. Vas a tener que pasar por la puerta principal y escuchar de cerca la música del infierno. A ella no le gusta ir a por papel.

Eyaculas como un chimpancé aburrido.

Caminas descalzo por el parquet. La ceniza cae en el suelo. Sientes el poder de tu miembro palpitando como el corazón de un perro rabioso, furioso, erguido, incólume, tratando de escupir un poco más de placer en formato líquido. Ella se acaricia los pechos mientras ve como te fundes con la oscuridad del pasillo. Tratas de evitar el ruido de la puerta. La mirilla te muestra la verdad; hay cuatro moribundos moviéndose a espasmos, tocando un tema zulú en la puerta, buscando el refugio de la carne cruda. Coges algo de papel de váter y corres por el pasillo. El diablo te fustiga en las nalgas antes de que la luz del salón te acoja en el apogeo de su esplendor; en la calidez de la supuesta evolución del hombre. La electricidad durará poco y lo sabes. Bebes otro sorbo mientras ella te mira una vez más. Llora con una sonrisa en la boca porque quiere más sexo antes de morir. El romanticismo adopta tintes dramáticos. La locura del ser humano se abre de piernas en el sofá y la penetras en un intento de eludir el horror. La hiel que le cae por la entrepierna no debe lamerse. Es hora de la absolución de tus pecados. Dios te mira y el Diablo mueve a la Reina. Jaque Mate. La dama de la guadaña se sienta junto a vosotros y se toca la entrepierna.

Los golpes cada vez son más fuertes. Los goznes de la puerta comienzan a ceder; el ímpetu de los desaforados abre una brecha en la idea del confort imperante. Moriréis desnudos junto a una réplica de M.C.Escher. Ella abre más las piernas y tú la sacas y bebes el último sorbo del vaso. Te gustan sus uñas pintadas de rojo. Te gusta sacar hielo del congelador cuando vas totalmente desnudo. Dejas que suspire. Dejas que desde el sofá te lance un hechizo; estás a punto de tirar el vaso al suelo y tirártela mientras la lujuria se refleja en sus ojos. Tratas de aguantar mientras la madera de la puerta cede por momentos. Van a comerse tu carne. Van a cortar por lo sano.

Sales de la cocina con el vaso lleno; el ruido que llega desde el pasillo comienza su particular cuenta atrás. Le ofreces el vaso mientras no puedes evitar clavar los ojos en la oscuridad. Suenan los tambores del hambre. Enciendes un último suspiro con la llama del cigarrillo. Le estampas un beso en la boca y dejas el vaso en la mesa. La abres suavemente de piernas y te colocas frente a su vagina. La miras directamente. Te pones en situación. Recorres las olas del placer con la tabla de surf de tu lengua. Los gemidos rompen en las playas de sus cuerdas vocales. Te olvidas de los golpes y de la madera que se rompe por momentos. Exploras la cueva del amor a mordiscos. Recorres con la punta de los dedos la dulce curvatura de sus pechos y le pellizcas un pezón hasta que se vuelve rojo. Rojo como la sangre que está a punto de derramarse encima del sofá. Un último golpe termina por derrumbar las almenas de vuestro castillo de placer.

Entran tropezándose los unos con los otros. Bebes otra vez, tienes tiempo para ofrecerle un último sorbo a sus lágrimas. Ella llora por última vez mientras entran en el salón y se abalanzan sobre vosotros. Se desgarra la carne y el placer se evapora con un último suspiro. Estuvisteis toda la noche desnudos moviéndonos al ritmo de una canción eterna de amor y bailes de salón para jubilados. La botella de ginebra cae al suelo y el licor se mezcla con la sangre.