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Los padrinos del gore

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Los padrinos del gore siempre han sido tipos con aspecto de profesor de química. Los padrinos del gore golpean fuerte en sus películas; muestran la realidad que trabaja en silencio en el castillo de huesos y piel maquillada por las inclemencias del tiempo. Dicen que los directores de cine viven las películas en su mente; destripan a sus víctimas en su cabeza, las desollan vivas, les quitan el cerebro y lo mordisquean tiñéndose los dientes de color rojo. Eso es lo que me cuenta Sussie, colocándose a cuatro patas para hacer ejercicios de espalda sin importarle que le miren el corazón que forman sus nalgas dentro del mallot.

A Sussie le chiflan las películas gore. En su piso los DVDs de Fulci sustituyen a la música generacional o a las sesiones efímeras de melodías motivacionales. The eye of the tiger se convierte en “La casa al lado del cementerio” mientras que Mr. Anger de Metallica queda sustituida por “El más allá”.

Hacer 4 series de abdominales mientras los muertos vivientes de “Zombi II” invaden Nueva York.

Levantar 26 kilos en el press militar cuando en “City of the Livind Dead” una manada de monstruos hambrientos se nutre de los deltoides de un desafortunado vendedor de helados.

Tríceps en banca y gritos ahogados en sangre.

Press de pecho en mitad de una contienda en un supermercado abandonado.

La pantalla muestra el terror en su estado más severo. Los músculos se endurecen, se redondean cuando las fibras se destruyen. La hipertrofia se muestra ante los ojos de un único superviviente. Porque Sussie a veces cree que la película es ella y lo que ocurre al otro lado es mucho más real que su propia vida. Porque Sussie nació en algún lugar deshabitado, repleto de inmundicia, sin padres, sin amor, sin un resquicio de belleza al que aferrarse. Hasta que alguien la encontró cuando ya era demasiado tarde y ya no había vuelta atrás para edulcorar sus maneras.

Maquillar a la bestia enroscada en alguna parte.

Vestir de etiqueta a un demonio.

Sussie es la encarnación de un animal salvaje con cuerpo de humana.

A Sussie no le importa que la miren las piernas brillantes por el sudor mientras me cuenta lo mierda que me ha parecido el guionista de “Zombi Nation”, de los efectos especiales en “Zombieland” o de lo bien caracterizada que está la coprotagonista de la tercera parte de “El regreso de los muertos vivientes”. Sussie se concentra en colocar el codo derecho formando un ángulo de noventa grados cuando la mancuerna de 15 kilos se alinea con sus pendientes de calaveras. No le molestan porque sus movimientos son precisos, perfectos, estilizados. A pesar de la robustez de su cuerpo su agilidad es precisa, su ritmo es música silenciosa, su rostro pétreo no se inmuta cuando el sudor cubre su piel repleta de mapas minúsculos.

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En el gimnasio low-cost al que nos apuntamos hace medio año las pesas están tan gastadas que Sussie siempre bromea alegando que las han sacado de alguna peli de Romero. De algún plano secuencial de Eli Roth. De un travelling horizontal de cualquier basura gorno. Mientras hace aberturas de hombros con una trenza de goma le guiña el ojo a un musculitos de unos treinta años, tatuajes de macarra y pelo rapado estilo nazi. Le gustan los tipos extraños para llevar a cabo su particular periplo del engaño. A Sussie le gusta calentar la zona de la entrepierna escondida en el tejido gore-tex de algunos de los silenciosos usuarios de la sala. Sussie tiene algo en contra de los chulos de gimnasio. Por eso los chulea y les enseña medio pecho para luego dejarlos en la estacada.

Mientras observo su jugada considero que en realidad, busca motivos para pegarse con alguien pero como es una chica robusta los hombres no saben cómo tratarla; el machismo se esconde. En realidad, el machismo siempre ha estado escondido detrás de un hombre poco autosuficiente. Sussie suda machismo y lo aplasta con la suela de sus zapatillas. Sussie ejercita los gemelos mientras el tipo se la acerca y le dice algo al oído. Algo que no alcanzo a oír.

-Demasiado directo. –dice mirándome.

La carcajada es un estruendo que parece hacer temblar los espejos que cubren todas las paredes. Sus dientes de color blanco forman un collar de perlas por lustrar, un pequeño tren de piedras blancas geométricamente alineadas que de poder hacerlo, reflejarían al hombre fracasado, cuyos músculos, durante un par de segundos, quedan relegados por una expresión cabizbaja y un porte de total fracaso; el hombretón de gimnasio disminuye varios centímetros sin que nadie se dé cuenta. Sussie observa al “Increíble hombre menguante” mientras hace estiramientos en la espaldera. La veo reírse como si fuera una colegiala.

Sussie se convierte en la niña que no pudo ser.

Los padrinos del gore no parecen conocer a Michael Gira. De hecho, nada ni nadie me ha indicado cualquier matiz –por ínfimo que sea- que indique una relación basada en las películas gore y la música de los Swans. Michael Gira parece uno de aquellos supervivientes que viven en el techo de un supermercado abandonado con un rifle de mira telescópica mientras les vuela la cabeza a los zombis. Los padrinos del gore nunca han sido muy atrevidos con la música de sus películas. Los labios de Sussie muestran, con un pequeño ángulo en las dos comisuras, el sarcasmo que aflora en sus afirmaciones.

A Sussie le gusta reírse hasta de lo que le gusta.

-¿Temas estridentes? Los que quieras –dice palpándose las abdominales. –Pero música de verdad, música que desarrolle la épica que destilan los Altar of Plagues o los Year of No Light…

Con un ligero movimiento de la cabeza le hago saber que entiendo lo que me dice aunque no lo comparta porque en realidad, las películas gore nunca me han importado. Lo único que me gusta es oírla hablar. Ver como se tumba en el suelo y hace cinco series seguidas de abdominales inferiores y luego estira las piernas.

Y luego en casa, cuando estoy solo, me la encuentro reflejada en la pared mediante el proyector que tengo en la cabeza y me vuelvo un poco más loco y un poco más cuerdo a la vez porque sé que ella aún está por ahí, calentándole la entrepierna a algún machista o divagando sobre cualquier basura que le parezca arte mientras hace tres series espalda de diez repeticiones cada una con una mancuerna demasiado usada.

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Síntomas de realidad

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El relato dignifica el alma y te pone en su lugar. Cuando cierras la luz después de teclear el punto final algo empieza a correr por tus venas. Es la auténtica liberación del espíritu. El diablo que siempre ha estado ahí pero que ahora puedes oír. Cierras los ojos. Ahuyentas la voz trémula que a veces te dice que no puedes seguir. Que debes poner el intermitente, estacionar en el andén y apagar el motor. Normalmente ocurre cuando llevas tiempo dándole a la máquina de las mentiras pero el reconocimiento sigue aletargado. ¿Quién dice que algún día va a despertar cual Nosferatu en un velero con destino a Londres? No, hay que seguir manteniendo el espíritu libre y los dedos ágiles para seguir aporreando a la realidad con tus mentiras, ilusiones y orgasmos mentales. La palabra es un acto de liturgia cuando la pones en movimiento. Escenificas ideas hasta que estas se tornan una variante de piscina vacía donde deslizarte con tu patín hasta quedar agotado frente a la pantalla. Hubo un tiempo en el que consideraste a los escritores como algo sagrado para descubrir al poco tiempo, que eran gente como tú. Algunos necesitaban protagonismo, otros simplemente trataban de mejorar.

El afán de protagonismo llena un par de minutos de tu vida como artista efímero.

Y digo efímero porque en la actualidad todos necesitamos ser especiales. La fijación por nosotros mismos nos la regaló el cerebrito de Facebook. Fotos de pies. De comida. De rollos que hemos conocido en antros con poca luz y el suelo pegajoso. La vida transcurre mientras la Tierra sigue dando vueltas, engañándonos a todos con su baile de música para ascensores. Piensas en todo ello ahora que no sirve para nada. Ahora que los fantasmas del mundo actual se han convertido en despojos unánimes a un grito silencioso: el grito del hambre eterna. El hambre por protagonizar, por morder el anzuelo de la vida exitosa. ¿Te acuerdas cuando comenzaste a fantasear con la escritura? ¿Te acuerdas cuando tenías que imprimir tus relatos y salir a la calle infestada de anónimos?

Sí, lo recuerdas todo como si fueras un secundario de Z-Nation, solo que los zombis eran el depredador humano, enarbolando una sonrisa de dientes afilados. La primera mordida fue en una entrevista de trabajo, cuando alegaste que escribir era tu pasión y que habías adquirido las 400 pulsaciones escribiendo relatos de zombis. La pregunta de la entrevistadora te desgarró las entrañas, solo que no te diste cuenta. “¿Así que has adquirido rapidez haciendo ESO?” La carne quedó rígida para pasar a infectar los órganos principales de tu deteriorada salud mental; ilusión, esperanza, ganas de moverse por cuenta propia. Todo terminó por derrumbarse. Luego la infección pasó a tu sistema nervioso; el sudor corría por tu cara igual que la sangre de los corderos que habitaban la Biblia. Tu cerebro abandonó toda esperanza de encontrar un segundo empleo. El primero no daba mucho para vivir. El segundo tendría que ser un motor de 1200 caballos. La bestia. Saliste a la calle aturdido, mareado, la mordida te dejó la camisa desgarrada.

Solo podías ver la herida reflejada en los escaparates.

La gente seguía con sus vidas: caminaban, apenas te vieron, si hubieras caído al suelo nadie hubiera hecho nada. Normal. Tú también lo haces. La gente cae continuamente al suelo de sus vidas y nadie hace nada para levantarlas. Hay que tropezar, te dicen, así podrás volver a levantarte aunque tengas las rodillas en carne viva.

Meses más tarde la epidemia del dolor personal llegó a través de las ventas de tus libros; no vendías lo que tu yo del pasado había imaginado. Imaginar es para niños grandes y para muertos vivientes de su propio ego. En realidad no nos hace falta carne mientras tengamos la nuestra. Nos alimentamos de los comentarios que van dirigidos a nosotros. EGO. Una pieza difícil de colocar en el castillo de nuestra mente. Los libros se distribuían pero tenían pocos compradores. Nadie dijo que fuera fácil y menos cuando tu nombre no salía en las marquesinas de las paradas de autobús.

¡Serás soñador! ¡Serás niño!

 Te diste cuenta de que lo había que alimentar era al vampiro que se nutría de halagos, de palmadas en la espalda, de momentos felices…

Pero nunca de dinero.

Pensaste que hacer algo de provecho económico dejando el arte aparte sería lo más justificable. Así que buscaste trabajo y enterraste al escritor. Mentiste cuando dijiste que tu mayor afición era la poesía recitada en la mente mientras nadabas. Seguías escribiendo en secreto. Tecleando mentiras que sonaban a verdad. Esculpiendo mundos invisibles que necesitaban de las palabras para ser descubiertos. Hasta que al fin firmaste un papel que te retuvo en una empresa durante varios meses.

Conociste a gente y fumaste en las horas libres. Llegaste a tener una amiga con la que contarle tus intimidades e incluso, confiarle quien eras en realidad. Peter Parker no es Spiderman, es un fotógrafo mal pagado. La realidad siempre es más impactante que la ficción. Eras el hombre araña en la intimidad mientras te mostrabas ante el mundo como uno más. Un zombi con hambre de red digital y consumo efímero.

Aun así seguiste tecleando para esculpir tu estilo. Conseguiste algunos logros personales y los celebraste a solas. ¿Realmente necesitas a alguien cuando tu oficio es el de estar solo? Hay que saber estar a gusto con uno mismo cuando el espíritu es un soldado independiente. Cumplir objetivos no tiene nada que ver con el éxito social. Los logros se diluyen en poco tiempo a ojos de otros. Decidiste seguir viviendo, seguir tecleando y peleando por ti. Nada de fotografías con grandes autores. Nada de elogios por parte de nadie.

Solo quieres oír la voz del diablo que corre por tus venas cuando cierras la luz después de inventarte otras vidas.