Experimentar

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Experimentas el horror cuando cierras el libro. Nunca habías pensado en la muerte del intelecto ante la resurrección del entretenimiento. Te extrañas cada vez que el lomo del artefacto te mira desde la mesita de noche antes de cerrar los ojos y bañarte en la laguna del sueño. Porque no entiendes por qué los escritores solo quieren entretenerte cuando en realidad lo que deseas es pensar un poco por cuenta propia. Necesitas a Gonzalez Requena, a Vila-Matas, al ignífugo Onfray.

Necesitas hacer un Jackpot de inteligencia ajena. Necesitas alimentarte de los demás. Parecer listo. Mordisquear la lucidez como un vulgar extra de TWD.

Experimentas la pena cuando Abercrombie solo narra. Solo piensa en el argumento. Solo necesita acólitos que lo deseen por su imaginaría. Y la verdad es que me parece loable aunque insuficiente.

Abercrombie es el capitán de un velero hermoso pero efímero. King tiene unos finales ridículos aunque funcionales. Estos escritores engrasan su maquinaria para que las ruedas nunca se salgan del riel. No hay riesgo. Solo hay historias y entretenimiento superficial.

¿De cuántos libros debería acordarme antes de morir? Mis neuronas deberían saberlo. La pereza me indigna pero me parece algo cómodo. Las historias necesitan que su capitán no se hunda en el océano de papel amarillo y palabras. Demasiados océanos. Multitud de mares por descubrir. El intelecto se encarga de que desprecies a los autores que simplemente quieren contar.

No necesitan la investigación de la palabra porque saben que su barco llegará a puerto seguro.

Lo hermoso del arte se viste con cubiertas llamativas y palabras rasuradas como los genitales de un actor pornográfico. Prosa rasurada. Poesía inexistente.

Experimentas el horror cuando cierras el libro y este, en realidad, no ha conseguido decirte nada. Te sientes igual que los niños que comen pipas y dejan el suelo lleno de porquería. “Para pasar el rato”, dicen. Mi tío-abuelo diseñaba edificios para pasar el rato. Su hermano escribía poemas y era amigo de Pere Riba.

Y yo he salido un pedante con ínfulas de escritor.

Michael Crichton  diseño un parque repleto de dinosaurios. Un escenario ficticio para pasarlo bien sin moverse de casa. En realidad, Parque Jurásico es un cojín cómodo para las tardes de lluvia. Larsson se inventó a una heroína postpunk, algo que este mundo necesita para ganarse el aplauso y condenarse a la memoria bestsellera. Su relato me fascina pero a la vez me produce un efecto similar al de los antidepresivos. Quizá los libros más vendidos sean el nuevo antidepresivo. Creemos necesitar historias pero no necesitamos vivirlas. Qué curioso; el hombre se siente a gusto viendo sufrir a sus semejantes. A sus héroes ficticios. A su ídolos convertidos en dioses.

Leer es una forma de huir de la realidad. Aun así, nos regocijamos en los relatos de gente que muere. Gente que sufre. Gente que pelea por sus intereses. La literatura no es como nosotros. La literatura es el asesino frustrado de la realidad.

Los libros son el mejor engaño del siglo. Quizá por eso hay quien no le interesa que nos mientan otros.

Experimentas el horror cuando el vacío que queda en tu interior es más grande que el número de páginas que has leído. Te has embarcado en una epopeya sin sentido. No has ganado un tesoro, simplemente te has distraído. Por eso nunca recordarás el momento leído. La palabra escrita que no se graba en la memoria. El bestseller se termina más rápido que el papel higiénico. La mecha de un petardo. El hambre de una piedra.

Experimentas el horror porque tu cerebro ha sido capaz de clasificar; los libros que solo cuentan se enfrentan a los que quieren que veas la realidad a la inversa. Y te estremeces porque no existen sagas de autores intelectuales. No hay series. Ni tan solo existe merchandising. Necesitas el mundo del fandom pero con tipos como Colette o Melville. Bukowski o Camus. Huxley o Alberti.

Te has convertido en un excéntrico. Un millonario de la cultura con los bolsillos roídos. Experimentas el horror porque en realidad, no sabes cómo ver la vida de otro modo.


Nacido en una ciudad de muertos

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“Nacido en una ciudad de muertos”.

Bruce Springsteen.

Una de mis pasiones siempre fue la de auyentar la depresión mediante la lectura. En mi caso Stephen King me salvó de un intento de suicidio por parte de los agentes que manipulaban mi mente presentándome al payaso de sonrisa traicionera que habita en las páginas de It para que mi alter ego, algo deprimido, no sucumbiera al triste advenedizo que me dictaba el acto de la muerte voluntaria. (Inspiro, expiro). Muerte. Vida. La antítesis de la idea del fallecimiento prematuro se me presentó mediante una sucesión de relatos donde varios niños hacían un dique en un extraño rio donde habitaba un extraño ser. El animal, por nombrarlo de alguna forma, se escondía detrás de diversas máscaras, como el monstruo con escamas que salía del agua en el momento más inesperado de la vida del niño que presuntamente tenía que ser atacado alrededor de la página doscientos diez. Todo se mostraba en sueños, alucionaciones y escenarios irreales para que el acto de suicidio se diluyera de la forma más peculiar posible. King me mostró a varios monstruos mientras que las ganas de abandonar el mundo se escondían en algún lugar de la cabeza. Descubrí que existían diversos escondites dentro la cabeza; tantos como uno quiera construir mediante los libros. King me dijo sin necesidad de personarse en la habitación que me servía de refugio contra mi mismo, que Jack Torrance estaba mucho peor que un servidor. Que Carrie sí que tenía motivos para abandonar su vida y que el cementerio indio del que tanto se hablaba en Cementerio de animales, era algo mucho más terrible que el interior de mi raciocinio. Busqué dentro de los libros y encontré el remedio; leer me estaba salvando de la idea de matarme con algún remedio indoloro. Porque yo era uno de aquellos que, ya que no quería luchar por su felicidad, tampoco deseaba hacerlo contra el último acto doloroso que me ofrecía a mi mismo. Supe que la vida y la muerte iban cogidos de una mano fría, incómoda, extremadamente real. Averigué que la vida es una montaña helada que tienes que subir cueste lo que cueste pero que también, puedes abandonar su ascensión en mitad del trayecto para dejarte caer y experimentar la muerte en vida.

Extraje varias conclusiones a partir de los libros del maestro King; uno puede asimilar el número de historias que quiera para abandonar su propio mundo y así, suicidiarse sin necesidad de que el cuerpo deje de funcionar. La lectura era mi particular modo de auyentar a la muerte pero también de acercarme a la idea de abandonar las riendas de mi propia vida. Me sumergi en varios relatos para olvidarme de mi. Me compré un montón de libros extraños repletos de historias con el mismo personaje porque me gustaba verlo sufrir; sabía que en realidad era King escribiendo sobre el monstruo que podría llegar a ser cuando tenía resaca o ganas de meterse una raya de cocaína. Experimenté la desaparición del yo buscándome en los relatos del escritor. Ese fue mi primer error; no debía acordarme de que era yo el lector de aquel libro. Tenía que transformarme en la historia, vivir lo que King me estaba dictando; tenía que entregarme del todo para olvidar quien era.

Y así fue como puede desconectarme de una vida repleta de intentos imaginarios de suicidio, de la ingestión ficticia de antidepresivos y de la muerte de todos aquellos enemigos que me había forjado en la mente. Porque yo quería más protagonismo. Más vida envuelta de muerte. Más puñetazos sin dolor. El payaso de King me dio un globo y dejé que me arrancar un brazo. Sí. Tuve mis momentos de querer morir a pesar de no saber quien era. Supongo que siempre estamos conectados a nosotros aunque no nos guste. Tenemos un puerto USB en algún lugar invisible que nos conecta a la oscuridad en los momentos más insospechados.

Igual que el payaso de King o los arrebatos de furia de Torrance.

Huimos de la vida para adentrarnos en la de otros. Mi pasión por desaparecer sin necesidad de experimentar la muerte se convirtió en la inefable necesidad de emerger como lector y así, convertirme en relato. En el relato de otros. Porque lo que más desea un escritor es que sus palabras tomen vida de alguna manera: y esa manera, la mejor opción de todas, es hacerlo en el interior de la cabeza del que se ha comprado tu libro. Es decir, el lector paga para tragarse las manías del que las exhibe. El acto egoista del autor no es más que una bocanada de humo de automovil renqueante disfrazada de relato. Te jodes. En mi caso la idea del suicidio no era más que otro relato correteando por mi mente sin otra misión que la de despistarme de lo que realmente quería hacer cuando abría un libro. Mi depresión se tornó historia inconclusa. Me cabeza repleta de negrura no era más que una paranoia sin sentido alguno de la coherencia. El único inconveniente es que era real. Quizá este relato también lo sea. Qué más da. Hay que morir en vida para poder soportar las mierdas de los autores. En el caso de King, su mierda sabe a pastel de manzana. Me tragué tanto pastel que mi estómago lo vomitó todo. Como si fuera un romano en una orgía de comida y sexo, tenía que vaciarme para poder tragar más y más. Descubrí nuevos autores cuyas historias construyeron más laberintos de pared carnosa de color rosado. Y allí traté de perderme. De buscar sexo sin tener que abrirme la bragueta. De aventuras sin necesidad de rasgarme la camisa. De pesadillas sin forma que sepultaron, momentáneamente, la ansiedad de suicidio.

Creo que morí mil veces para levantarme de nuevo, con las piernas rígidas como estacas para vampiros y el corazón bombeando tinta impresa. Puse los brazos en cruz para redimirme como si fuera un vulgar Cristo de Biblia de papel para fumar. Y obtuve la libertad. Sí. Pude lamerle los pechos a las musas que muchos decían que se les metían debajo de las sábanas cuando no encontraban motivos para seguir con sus obras. Me follé a las heroínas que crearon los escritores pajilleros y pude arrancarle los huevos a los monstruos que simplemente trataban de hacerme olvidar mi muerte en vida. Me convertí en una especie de zombi, renovado por el afán insaciable de palabras impresas, de ideas nuevas y arriesgadas, de textos que no buscaban la redención, sino, simplemente, el afán por contar una buena historia sin necesidad de ascender al cielo. ¿Quien quería subir por el ascensor del firmamento literario? Todos los putos redactores que emularon a King y no supieron encontrar su estilo. Por eso elegí a King. Por eso huí de mi vida mediante las vidas inconclusas de otros. Porque nunca sabes el destino final del personaje de una novela cuando termina la trama. Porque nunca sabes si morirás con la literatura o lo harás por cuenta propia.


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Y aunque la enfermedad le cubre el hígado con manchas que a simple vista parecen países por conquistar, su paso es rápido y sus intenciones malignas. Tiene a un dios en el estómago. Un ente que ha matado a todas las mariposas que creyó poseer en la jaula de carne rosa y blanda. Y aunque le quede muy poco de vida, sabe que puede encontrar alguna oportunidad en el mercado de la carne; la que se compra, se vende y se regala en las calles grises de Babilonia. Porque el dios que guarda dentro le dice que abra las piernas pero siga vistiendo como la novia del crucificado. Del ente inexistente. De aquel que mataron en los libros. Y aunque las manchas le recuerden al lugar donde sabe que va a morir, en su cabeza sabe que para ser feliz, debe hacer lo que le venga en gana.

El Padre Nuestro le indica el camino a seguir, el pan que ha de comer, el gemido del dios que se muestra complacido.

La Virgen se alza ante ella para mostrarle las palmas de las manos llenas de cortes, llenas de lágrimas sin llanto, llenas de pureza ante la libidinosidad del acto incompleto.

El Espíritu se escabulle como niño tímido para convertir la inocencia en un acto cotidiano; el sexo no es suciedad si la conformidad se impone ante los practicantes.

Y aunque la enfermedad le muestra las preferencias de la vida, sabe que la ausencia de sus necesidades primarias puede ser revocada ante la magnificencia del goce y la carne húmeda. Cuando encuentra al candidato inicia la danza de Santa Camilla, la cruz de San Pedro le postra la cabeza para mostrar humildad; el hombre se agacha para descubrir un nuevo país, un nuevo sabor, el goce que ningún lamento de violín es capaz de detener.

La danza es macabra para aquel que quiera ver su lado más oculto, más oscuro.

Para que se alce la poesía la devoción debe ser máxima, completa, unánime. La lengua del mercader de la depravación pasa de un lado hacia otro, como si estuviera rememorando los pasajes del Antiguo Testamento. Caín. Adán. Noé. El sexo entre bambalinas es una fiesta urbana donde se oyen los jadeos pero la acción transcurre tras las puertas traseras. Es la celebración de lo antiguo, de lo más abyecto y lo más moderno. De lo abominable y de la explosión de la belleza. Los actos se escriben sin necesidad de teclas, sin necesidad de tinta, sin necesidad de escritura.

Se forma un puente libidinoso cuando los labios se juntan y las lianas de jugo transparente se funden en una, uniendo dos vidas que no sienten interés en saber el uno del otro. Y así hasta cuando el infinito es medido por la mente de un niño caprichoso. Todo termina antes de empezar, casi. La cofia le sigue cubriendo la cabeza llena de miedo y asco. La boca le sabe a goce efímero, dientes de ex fumadora, lengua afilada en el castillo de sus pensamientos.

Le gusta discutir con su dios cada vez que camina sola por la calle. Imagina que le ata una correa a la cabeza y la bola de goma es un bozal para adictos a sus vidas privadas. Y la cofia. Y la ropa. Y el sexo que ha tenido con un desconocido. Le gusta celebrar eventos con los habitantes de Babilonia. Conocer gente sin la necesidad de la palabra. Descubrir los rincones más ocultos en las bolsas de la ropa masculina, para poder seguir bajando la calle y que su hígado se cubra de manchas que parecen continentes extraños. Porque sabe que con ello, sus actos obtienen la más pura de las justificaciones.


Cruces invertidas. Ángeles sin rostro.

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La sombra se cierne sobre la ciudad. En el balcón disfrutas de la vista; una capa de color negro viste al gigante de cemento para acallar los miles de voces que creen en la esperanza. La esperanza de seguir riendo, cantando, volando a través de los cielos de sus sueños. Una capa que convierte los rayos del sol en lenguas de fuego que cuecen los capós de los automóviles, las armaduras del caballero moderno. En un pedestal improvisado el hombre de cejas gruesas y mirada apagada deslumbra a su séquito subido encima de su palabrería; la gente lo escucha porque la televisión e Internet han desaparecido. La gente lo escucha como si fuera un programa de radio. Un show televisivo con escotes generosos y americanas blancas con rosas rojas. Gotas de sangre en sábanas para futuros adictos a las palabras que se pierden en las esquinas abandonadas; el color que tiñe de infortunio el último bastión de la esperanza humana.

Sus manos son delgadas y sus dedos parecen disparar amenazas. Sus ojos inyectan desolación mientras su pelo trata de escapar de su cabeza. Se llama Dragón y no desea recordar su nombre. Se llama Dragón y lo puedes encontrar esgrimiendo argumentos nefastos en lo alto de los últimos estandartes de la antigua civilización.

El mantra del desafortunado anuncia el apagón del reino de Occidente.

El canto del moribundo de espíritu se alza como héroe para clamar el llanto que en realidad es cascada de sangre y músculo sin hueso.

En su actitud de líder anárquico, busca la aceptación de la muchedumbre buscando en el laberinto de las palabras, conceptos que el tumulto de cabezas que enfocan su visión en aquel que trata de arrancarle la ropa a la mentira, gritando cuando hace falta, bailando sin música para expresar su contento ante la barbarie, escupiendo para aquellos que necesitan mojarse con agua de lluvia; es lo único que puede hacer.

Cuando los líderes se escabullen, el oportunista aprovecha para mostrarse como un rey sin cetro y con el fuego de su pecho incendia el discurso mediante la burla de lo establecido; se cae en el abismo de la música que lo acunó cuando era un niño. Y como si las normas y el protocolo fueran libros para querubines sin alas blancas destruye todo lo que diferencia al ser humano de un animal doméstico.

Y la fiesta del sexo gratuito y los disparos a bocajarro se celebran en mitad de la calle, cuando el sol está lo suficientemente alto como para verlo todo con nitidez. Una mujer cae al suelo cuando el brazo del líder se levanta para golpearla. Abrir su camisa. Mostrarle al dios anárquico quien va a ser su próximo dueño. Y los golpes tienen lugar bajo la inclemencia del calor solar y la violación es un gato demasiado orgulloso con su dueño.

Cae el primer cuerpo en la dureza de la realidad.

Sangre salpicada en las calles de la poesía sucia.

La violencia nace donde antes los vehículos contenían el bagaje de la frustración; cientos de hombres gritaban frente al volante, escondiendo a un monstruo real que cortaba la carne desde dentro. En realidad se convierte en un lugar más sincero, una gruta por la descienden aquellos que siempre han sospechado de la evolución del hombre como hombre en su vertiente más constructiva. Y el sol queda tapado de nuevo por la sombra del infortunio cuando los hombres se rebelan contra sí mismos; pierden el respeto por sus congéneres, quebrantan las normas como si el desorden fuera la única respuesta cuando lo único que aliviaba la sed de justicia son las palabras sin fundamento. Los conceptos sin base. La teoría desprovista de práctica real. Y el mundo se oscurece un poco más ante los últimos resquicios de la civilización. El tiempo se altera; el pasado por fin tiene una oportunidad de tener un porvenir. El presente es una bola de imposibles cayendo por la ladera de las montañas de la demencia. Del futuro hablan aquellos que estuvieron en el lugar exacto y en el momento oportuno.

Y el tiempo parece ser devorado por un monstruo de ojos secos, de palabras vacías, de esperanzas extinguidas.

En la calle los golpes y los gritos son el nuevo ruido de la existencia. Ya no hay ruidos de motores, ni gente exigiendo dignidad, ni carteles que anuncian aquello que quizá no querríamos. Solo existe la rabia por lo que se ha perdido; la frustración de no conseguir objetivos. Y se recurre a la violencia, al sexo gratuito, al deshonor como emblema contra las leyes que nunca acabaron de solidificarse.

El líder golpea la cabeza de su cuarta víctima. La sangre le cubre el rostro como si fuera una única pintura de guerra. Una máscara que esconde la vergüenza que algún día creyó poseer. Lo intuyes porque de vez en cuando sus ojos se posan en los tuyos. Y descubres que esconde algo de vergüenza.

Un líder al que le importa lo que los demás piensan.

Y sus fuerzas incrementan la violencia; tratan de terminar el relato para poner fin a lo que estás obligado a presenciar. Lo haces porque Internet ha desaparecido. Y la música pagana y los gritos de placer de tus amores perdidos. Quisieras poder tocar de nuevo un par de pechos saltando ante tus ojos lascivos. Quisieras poder hablar de poesía a los cuerpos desnudos que has corrompido.

Cruces invertidas. Ángeles sin rostro.

En la memoria de los tiempos un hombre observa la actitud del ser supuestamente civilizado ante la ausencia de orden.

Y su rostro se cubre de vergüenza.

Porque el mundo podría ser algo mejor de lo que es. El hombre quizá sería mejor si no fuera. Las actitudes humanas también comprenden la violencia; es lo que nos hace ser animales. Y de ahí la superposición de la maldad ante la benevolencia. El peso inclinándose injustamente hacia el lado no deseado.

El alboroto da fe de las palabras que anuncia el infortunio.

Desde tu posición cierras los ojos para no seguir siendo partícipe de la corrupción de los valores conseguidos. No te interesa volver a la barbarie. En tu cubículo cierras la puerta a cal y canto y te sumerges en un libro que alguien dejó teñir sus páginas de amarillo. Ignorante, te muestras como un niño que se niega a aceptar la realidad mientras se deja acariciar por la brisa de las páginas del libro.

El cuento no termina porque en realidad, nunca ha empezado.


La hamburguesa humana vista por Ale Oseguera

La periodista y performer Ale Oseguera, componente del grupo teatral Las hermanas del Desorden y el Prostíbulo Poético y poeta activa en el Poetry Slam y el Periferic Poetry, me ayudó el año pasado con la presentación del libro La hamburguesa humana. Siempre es de agradecer conocer la opinión de una actriz y poeta totalmente desvinculada con el mundo de la literatura zombi, ¿no os parece?

Aquí os dejo con el texto que formó parte de dichas presentaciones.

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Ale Oseguera es Marea en el Prostíbulo Poético. La fotografía es de Diambra Mariani y Francesco Mion.

“Cuando recién conocí a Ricard Millàs, él era poeta. Al poco tiempo comenzó a publicar un blog-novela que se llamaba “La carne no está en venta”. Era un proyecto muy arriesgado porque cada post era un capítulo que se podía leer al instante. El escritor, en este caso Ricard, no tenía opciones de revisión o de reescritura.

Fue entonces cuando conocí a Ricard Millàs, el chico que cambió los poemas por la sangre desgarrada, el hambre y las vísceras que conlleva un escenario como el de un holocausto zombie.

“Los muertos trajeron el orden, convirtiéndose en cazadores sin armas, pequeños dioses que equilibraron la balanza de las clases sociales y sentaron en el mismo palco del teatro del mundo, a todos los que sobrevivían a sus ataques.”

 Arriesgado. Creo que puedo empezar a definir así las letras de Ricard. Arriesgado es escribir literatura de temática zombie. Sobre todo, porque es una etiqueta que la encasilla y la limita. Así pasa con “La Hamburguesa Humana”.

Los personajes que protagonizan los relatos de este libro tienen varios objetivos: comer, amar, follar, sobrevivir… Como cualquier ser humano en cualquiera de las circunstancias. El mundo post-holocausto zombie en el que viven es el escenario, pero más que nada, el pretexto y el motivo. En esta situación límite, creada por Ricard Millàs, Rosa, Liliana, Rocky, Zacarías y tú, y sobre todo tú, yo, el lector, llevas tus deseos, necesidades y pasiones al extremo y al delirio. Somos depredadores con ganas de sentirnos vivos.

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Con un estilo, calificado de personal e intransferible, Ricard Millàs logra retorcer el género, no hacia lo gore o al derroche sanguinario del morbo, sino hacia la poética, a la estética, incluso al verso. Este libro es apto sí, para los amantes del género, para los seguidores de lo tarantinesco y los seriales a lo Walking Dead, pero también para gente… como yo. Que preferimos otras temáticas, otros estilos, pero siempre Literatura. Ricard Millàs, si algo logra con este, su tercer libro, es demostrar que la Literatura es arte, y que como tal, el arte logra mostrar belleza y sentimiento, aún en la más insana de las circunstancias. La hamburguesa humana es un libro que estremece, que erotiza. Es Literatura con mayúsculas y sin censura. Y como dice él mismo:“Lo demás es una pesadilla de mal gusto en el tercer sueño de un adicto a la literatura pulp.”

Ricard Millàs hace del lector, protagonista. Personaje principal de un holocausto zombie muy alejado de lo habitual. Un lugar en donde los vivos y los no vivos apenas se distinguen unos de otros. Ricard nos habla directo, como una bala a la mitad de la frente, y nos hace enfrentarnos a la realidad, a nosotros mismos, desnudos y hambrientos, con una prosa intensa, valiente, original y a la vez, elegante.

Me suscribo a las palabras de Alejandro Castroguer, autor del prólogo:

 “Por entre estas páginas habitan comensales poco exigentes, tipos de paladares muertos y bocas hediondas como un féretro abierto, perdidos en ciudades que son un infierno de ambulancias, tanques del ejército y caníbales desprovistos de ingenio; laberintos de callejuelas con hedor a orín y perro flaco. Una algarada de cuerpos ayunos de voluntad y ciegos de ira, hombres y mujeres más muertos que el sindicalismo español, mileuristas de la carne que suspirarían por abrazarse a golpes a tu cuerpo, por besarte a bocados en la mejilla”

La hamburguesa humana está hecha de ese dolor, de sangre, de la carne palpitante de los sobrevivientes, de la carne podrida de los convertidos. Está cocinada con deseo, mucho deseo, y a base de embestidas y jadeos. Como en la más sudorosa sesión de sexo desenfrenado”.

Estas fueron las palabras de la poeta mexicana afincada en Barcelona. A decir verdad, me llegaron al corazón y siempre guardaré sus impresiones, siempre verdaderas y llenas de afecto hacia el libro. Tengo que decir a favor de quien desee zambullirse entre sus páginas, que tengo intención de sacar una segunda edición en físico. Por el momento, podéis adquirir el libro en formato digital mediante este link o a través de la plataforma Lektu.

Y una vez más y esta vez a través de la pantalla, ¡gracias Ale!


Sobrevalorar el sexo

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Imagen de Apollonia Saintclair

El sexo no te asegura nada. Ni tan sólo el placer que recibes durante unos minutos es capaz de terminar con todas las guerras de este planeta. Combatir el mal del hombre a lengüetazos es como erradicar el hambre del mundo con una bolsa de frutos secos. Algunos dicen que follar sube la moral, que el sexo es la liberación del hombre, uno de los pocos regalos físicos que se puede otorgar a sí mismo. El mutuo acuerdo entre dos amantes es un contrato de duración determinada que corre paralelamente con lo que algunos llaman amor. Ni todos los temas de Timi Yuro podrán besar mejor que una amante de labios como caricias de terciopelo azul. Pero la cadencia de sus melodías ayuda a leer la letra pequeña de las relaciones. Firma con la punta de la lengua si quieres reafirmarte como dueño de tus propios romances de alcoba; séllalo con un beso entre bambalinas.

Los besos perdidos flotan en el aire como el vuelo de un pájaro muerto. Ningún ser alado es capaz de realizar las mismas acrobacias que un ósculo perdido en un pozo lleno de tributos a las relaciones eternas. Tan sólo necesitas juntar tus labios con un ser que altere el ritmo de tus latidos. Ese es el secreto. Lo demás se queda en el incremento del rendimiento de tus glándulas salivares. El sexo no siempre llama a las puestas de romanticismo. Ni una canción de Frank Sinatra nos devolverá todos los besos perdidos que trazan piruetas en un cielo limpio de actos misericordiosos.

Follar está sobrevalorado. Lo importante es bombear sangre como los pistones de una locomotora mientras tu rostro se sonroja y me tocas el cuerpo y me arrancas la piel mientras te penetro el alma. Follar es cosa de animales. Lo necesario se convierte en una atracción de feria donde no siempre te dejan subir a todas las atracciones. La maldición del humano a veces se convierte en una bendición. Follar o no follar. Dormir un día en las puertas del purgatorio o acurrucar la cabeza en una nube mientras un ángel llamado Kate Upton te besa en la mejilla.

Contrata a un violinista para que pueda seguir mirándote a los ojos puesto que el exceso de pornografía deja un rastro de migajas en una vida agasajada por el vicio insano y los deseos enjaulados en la cabeza de un aspirante a poeta. La masturbación es como cargar un revolver sin nadie a quien disparar. La falta de víctimas hace descender en picado la venta de maquinillas para rasurar vulvas. Tus lamentos son las lágrimas de un niño que volverá a sonreír cuando el conejo de la tele muerda de nuevo la zanahoria. Le pides a Dios que ELLA sea pelirroja.

En su habitación lee a Cortázar y colecciona fantasmas. Una figura alta como un templo sefardí se levanta en pos de la máxima autoridad espectral; se llama Ramiro y aspira a ángel de la guarda. En la vigilia de sus sueños aleja al mal vestido de sombra. Quizá un día se rasure la entrepierna para ti después de leer la última página de Rayuela. Quizás lo haga en sueños, ¿te haces a la idea?

No te importan las vaginas rasuradas cuando el bombeo de la sangre se convierte en valor para luchar por alguien. Disparas al aire para ahuyentar al dolor. Eres el forajido de tu propia existencia. Cabalgas la última ola del sexo efímero. Buscas sin encontrar. Libras tu última batalla.


Reseña de La Hamburguesa Humana

Cartel promocional de la presentación de La Hamburguesa Humana que tuvo lugar en la librería Black Mask

Cartel promocional de la presentación de La Hamburguesa Humana que tuvo lugar en la librería Black Mask

 

 Después de un tiempo tengo que decir a mi favor que La Hamburguesa Humana está teniendo su pequeño rincón del éxito. En menos de cinco meses me he quedado con 7 ejemplares en casa. El resto está vendido y repartido en varias librerías del territorio. Es probable que la reedite y/o la traduzca, pero eso lo marcarán las ventas de la editorial, quien sabe. El tema está en que después de cinco presentaciones y una modesta distribución la editorial Sven Jorgensen está ganando su posición dentro de la industria editorial independiente. Poco a poco espero que vaya aposentándose, tan solo es cuestión de constancia y de editar buenos libros.

El abuelo del ojo dilatado y un servidor estamos en ello.

Pero la finalidad de esta entrada no es enjabonarme la espalda a mi mismo sino la de subir la última reseña que nos ha llegado hasta ahora. La editamos en este blog ya que su autor, el casero de La Casa Marsten, nos la dejó en la sección de comentarios de GoodReads pero quisimos darle un poco más de visibilidad.

En fin, sin más preámbulos os dejamos con las impresiones del libro firmadas por LA CASA MARSTEN. Qué aproveche.

“Me ha gustado está peculiar antología de relatos cortos, siempre de menos de 10 páginas, con un relato largo final de 100.
Y digo peculiar por dos razones.

Una, porqué Ricard Millàs ha mezclado dos géneros poco propensos a fusionarse, el Z y el erótico. Unos relatos catalogados como Spicy Pulp, el equivalente de combinar novela negra con subgénero zombi y aderezarlo todo con un creciente erotismo narrativo. Una mezcla explosiva e interesante que me gustó y divirtió mucho. Son directos y explícitos, tanto en las escenas de violencia como de sexo. Y un puro divertimento que más allá de esta primera lectura.
Y es que podría parecer que son simples relatos transgresores por el mero hecho de vender sangre, vísceras y sexo, pero esta no es la intención principal del libro. En palabras del mismo autor: “Mi intención es la de difuminar el efecto zombi sustituyéndolo por algo tan cotidiano como las relaciones humanas. Con ello no estoy quitándole importancia al género, simplemente uso los ingredientes que tengo a mi antojo.” Quiere hacernos ver que las pasiones y miserias de la Humanidad seguirán existiendo y expresándose aunque nuestra Sociedad “civilizada” sea aniquilada, en el caso particular y anecdótico del libro, por un apocalipsis zombi. Por eso, puede ser interesante leer hasta donde seríamos capaces de llegar en semejantes circunstancias, que hay de bueno o malo en contener nuestros instintos o anhelos. En definitiva, el libro creo que nos reta reflexionar sobre todo esto. Pero a la vez, la parte más divertida, morbosa, transgresora y superficial también puede y debe disfrutarse sin complejos. Ambas cosas son compatibles y no por eso una desmerece a la otra.

El uso en muchos relatos de la primera persona del singular convierte al lector en el protagonista, padeciendo en su propia piel (para bien o para mal) lo que se narra en la historia. No sé si nunca me había puesto en la piel (pútrida) de un zombi, pero ha sido divertido experimentarlo.

Un hecho que puede sorprender es el experimento que hace el autor en algunos relatos repitiendo una misma historia narrada desde diferentes puntos de vista. La misma escena pero cambiando matices. A mí este juego no me acabó de convencer por encontrarlo un poco repetitivo y sin un claro interés por mi parte. Sería el “pero” que le pondría a esta antología, la falta de más variedad en las historias, las situaciones y los escenarios dentro de la temática escogida. El énfasis a veces demasiado marcado en el cómo se narra un relato en detrimento de lo que se cuenta. Pero creo que leyéndolo con cierta mesura, no de golpe, se pueden disfrutar todos. A mí al menos así me ha funcionado.

El relato largo “Instrumental Quirúrgico” me ha gustado también y da un contrapunto adecuado a los relatos cortos, desarrollando una historia más holgadamente. El final está en la línea de los otros relatos, pero no por eso es menos bueno. A mi me gustó.

He encontrado a faltar un índice de los relatos, que al parecer por error no se incluyó en el libro.
Los relatos que más me han gustado han sido:
– Los dientes del diablo
– Nikon D50
– Suavizante para el pelo

El segundo hecho peculiar, diferencial, de este libro son los orígenes literarios del autor, los cuales parten de la poesía. Este bagaje está muy presente especialmente en los relatos cortos, donde se puede disfrutar de una rica prosa con un cuidado estilo. Me gustó. Ciertos pasajes sonaban más a poesía recitada que a prosa leída, creando un contraste original y rompedor dada la temática de los relatos.

Por todo esto, mí valoración particular es buena.
Así pues, si queréis leer algo diferente, de calidad y transgresor, intentad conseguir este libro. No os defraudará”.