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Cierro los ojos

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1972 — Original caption: Peter Cushing returns from the grave in “Tales From the Crypt,” 1972. — Image by © Bettmann/CORBIS

Siendo obvio que el género zombi está de capa caída, no entiendo la horda que corre detrás de la estela que dejo tras de mi cada vez que salgo a la calle. Sí. No hay forma de entender al mundo. Me alejé de la literatura zombi y de su escritura cuando vi que la gráfica de las ventas de libros del subgénero descendió hasta casi salirse de la misma gráfica. Olvidé a los muertos para hacerle más caso a la vida. Abandoné el afán por sentirme un autor aclamado por mis letras para ser un autor (vivo) aclamado por mi carne. Mi esencia no importaba. Mi estilo no importaba. Mis libros se apilaban en cajas que nunca serían abiertas. Ni aun cuando durante los primeros días trataba de observar el “espectáculo” a través del marco de la ventana para hallar algo de inspiración. Durante los días que siguieron a la matanza busqué un refugio en la poesía pero solo encontré palabras oscuras, pensamientos amargos; una auténtica catarsis del miedo que me invadía por dentro. Traté de buscar cobijo en el sexo, en la lectura de relatos pornográficos, en la ausencia de la televisión basura. La auténtica basura te buscaba sin descanso tras las puertas atrancadas con cualquier cosa. Mientras lloraba por dentro me acordaba de los días en los que la única horda que asolaba Barcelona era la que estaba en mi cabeza cuando escribía los relatos contenidos que se incluyen en La Hamburguesa Humana, sí, los que creé al llegar a casa después de las interminables sesiones de sexo con Teresa. En esos relatos recreaba escenas de sexo explícito mientras los muertos vivientes trataban de derrumbar las puertas de todas las casas. Imagina que sabes que vas a morir y delante de ti tienes a alguien dispuesto a morir mientras practica la magia del porno sin cámaras. Imagina que eres un actor pornográfico que se ha quedado sin audiencia. Imagina que quieres vivir tus últimos momentos con tu sexo en contacto con el de otra persona. Y así escribí un libro que trataba de gente que no quería perder el tiempo y lo terminé cuando el caos estalló en la realidad que acontecía frente de mis ojos.

Me quedé mirando embobado el televisor de la ventana. Menuda porquería de canal.

Entonces ocurrió lo inevitable; mi obra poética y mis libros comenzaron a importarme una mierda. Los apéndices de mi esencia comenzaron a pudrirse en las estanterías en cuanto comencé a correr frente a los que habían sido mis lectores y mis editores en la vida real antes de la vida real. Porque el pasado se convirtió en un dulce sueño de siesta y el presente se tornó algo salvaje y misterioso. Bajar para conseguir alimentos se convirtió en una odisea; escribí varios relatos sin necesidad de teclado. Los guardé todos en el disco duro de la memoria. No necesita dejar nada para la posteridad.

El futuro era la incertidumbre del animal que se despierta cuando oye un ruido en su cueva. El presente, una carrera de fondo en las calles de la Ciudad Condal.

Ahora, en las noches solitarias (todas), después de contar las luces que se apagan en las últimas ventanas de los edificios que siguen con vida, pienso en la literatura, en su importancia una vez el mundo se termina. Cuando estudiaba en el colegio me contaron que la literatura sirve para que la memoria de los hombres perdurara. Que los libros eran el mejor invento del mundo porque con ellos podías sentir la telepatía de los autores aunque estos estuvieran muertos. Pero ahora veo que las obras completas de Borges y los relatos de Lovecraft no importan nada. La literatura no es capaz de apaciguar el miedo que me atenaza cuando oigo a seres susurrando incoherencias detrás de mi puerta. Tengo el comedor repleto de pilas de libros que gente que ya no existe. El arte escrito ha muerto para ser sustituido por el arte de robar, de matar, de seguir con vida en un mundo que no parece el mismo que hace unos años. Las series de televisión no importan, la música solo sirve para matar a zombis, atraerlos hacia un camión que escupe Black Metal por los altavoces y dispara balas por las ventanillas abiertas. Sabes que aunque hubieras escrito una novela sobre heroínas y coches rápidos contra muertos vivientes ninguno de los trucos que practicaban sus protagonistas para seguir con vida van a ayudarte. La carne no está en venta pero sí se regala en cualquier parte. Tu carne se regala. La mía está en peligro. No puedo hacer nada ni aun teniendo un revólver cargado. Ni aun siendo hábil con una espada. Ni conduciendo como un piloto de carreras.

Soy poco hábil por naturaleza. Lo único que hago es correr. Huir. Desaparecer como el Dr. Pasavento ante su público.

Partiendo de las innumerables argucias que pasé durante los primeros meses de la hecatombe que se formó en la ciudad mediterránea, perdí la capacidad por relatar mis vivencias y pensar de nuevo en ellas para escribirlas. No. En realidad mis vivencias no importaban a nadie. Ni tan solo a mí mismo. Simplemente quería seguir viviendo para seguir siendo uno más. Destacar no era importante. Lo único perdurable era seguir corriendo. Los libros eran objetos apilados, un pasado demasiado feliz como para pensar en él como un antes; mi cielo, mi descanso cuando me llegara la muerte sería el recuerdo del pasado. Porque pude tocar el firmamento cuando firmaba ejemplares y me tocaba el sol en las firmas de libros. Conseguí realizar un sueño en vida; tocar las nubes desde el confort de mi silla giratoria, la que usaba para planchar las nalgas cuando creaba.

Hasta el día de hoy, en el que pienso con las piernas cruzadas y quemo uno de los ejemplares de Conexión ADSL para encender el fuego. Libros. Fuego. Es lo único que me queda. El arte no es importante porque si le ofreciera algo del amor resplandeciente de antaño lloraría cada noche cuando quisiera estar caliente. Quemo mis relatos como si fuera el último día. Como lo que encuentro, sin tenedores, comportándome como alguien que no sabe escribir su nombre sin cometer errores. Retrocedo por fuera pero por dentro soy consciente de quien fui. Y quemo las lágrimas con el fuego de mis relatos.

Y libro una lucha con los zombis mientras los libros me dan la vida que no tuve antes de la pandemia. Uso su luz para seguir vivo. Abro las cubiertas para arrancar páginas. Primero quemé mis libros, después seguí por los de Hemingway. Bukowski aún sigue en la estantería porque me importa tan poco que apenas pienso en el calor que podría ofrecerme.

Imagina a un escritor desnudo echándose encima de tu cuerpo para darte calor. Pues eso es lo que hago cada noche cuando regreso victorioso de robar basura en la calle para seguir contándote esto.

El calor ilumina la habitación para enseñar la tristeza que esconde en sus rincones. Me acuesto en un sofá después de comer una lata de sardinas. Bebo algo de agua amarillenta. Me pongo en la posición del feto para volver a nacer en un mundo exento de felicidad. Quiero volver a nacer. Quiero ser alguien, cualquiera, pero que no sea un escritor asustado viviendo en la miseria.

Algo explota a lo lejos y abro los ojos. El cielo me ofrece un plano astral hermoso. Pienso que la vida sigue siendo un desastre a pesar de los detalles que la acompañan. Soy un escritor sin palabras. Sin arte. Sin nada que ofrecer excepto una lata abandonada y un trago de agua amarilla.

Cierro los ojos y no me importa el arte porque no hay nadie para apreciar su belleza.


La hamburguesa en el papel

Santiago García Tirado y Ricard Millàs charlando sobre La Hamburguesa Humana en Pequod. Imagen tomada en mitad de la conversación por la groupie Teresa Ferrán Obiol.

Comencé a meterme en el mundo de la literatura cuando descubrí que la poesía no eran solamente rimas ni Quevedos ni campos de trigo dorado. Abrí un blog y comencé a ametrallar a los usuarios de las redes sociales con poemas que recordaban un poco a la diatriba de Bukowsky o Patty Smith, es decir, comencé imitando para luego establecer mi estilo. Cuando conseguí desarrollarlo escribí más de 400 poemas hasta que una editorial de Barcelona contactó conmigo para publicar un libro –La sombra del felino, Versos & Reversos, 2011-. A partir de ahí me animé a seguir tecleando hasta que el relato me dio un beso en la nuca. De todas formas escribí un segundo libro de poemas -Puñales sin dueño- paralelamente a la narrativa que iba brotando de la punta de los dedos. Escribí algunos relatos y mezclé poesía en ellos. Traté de sentirme lo más libre posible cuando me sentaba frente al ordenador y escribía. Pasé totalmente de las normas y los convencionalismos. Quise ser yo mismo. Fue a partir de entonces cuando me olvidé de mis influencias. Paralelamente trabajaba en series y películas de dibujos animados, redactaba en blogs de prensa amarilla para ganar algo de dinero y escribía para darme a conocer en medios digitales como Underbrain, Periódico Irreverentes, Tanyible, El Librepensador o Vulture entre otras . También ejercí de Community Manager e hice otros trabajos eventuales.

 

Fotografía de la escritora Rain Cross posando junto al poemario La sombra del felino.

Fotografía de la escritora Rain Cross posando junto al poemario La sombra del felino.

Mientras, seguía escribiendo. El zombi me atrajo sobremanera como vehículo para conducir mi inquietud ante la idea de la vida y la muerte. En mis textos el muerto viviente no se muestra de una forma explícita, simplemente es una escusa para mostrar las reacciones humanas ante una situación crítica. En mis anteriores poemas ya hablaba de la muerte en vida, en los relatos y novelas hago lo mismo incluyendo al monstruo del celuloide –el zombi- para causar más impacto, pero en definitiva, la esencia es la misma. En mi estilo trato de conservar un cierto perfume poético ya que la poesía puede incluirse en todo; relato, novela e incluso ensayo. Publiqué un primer libro de relatos –Conexión ADSL, Enxebre, 2013– donde traté de una forma especial el cuento de horror y también incluí algunos textos prosaicos que rozaban lo poético. Escribí sobre Marcel Proust, David Duchowny, Swarzenneger, Bukowsky o Kristen Stewart entre otros, tratando de crear ficción dentro de la realidad. De ahí que busqué lo irreal dentro de lo real. La ficción y el absurdo en lo cotidiano. Hurgué en el otro lado del espejo tratando de rizar el rizo hasta conseguir la libertad que paladea el escritor cuando consigue relatar fluidamente en la más absoluta soledad y libertad.

La fiesta de la escritura tomó forma en mí.

Seguí investigando y me aventuré a escribir novela –La carne no está en venta (no está editada)-mientras seguía con los relatos, pero esta vez adapté los personajes de la novela en situaciones distintas a esta y creé La Hamburguesa Humana, Sven Jorgensen, 2014, donde transformé a la Barcelona de la actualidad en una ciudad sumida en el más absoluto desconcierto. El barrio de Gracia, el Hospital del Mar, el Paseo de San Juan o escenarios soñados o inventados aparecen en el interior del libro. Experimenté con la mezcla de distintos géneros, haciendo un curioso coctel de horror y erotismo en algunos relatos mientras trataba la faceta romántica dentro de un contexto apocalíptico a la vez que tejía una novela corta sin planificar su estructura; jugué a la improvisación en Instrumental Quirúrgico, novela contenida en La Hamburguesa Humana.

Me considero un creativo, que le gusta romper los tópicos, los géneros, las etiquetas y que busca la complicidad de distintos elementos que a veces no tienen nada que ver unos con otros para crear belleza. Porque lo fundamental en el arte es la belleza, aunque esta se esconda dentro de lo horroroso. En mis textos mezclo la poesía y la escritura minimalista, la repetición de ideas y conceptos a modo de ritual buscando fórmulas para matizar el posible sarcasmo o dejar bien clara la crítica social que suscita el texto sin demasiado interés en pasar desapercibida.

 

Página aleatoria del libro La Hamburguesa Humana

Página aleatoria del libro La Hamburguesa Humana tomada por el Dj y organizador de performances y recitales Israel Sila.

Me interesa también la cultura del lugar que habito, por eso escribo sobre Barcelona en lo escrito hasta ahora, y sobre el Pallars en la novela que estoy terminando actualmente –Cubil de brujas-, donde me baso en lo esotérico, en la forma más que en el contenido cuando uso el lenguaje del terror y como no, en lo romántico aunque este esté rodeado de monstruos hollywoodienses. Siempre he sido un entusiasta en la negrura que algunos quieren ver en cierto tipo de escritura; lo bello está en todo. Incluso en el último estertor de muerte de un moribundo o en la sonrisa maléfica de una hechicera.

El motivo por el cual publiqué en mi propia editorial La Hamburguesa Humana es la falta de concreción estilística hecha aposta de la obra y el contenido explícito que utilizo en algunos de sus relatos. Me gusta darle riqueza al lenguaje y por eso opté por usar formas como la segunda persona del singular narrado en presente, el uso de un tono poético bastante pronunciado y algunos toques de lo que he aprendido de la escuela de Tom Spanbauer, Chuck Palahniuk, Irvine Welsh y algunos poetas como Patty Smith o Jim Morrison.  Consideré que el libro tenía que salir a la luz no sólo por el esfuerzo de haberlo escrito sino por el interés que puede suscitar la mezcla entre erotismo, terror y poesía. Sin concretarse como ningún género, sin buscar la etiqueta fácil, consideré que las doscientas sesenta páginas que lo componen debían salir de su tumba y mostrarle los dientes al lector.

aquí tenéis el resultado.


Prólogo y relato de Conexión ADSL

 

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El prólogo y relato que tienen a continuación, forma parte de la antología CONEXIÓN ADSL donde se reúnen más de veinte relatos de autor y algunos textos poéticos bajo la firma de Ricard Millàs, poeta, escritor y autor de este blog. Esta entrada es un aperitivo de lo que sería el libro, nada más lejos de la realidad. 

Qué les aproveche. 

Prólogo de Vanity Dust

 

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Cuando mi agente Karl Straüss me llamó para comentarme que me habían pedido prologar un libro me fui al primer paki que vendía rosas por la calle y le compré la cesta entera para ponérmela delante de una foto que tengo de mí mismo en mi cuarto de los trofeos. Pensé que me pagarían pasta y un par de perras, pero cuando supe de qué iba la cosa vi que poco había que sacar en ese aspecto. Entonces es cuando tuve que preguntarme cuándo trabajo gratis y en qué condiciones. Fue fácil, Ricard Millás juega en una liga que puedo entender, que me divierte y me levanta extasiado del sofá, como poseído por 5 clenchas de Speed, cuando termino uno de sus relatos. Tras el contacto con Karl, Ricard y yo nos conocimos vía Facebook, como los quinceañeros o aquellas compañeras de inglés que tenías a los 10 años y que, tras meses de darle vueltas al apellido, has logrado recordar (incluso has cambiado tu foto de perfil con una renovada esperanza, esa segunda oportunidad de la que vive Zuckerberg), y esperas ansioso la respuesta a tu estúpida petición de amistad. Nos entendimos bien. A la semana estábamos de birras haciendo el capullo por Barcelona. Por el Borne, por el Raval, pillando merca a dealers chungos y dándole a las lonchas en los portales de calle Carme. Las cosas iban bien. Lo mejor de todo es que siguen yendo bien. Porque Ricard es un obseso, un perturbado, y eso es una alabanza, claro. Le peta la cabeza cuando piensa en los colgados, aquellos tipos y mozas que han perdido por completo el rumbo de la vida, es decir, que no han tenido la suerte de conocer a Paulo Cohelo, y que todo lo que tocan se convierte en mierda. También se vuelve loco con la gente normal, con sus vidas pseudoacomodadas y absurdas. Pero sé que comparte como yo que follarse a tías normales es un deporte nacional de lo más entretenido. En definitiva, le vuelve loco casi todo lo que le rodea, y no puede evitar, en un acto de salvación suicida [sic] escribir sobre ello para tratar de ubicarse en medio del percal.

 Sería hipócrita no reconocer que mola que te paguen por hacer un prólogo de un libro de autoayuda. Eso tiene que estar muy bien, y ahí quiero que Karl Straüss se gane su puto sueldo. Eso sí, todo lo que sea hablar de Ricard, leer sus jugadas, dialogar con ellas y luego pillar ciegos y comentarlas hasta la saciedad, es también un deporte que practico con gran satisfacción. Y que dure, con ese mágico y lamentable equilibrio que mantenemos para seguir con vida en medio de todo esto.

 Vanity Dust www.vanitydust.com Barcelona, Octubre ‘12

El escritor II, relato de Ricard Millàs

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El escritor camina perdido por la calle. Sus zapatos agujereados le recuerdan su situación financiera. Nunca ha tenido los bolsillos llenos de dinero pero sí de poesía. El escritor recuerda a aquella chica bajita que estudiaba magisterio que le dijo que sus textos parecían frases inconexas sin ningún tipo de sentido, palabras vacías que trataban de estructurarse en un documento vacío.

Poesía, literatura a modo de producto concebido para ser vendido en librerías, palabras prostituidas con el liguero demasiado apretado.

El escritor simplemente se limita a caminar bajo los rayos del sol, un paso detrás de otro, dejando atrás el pasado para convertirlo en presente. Bolsillos vacíos, sonrisa canalla, tatuajes que un día fueron gloria infinita; irrumpiendo durante centésimas de segundo en la vida de todos aquellos que se cruzan en su camino.

Transeunte, tu espacio vital violentado por la aparición de un aspirante a escritor profesional.

Durante toda su vida trató de encontrar el secreto de la literatura. Las palabras se esconden incluso debajo del agua. Por eso tuvo que apuntarse a clases de natación y recorrer a diario los dos kilómetros que lo separan del mundo real para adentrarse en la densidad del lenguaje.

El escritor está considerado un iluso en lo que a su entorno social se refiere. La mayoría de la gente trata de ser más práctica y pasar desapercibida. La única impronta social que dejan se dibuja en forma de huella dactilar en el mando de una videoconsola o en el volante de un deportivo pagado a plazos.

Lo práctico se disuelve con el paso del tiempo. Lo inusual toma conciencia una vez estás muerto.

Luce el sol y las palmeras sonríen un domingo por la mañana. El escritor se encuentra perdido en mitad del asfalto. Quedarse dormido en el sofá de un conocido nunca ha sido una buena idea. Lo mejor es marcharse de una fiesta antes de que sea demasiado tarde. El escritor siempre se queda hasta el final por si puede besar a alguna borrachina. La única valentía la transmite frente al teclado. El alcohol le ayuda a dar un primer paso en el terreno afectivo.

Despertarse con los zapatos desabrochados en un sofá desvencijado, con la cabeza golpeando los tambores de guerra de la resaca, apartado del mundo, solo, sonriendo sin motivo en una habitación vacía llena de vasos vacíos y ceniceros sucios… el escritor se da cuenta una vez más que debe seguir viviendo para suplir todos los despertares solitarios sin la compañía de una amante de la poesía o una mujer de verdad con cuatro libros publicados.

Salir a la calle, mirar al sol directamente a los ojos y avanzar por el enlosado con el pecho exultante.

El escritor cae rendido en la calle, apenas ha dormido y ayer bebió más de la cuenta. Ninguna chica quiso besarle. Ellas preferían a un hombre más práctico, con una carrera universitaria productiva y un automóvil reluciente aparcado frente a la fiesta. Un vehículo veloz que las llevará bien lejos de su propia realidad. Soñar despiertas y darse cuenta de que el sueño es real. Ni tan sólo un cuento de hadas puede apaciguar la sed de emociones de una mujer joven y soñadora. Ni queriéndolo podrá escapar de su propia realidad.

Convertir tu vida en ficción es negar que tengas los bolsillos vacíos. Aunque lleves algo de poesía de subterfugio…

Arrastrándose hasta una palmera enciende un cigarrillo y mira al sol directamente a los ojos. No hay nada que hacer. Todas las miradas se posan en un cuerpo fumando  bajo el sol con los zapatos llenos de agujeros, medio tirado en el suelo, esperando la redención del hombre mediante un poco de humo ascendiendo al reino de los cielos…

La visión de unas piernas femeninas envueltas por unas sandalias de diosa griega le agudiza el ingenio y se incorpora para dirigirse a ella, con todas las armas del romanticismo cargadas a punto de disparar. Cuando ella se sitúa a su altura, de la boca sólo le sale un poco de humo. El incesante martilleo que experimenta en la cabeza  le acalla su incesante sed de flirteo circunstancial otorgándole uno de los mejores favores que le ha concedido en toda su vida.

Todo aquello que sueles decir en un día de resaca puede que sea demasiado sincero.

Aún así el escritor quiere abrir la boca y chorrear todo el amor enlatado que encerrado en su pecho pide la liberación. Las palabras se agolpan en su cerebro y explotan sin ser partícipes de sonoridad alguna, se pierden y suben como el humo que exhala tirado en el césped con los zapatos agujereados y la cabeza rota de tanto beber. Como un buda feliz de participar en la vida, aunque no sea tal y como se la esperaba.

Los episodios mentales que de vez en cuando te muestran una hipotética realidad, lo único que hacen es desprestigiar tu vida.

Se levanta del suelo y se dispone a seguir aquella divina visión, pero a los dos pasos cae al suelo y se queda sentado en el bordillo. Como un indigente observa el ir y venir de la gente. Sin saber adónde van. Sin importarle siquiera su nombre.

El escritor vuelve a mirarse a los pies y reconoce que casi está a punto de atravesar la delgada línea que existe entre un aspirante a escritor y un autentico outsider. Sin dinero, sin empleo, sin expectativas de una vida mejor se enciende el último cigarrillo que le queda y en un intento de desafiar al sol se quema las retinas.

El oficio de escritor tiene esas cosas. Fumar sentado en la calle sin nada que llevarse al estomago forma parte de la actuación. El patetismo llevado a extremos es un factor a tener en cuenta cuando uno quiere ser inmortal. La autodestrucción a modo de redención. Ya lo dijo Nietzchse en su día.

El escritor sigue sentado en el suelo bajo la mirada inquisitiva de todas las mujeres que forman parte de la rueda, que compran libros y sueñan con acostarse con un poeta durante un par de horas antes de que su marido vuelva del gimnasio. Recibe un guiño de los dioses y durante un segundo experimenta lo que los alcohólicos llaman “un momento de lucidez”. Trata de levantarse pero no tiene fuerzas para nada. Decide seguir sentado en el suelo hasta que el mundo arda en llamas.

Desatendido por las editoriales el escritor se desangra en mitad de la calle formando un charco de palabras.