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Alma humana, monstruo tentacular

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Ilustraciones de Shawn Coss

Se intuye el despertar de fuerzas olvidadas. Materias de largos brazos que tratan de estar lo más cerca posible del concepto del monstruo antes que verse reflejadas en un espejo. Quieren otorgar el beneficio del miedo en aquellos que ven; necesitan que no los vean. Requieren atenciones sin necesidad de enaltecer lo grotesco. Son concepto. Son definición. Es imposible dibujarlas.

Aun así algunos se empeñan en buscarlas en las páginas de los escritores que nunca vieron el éxito en sus vidas. En música que no enseñan en las escuelas. En películas que nadie querría ver. A veces descansan enroscados debajo de las camas o adoptan formas humanas para mezclarse y así estudiar el extremo de la estupidez. Se intuye un ente con tentáculos y mil dientes en la cárcel de la boca capaz de succionar sueños y esperanzas. Se inventan oraciones para exaltar un sentimiento adormecido.

La sombra se cierne sobre la ciudad dormida. Sabe lo que tiene que hacer; es fácil. Tan solo tiene que constituirse como lo contrario a lo establecido. Es posible que el miedo sea una ficha más en el engranaje de la humanidad, una pieza irrompible e insustituible para que el mecanismo pueda seguir funcionando; la maldad primigenia como un sistema de relojería suiza. Un mal inevitable para justificar el sentimiento que le sirve de antítesis. Así es como funciona el sistema antes de que se escribiera la palabra que lo define.

Para ello no le hace falta usar un disfraz; simplemente se involucra en una red de pensamientos que incluye desde los primeros crímenes en forma de batalla inmortal contada en las partituras sin música de Gilgamesh, hasta el hedor de las pilas de cadáveres en las fosas de Austwitch. Y lo hace cada cierto tiempo, justo en el momento en el que las personas buscan el salvavidas invisible que presuponen que los va a mantener a flote para ofrecerles plástico deshinchado.

Y de ahí que el concepto de monstruo se entienda como zombi patoso, vampiro antiguo o lobo desdibujado, cuando en realidad su propia definición acobardaría al general más valiente, al felino más audaz, incluso al hombre que –desprovisto de poderes especiales- se busca a sí mismo en las situaciones efímeras de peligro urbano.

Se cierra la luz de los dormitorios para despertar la actividad cerebral que esboza monstruosidades en múltiples formas y tamaños, texturas y diseños imposibles, bocas y ojos esbozados a mano alzada por un demonio aburrido. Se cierra el vórtice espacio-temporal que comprende la lógica humana para desplazar al alma a un viaje hipnótico, imposible, inaudito. Se aniquila el concepto de compresión para dejar paso a la no-cordura, a una vida que simplemente nadie puede ver; solo aquel que la sueña deja paso al héroe, al fracasado, al monstruo que ve como se hunde en un volcán de lava apagada.

La leyenda vive en un frasco de formol, puesto que nunca envejece. El mito se oculta a pesar de que no le importa ser visto por miles de ojos que lo visualizan de un modo particular; no existen dos monstruos iguales cuando son dos las cabezas las que los piensan. La carencia de estímulos influirá directamente en la calidad del dibujo. El hombre solo es capaz de quedarse con la esencia a pesar del aluvión de imágenes, música, estímulos, letras, películas o elementos que puedan ayudarle a vislumbrar una imagen concreta. Nadie es capaz de acordarse a la perfección de cualquier incentivo que pueda influir en la construcción de su monstruo particular. Son solo formas imprecisas, recuerdos u olores que configuran retazos de lo se quiso imaginar, pensar o incluso analizar de un modo más detallado en cualquier mente.

Se intuye el despertar de fuerzas olvidadas cuando el diablo que se enrosca en la cabeza busca su propio regocijo en el sufrimiento ajeno. Monstruos tentaculares con dientes afilados e intenciones perversas bailando en las cárceles de todos aquellos que duermen pensando que la tranquilidad se puede conseguir en el bienestar, en la comodidad de un hogar, en la suave y limpia condición de hombre civilizado. Dicen aquellos que más sufren que se puede huir a lugares invisibles cuando el engendro golpea con demasiado ímpetu. Otros creen que la enfermedad es demasiado pequeña y puede combatirse con esfuerzo. Los héroes de salón hablan de lo que no conocen; un monstruo escondido en un cerebro puede ser visto en un microscopio pero poseer tanto poder que el alma humana lo tema. La psicopatía es ridículamente pequeña pero enormemente peligrosa.

El monstruo moderno en realidad es una enfermedad que nadie parece ver.


Instinto

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Se acerca demasiado al peligro. No es la primera vez que se lo dicen. Pero a él no le importa demasiado perder un brazo o ser atropellado por el tumulto que produce el vehículo moderno. No le interesa la vida puesto que la muerte le parece atractiva desde un ángulo de profundo pesimismo. Utiliza su vida para poder enfocar el deseo de dejar de existir desde prismas distintos. Utiliza su vida para enroscarse dentro de un deseo cumplido y así justificar sus ganas de abandonar la luz que prologa a la oscuridad eterna. Se viste con las llamas del deseo, aquellas que solo pueden quemarle la piel estando vivo. Aquellas que producen un pequeño destello en sus ojos cuando el calor se pone en contacto con la leche del reverso de su mano. Una vela señalando al cielo. Un dedo hurgando en la idea de aterrizar en el infierno cuando el prólogo de la vida sea leído.

Se establecen paralelismos entre el deseo de morir y las pocas ganas de vivir.

Aun así sus sentidos le ayudan a ahondar en sus pesquisas; ritos que solo se celebran en la mazmorra de su mente. Palabras que nunca serán pronunciadas por brujo alguno, hechicera sexual, niña poseída por demonio con nombre de grupo metalero. El mundo se convierte en un escenario donde poder realizar macabros rituales invisibles a los ojos de aquellos que se cruzan en su vida. En su no-vida. En su deseo porque el tecleo del prólogo cese y la muerte se vislumbre subiendo por una cuesta de suelo adoquinado.

Se adivina a sí mismo tirándose a la vía del tren mientras lo balean por la espalda.

En sus sueños siempre aparecen animales; lagartos, serpientes, gatos, ranas y pájaros negros. En sus sueños la noche es como el sol que da vida para después producir un melanoma; cáncer en cápsulas de placer momentáneo. La piel es un mapa de atrocidades naturales donde no hay lugar para el drama. La muerte no espera música solemne ni cánticos ancestrales; el silencio previo al último estertor debería ser la única sinfonía para cuarteto de desgracia y suerte invertida.

Se adivina a sí mismo siendo acuchillado por la brutalidad de los acordes de cuatro jóvenes destruidos por la brutalidad de la música oscura.

Metalheads buscándose en la eterna juventud. Pájaros aparecidos en sueños arrancándole el único por el que puede ver un futuro inventado. Es probable que muera de viejo. Es probable que muera de joven. Es inequívocamente remoto el destino de aquel que muere día a día mientras se prepara para recibir a la dama de negro. Se la imagina desnuda. Se la imagina vestida. Se la imagina dictándole palabras y poesía que nunca nadie comprará. En su ímpetu por llegar antes a la meta de la vida se sumerge en el mar cuando la luna lo ve alegre por primera vez; alegre porque la vida acecha en la profundidad del agua; vida que quizá lo convierta en muerte.

Tiburones, peces martillo, orcas, animales acuáticos enfadados porque sí.

No existe animal fiero sino hombre desarmado. No existe la vida cuando espera a la muerte mientras el oleaje le cubre hasta los hombros. No importa nada excepto el agua fría montándoselo con su piel. Necesita ser violado por el agua. Necesita una bala perdida ante el posible fallo del asesino líquido. Una ola lo desplaza un par de metros para arrastrarlo mar adentro. Se deja llevar por la corriente. Es emocionante. Le gustaría ver llegar a la muerte con un biquini negro y una sonrisa blanqueada por la química legal. Sonríe cuando su cuerpo se coloca en línea ante la corriente que lo arrastra a los confines de un imperio profundo. Un imperio silencioso. Un imperio sin héroes ni villanos. La maldad es el silencio que precede a la vileza de los actos.

Delfines zombi, acantilados que sonríen mientras el agua entra por la boca, una estrella fugaz.

No existe animal furioso sino hombre suicida; la enorme mandíbula se cierra en torno a su brazo izquierdo. La sangre es invisible cuando la noche hace demasiado tiempo que se ha cerrado. Hablamos de horas. El tiburón ni sonríe ni llora; simplemente cumple con sus instintos. Su panza blanca pertenece a la del tiburón blanco. Es una hembra. Mastica dos veces la carne sanguinolenta para luego escupirla.

Su aleta desaparece en la inmensidad del palacio negro. Estrellado. Exento de compasión.

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Su cuerpo sigue flotando en la dirección a la que le lleva la corriente. No tiene miedo; simplemente nota el brazo que le falta. El sabor de los humanos no es muy agradable para los tiburones. Mala suerte. En otra vida quizá le toque ser un pez sabroso. Un invertebrado sin razones para pensar; la única vida es buscar el modo para conservarla. La sangre atrae a otros animales. Nota la viscosidad de sus pieles rozando la suya. Hace el amor con los seres de las profundidades que, en un alarde de caballerosidad, han emergido para saludarle. Para oler su sangre. Para observar la ridiculez del acto suicida.

Le extraña no haber sufrido un ataque al corazón. Un desmayo. Una pérdida de la realidad. Aun así trata de disfrutar del sueño que tantas veces se le ha aparecido en forma de animal.  Si en tus sueños aparecen lagartos es que un enemigo poderoso tratará de atacarte. Si en tus sueños aparecen perros es que alguien que consideras cercano buscará traicionarte. Si en tus sueños aparecen serpientes es que el diablo ronda cerca de ti. Las presencias viscosas pasan tan cerca de su cuerpo que no puede evitar reír como el estruendo que provocan dos trenes al chocar; en realidad está asustado.

En realidad considera que nunca se está preparado para la muerte aunque esta forme parte del proceso. Nunca se puede aceptar aquello que nos niega a todo lo que hemos sido. La oscuridad que lo rodea quizá sea el último capítulo de su vida. Busca en su cabeza algo con lo que distraerse cuando el corazón se le acelera tanto que la sangre que escupe su brazo tiñe el agua a demasiada velocidad. Algo grande y negro le estira una pierna y lo hunde. Algo grande y negro hace crujir el hueso del tobillo derecho para empujarlo en dirección al infierno. Tan solo necesitaba imágenes poéticas mientras se desangraba en la corriente. Tan solo quería algo de épica mientras su vida se cerraba el sostén.

El agua entra en sus pulmones y la poesía se torna invisible. Bella. Exenta de palabras.

Los monstruos de las profundidades nadan en dirección a la corriente. Esperan encontrar más hombres deseosos por toparse de morros con la muerte. La que nunca espera a nadie. La que trata de complacer a quienes se enamoran de ella.

Instinto. Mandíbulas cerrándose alrededor de la piel tirante. El festín es un concierto repleto de manos simulando los cuernos de la antítesis de Dios.


Síntomas de realidad

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El relato dignifica el alma y te pone en su lugar. Cuando cierras la luz después de teclear el punto final algo empieza a correr por tus venas. Es la auténtica liberación del espíritu. El diablo que siempre ha estado ahí pero que ahora puedes oír. Cierras los ojos. Ahuyentas la voz trémula que a veces te dice que no puedes seguir. Que debes poner el intermitente, estacionar en el andén y apagar el motor. Normalmente ocurre cuando llevas tiempo dándole a la máquina de las mentiras pero el reconocimiento sigue aletargado. ¿Quién dice que algún día va a despertar cual Nosferatu en un velero con destino a Londres? No, hay que seguir manteniendo el espíritu libre y los dedos ágiles para seguir aporreando a la realidad con tus mentiras, ilusiones y orgasmos mentales. La palabra es un acto de liturgia cuando la pones en movimiento. Escenificas ideas hasta que estas se tornan una variante de piscina vacía donde deslizarte con tu patín hasta quedar agotado frente a la pantalla. Hubo un tiempo en el que consideraste a los escritores como algo sagrado para descubrir al poco tiempo, que eran gente como tú. Algunos necesitaban protagonismo, otros simplemente trataban de mejorar.

El afán de protagonismo llena un par de minutos de tu vida como artista efímero.

Y digo efímero porque en la actualidad todos necesitamos ser especiales. La fijación por nosotros mismos nos la regaló el cerebrito de Facebook. Fotos de pies. De comida. De rollos que hemos conocido en antros con poca luz y el suelo pegajoso. La vida transcurre mientras la Tierra sigue dando vueltas, engañándonos a todos con su baile de música para ascensores. Piensas en todo ello ahora que no sirve para nada. Ahora que los fantasmas del mundo actual se han convertido en despojos unánimes a un grito silencioso: el grito del hambre eterna. El hambre por protagonizar, por morder el anzuelo de la vida exitosa. ¿Te acuerdas cuando comenzaste a fantasear con la escritura? ¿Te acuerdas cuando tenías que imprimir tus relatos y salir a la calle infestada de anónimos?

Sí, lo recuerdas todo como si fueras un secundario de Z-Nation, solo que los zombis eran el depredador humano, enarbolando una sonrisa de dientes afilados. La primera mordida fue en una entrevista de trabajo, cuando alegaste que escribir era tu pasión y que habías adquirido las 400 pulsaciones escribiendo relatos de zombis. La pregunta de la entrevistadora te desgarró las entrañas, solo que no te diste cuenta. “¿Así que has adquirido rapidez haciendo ESO?” La carne quedó rígida para pasar a infectar los órganos principales de tu deteriorada salud mental; ilusión, esperanza, ganas de moverse por cuenta propia. Todo terminó por derrumbarse. Luego la infección pasó a tu sistema nervioso; el sudor corría por tu cara igual que la sangre de los corderos que habitaban la Biblia. Tu cerebro abandonó toda esperanza de encontrar un segundo empleo. El primero no daba mucho para vivir. El segundo tendría que ser un motor de 1200 caballos. La bestia. Saliste a la calle aturdido, mareado, la mordida te dejó la camisa desgarrada.

Solo podías ver la herida reflejada en los escaparates.

La gente seguía con sus vidas: caminaban, apenas te vieron, si hubieras caído al suelo nadie hubiera hecho nada. Normal. Tú también lo haces. La gente cae continuamente al suelo de sus vidas y nadie hace nada para levantarlas. Hay que tropezar, te dicen, así podrás volver a levantarte aunque tengas las rodillas en carne viva.

Meses más tarde la epidemia del dolor personal llegó a través de las ventas de tus libros; no vendías lo que tu yo del pasado había imaginado. Imaginar es para niños grandes y para muertos vivientes de su propio ego. En realidad no nos hace falta carne mientras tengamos la nuestra. Nos alimentamos de los comentarios que van dirigidos a nosotros. EGO. Una pieza difícil de colocar en el castillo de nuestra mente. Los libros se distribuían pero tenían pocos compradores. Nadie dijo que fuera fácil y menos cuando tu nombre no salía en las marquesinas de las paradas de autobús.

¡Serás soñador! ¡Serás niño!

 Te diste cuenta de que lo había que alimentar era al vampiro que se nutría de halagos, de palmadas en la espalda, de momentos felices…

Pero nunca de dinero.

Pensaste que hacer algo de provecho económico dejando el arte aparte sería lo más justificable. Así que buscaste trabajo y enterraste al escritor. Mentiste cuando dijiste que tu mayor afición era la poesía recitada en la mente mientras nadabas. Seguías escribiendo en secreto. Tecleando mentiras que sonaban a verdad. Esculpiendo mundos invisibles que necesitaban de las palabras para ser descubiertos. Hasta que al fin firmaste un papel que te retuvo en una empresa durante varios meses.

Conociste a gente y fumaste en las horas libres. Llegaste a tener una amiga con la que contarle tus intimidades e incluso, confiarle quien eras en realidad. Peter Parker no es Spiderman, es un fotógrafo mal pagado. La realidad siempre es más impactante que la ficción. Eras el hombre araña en la intimidad mientras te mostrabas ante el mundo como uno más. Un zombi con hambre de red digital y consumo efímero.

Aun así seguiste tecleando para esculpir tu estilo. Conseguiste algunos logros personales y los celebraste a solas. ¿Realmente necesitas a alguien cuando tu oficio es el de estar solo? Hay que saber estar a gusto con uno mismo cuando el espíritu es un soldado independiente. Cumplir objetivos no tiene nada que ver con el éxito social. Los logros se diluyen en poco tiempo a ojos de otros. Decidiste seguir viviendo, seguir tecleando y peleando por ti. Nada de fotografías con grandes autores. Nada de elogios por parte de nadie.

Solo quieres oír la voz del diablo que corre por tus venas cuando cierras la luz después de inventarte otras vidas.


Cierro los ojos

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1972 — Original caption: Peter Cushing returns from the grave in “Tales From the Crypt,” 1972. — Image by © Bettmann/CORBIS

Siendo obvio que el género zombi está de capa caída, no entiendo la horda que corre detrás de la estela que dejo tras de mi cada vez que salgo a la calle. Sí. No hay forma de entender al mundo. Me alejé de la literatura zombi y de su escritura cuando vi que la gráfica de las ventas de libros del subgénero descendió hasta casi salirse de la misma gráfica. Olvidé a los muertos para hacerle más caso a la vida. Abandoné el afán por sentirme un autor aclamado por mis letras para ser un autor (vivo) aclamado por mi carne. Mi esencia no importaba. Mi estilo no importaba. Mis libros se apilaban en cajas que nunca serían abiertas. Ni aun cuando durante los primeros días trataba de observar el “espectáculo” a través del marco de la ventana para hallar algo de inspiración. Durante los días que siguieron a la matanza busqué un refugio en la poesía pero solo encontré palabras oscuras, pensamientos amargos; una auténtica catarsis del miedo que me invadía por dentro. Traté de buscar cobijo en el sexo, en la lectura de relatos pornográficos, en la ausencia de la televisión basura. La auténtica basura te buscaba sin descanso tras las puertas atrancadas con cualquier cosa. Mientras lloraba por dentro me acordaba de los días en los que la única horda que asolaba Barcelona era la que estaba en mi cabeza cuando escribía los relatos contenidos que se incluyen en La Hamburguesa Humana, sí, los que creé al llegar a casa después de las interminables sesiones de sexo con Teresa. En esos relatos recreaba escenas de sexo explícito mientras los muertos vivientes trataban de derrumbar las puertas de todas las casas. Imagina que sabes que vas a morir y delante de ti tienes a alguien dispuesto a morir mientras practica la magia del porno sin cámaras. Imagina que eres un actor pornográfico que se ha quedado sin audiencia. Imagina que quieres vivir tus últimos momentos con tu sexo en contacto con el de otra persona. Y así escribí un libro que trataba de gente que no quería perder el tiempo y lo terminé cuando el caos estalló en la realidad que acontecía frente de mis ojos.

Me quedé mirando embobado el televisor de la ventana. Menuda porquería de canal.

Entonces ocurrió lo inevitable; mi obra poética y mis libros comenzaron a importarme una mierda. Los apéndices de mi esencia comenzaron a pudrirse en las estanterías en cuanto comencé a correr frente a los que habían sido mis lectores y mis editores en la vida real antes de la vida real. Porque el pasado se convirtió en un dulce sueño de siesta y el presente se tornó algo salvaje y misterioso. Bajar para conseguir alimentos se convirtió en una odisea; escribí varios relatos sin necesidad de teclado. Los guardé todos en el disco duro de la memoria. No necesita dejar nada para la posteridad.

El futuro era la incertidumbre del animal que se despierta cuando oye un ruido en su cueva. El presente, una carrera de fondo en las calles de la Ciudad Condal.

Ahora, en las noches solitarias (todas), después de contar las luces que se apagan en las últimas ventanas de los edificios que siguen con vida, pienso en la literatura, en su importancia una vez el mundo se termina. Cuando estudiaba en el colegio me contaron que la literatura sirve para que la memoria de los hombres perdurara. Que los libros eran el mejor invento del mundo porque con ellos podías sentir la telepatía de los autores aunque estos estuvieran muertos. Pero ahora veo que las obras completas de Borges y los relatos de Lovecraft no importan nada. La literatura no es capaz de apaciguar el miedo que me atenaza cuando oigo a seres susurrando incoherencias detrás de mi puerta. Tengo el comedor repleto de pilas de libros que gente que ya no existe. El arte escrito ha muerto para ser sustituido por el arte de robar, de matar, de seguir con vida en un mundo que no parece el mismo que hace unos años. Las series de televisión no importan, la música solo sirve para matar a zombis, atraerlos hacia un camión que escupe Black Metal por los altavoces y dispara balas por las ventanillas abiertas. Sabes que aunque hubieras escrito una novela sobre heroínas y coches rápidos contra muertos vivientes ninguno de los trucos que practicaban sus protagonistas para seguir con vida van a ayudarte. La carne no está en venta pero sí se regala en cualquier parte. Tu carne se regala. La mía está en peligro. No puedo hacer nada ni aun teniendo un revólver cargado. Ni aun siendo hábil con una espada. Ni conduciendo como un piloto de carreras.

Soy poco hábil por naturaleza. Lo único que hago es correr. Huir. Desaparecer como el Dr. Pasavento ante su público.

Partiendo de las innumerables argucias que pasé durante los primeros meses de la hecatombe que se formó en la ciudad mediterránea, perdí la capacidad por relatar mis vivencias y pensar de nuevo en ellas para escribirlas. No. En realidad mis vivencias no importaban a nadie. Ni tan solo a mí mismo. Simplemente quería seguir viviendo para seguir siendo uno más. Destacar no era importante. Lo único perdurable era seguir corriendo. Los libros eran objetos apilados, un pasado demasiado feliz como para pensar en él como un antes; mi cielo, mi descanso cuando me llegara la muerte sería el recuerdo del pasado. Porque pude tocar el firmamento cuando firmaba ejemplares y me tocaba el sol en las firmas de libros. Conseguí realizar un sueño en vida; tocar las nubes desde el confort de mi silla giratoria, la que usaba para planchar las nalgas cuando creaba.

Hasta el día de hoy, en el que pienso con las piernas cruzadas y quemo uno de los ejemplares de Conexión ADSL para encender el fuego. Libros. Fuego. Es lo único que me queda. El arte no es importante porque si le ofreciera algo del amor resplandeciente de antaño lloraría cada noche cuando quisiera estar caliente. Quemo mis relatos como si fuera el último día. Como lo que encuentro, sin tenedores, comportándome como alguien que no sabe escribir su nombre sin cometer errores. Retrocedo por fuera pero por dentro soy consciente de quien fui. Y quemo las lágrimas con el fuego de mis relatos.

Y libro una lucha con los zombis mientras los libros me dan la vida que no tuve antes de la pandemia. Uso su luz para seguir vivo. Abro las cubiertas para arrancar páginas. Primero quemé mis libros, después seguí por los de Hemingway. Bukowski aún sigue en la estantería porque me importa tan poco que apenas pienso en el calor que podría ofrecerme.

Imagina a un escritor desnudo echándose encima de tu cuerpo para darte calor. Pues eso es lo que hago cada noche cuando regreso victorioso de robar basura en la calle para seguir contándote esto.

El calor ilumina la habitación para enseñar la tristeza que esconde en sus rincones. Me acuesto en un sofá después de comer una lata de sardinas. Bebo algo de agua amarillenta. Me pongo en la posición del feto para volver a nacer en un mundo exento de felicidad. Quiero volver a nacer. Quiero ser alguien, cualquiera, pero que no sea un escritor asustado viviendo en la miseria.

Algo explota a lo lejos y abro los ojos. El cielo me ofrece un plano astral hermoso. Pienso que la vida sigue siendo un desastre a pesar de los detalles que la acompañan. Soy un escritor sin palabras. Sin arte. Sin nada que ofrecer excepto una lata abandonada y un trago de agua amarilla.

Cierro los ojos y no me importa el arte porque no hay nadie para apreciar su belleza.


Cruces invertidas. Ángeles sin rostro.

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La sombra se cierne sobre la ciudad. En el balcón disfrutas de la vista; una capa de color negro viste al gigante de cemento para acallar los miles de voces que creen en la esperanza. La esperanza de seguir riendo, cantando, volando a través de los cielos de sus sueños. Una capa que convierte los rayos del sol en lenguas de fuego que cuecen los capós de los automóviles, las armaduras del caballero moderno. En un pedestal improvisado el hombre de cejas gruesas y mirada apagada deslumbra a su séquito subido encima de su palabrería; la gente lo escucha porque la televisión e Internet han desaparecido. La gente lo escucha como si fuera un programa de radio. Un show televisivo con escotes generosos y americanas blancas con rosas rojas. Gotas de sangre en sábanas para futuros adictos a las palabras que se pierden en las esquinas abandonadas; el color que tiñe de infortunio el último bastión de la esperanza humana.

Sus manos son delgadas y sus dedos parecen disparar amenazas. Sus ojos inyectan desolación mientras su pelo trata de escapar de su cabeza. Se llama Dragón y no desea recordar su nombre. Se llama Dragón y lo puedes encontrar esgrimiendo argumentos nefastos en lo alto de los últimos estandartes de la antigua civilización.

El mantra del desafortunado anuncia el apagón del reino de Occidente.

El canto del moribundo de espíritu se alza como héroe para clamar el llanto que en realidad es cascada de sangre y músculo sin hueso.

En su actitud de líder anárquico, busca la aceptación de la muchedumbre buscando en el laberinto de las palabras, conceptos que el tumulto de cabezas que enfocan su visión en aquel que trata de arrancarle la ropa a la mentira, gritando cuando hace falta, bailando sin música para expresar su contento ante la barbarie, escupiendo para aquellos que necesitan mojarse con agua de lluvia; es lo único que puede hacer.

Cuando los líderes se escabullen, el oportunista aprovecha para mostrarse como un rey sin cetro y con el fuego de su pecho incendia el discurso mediante la burla de lo establecido; se cae en el abismo de la música que lo acunó cuando era un niño. Y como si las normas y el protocolo fueran libros para querubines sin alas blancas destruye todo lo que diferencia al ser humano de un animal doméstico.

Y la fiesta del sexo gratuito y los disparos a bocajarro se celebran en mitad de la calle, cuando el sol está lo suficientemente alto como para verlo todo con nitidez. Una mujer cae al suelo cuando el brazo del líder se levanta para golpearla. Abrir su camisa. Mostrarle al dios anárquico quien va a ser su próximo dueño. Y los golpes tienen lugar bajo la inclemencia del calor solar y la violación es un gato demasiado orgulloso con su dueño.

Cae el primer cuerpo en la dureza de la realidad.

Sangre salpicada en las calles de la poesía sucia.

La violencia nace donde antes los vehículos contenían el bagaje de la frustración; cientos de hombres gritaban frente al volante, escondiendo a un monstruo real que cortaba la carne desde dentro. En realidad se convierte en un lugar más sincero, una gruta por la descienden aquellos que siempre han sospechado de la evolución del hombre como hombre en su vertiente más constructiva. Y el sol queda tapado de nuevo por la sombra del infortunio cuando los hombres se rebelan contra sí mismos; pierden el respeto por sus congéneres, quebrantan las normas como si el desorden fuera la única respuesta cuando lo único que aliviaba la sed de justicia son las palabras sin fundamento. Los conceptos sin base. La teoría desprovista de práctica real. Y el mundo se oscurece un poco más ante los últimos resquicios de la civilización. El tiempo se altera; el pasado por fin tiene una oportunidad de tener un porvenir. El presente es una bola de imposibles cayendo por la ladera de las montañas de la demencia. Del futuro hablan aquellos que estuvieron en el lugar exacto y en el momento oportuno.

Y el tiempo parece ser devorado por un monstruo de ojos secos, de palabras vacías, de esperanzas extinguidas.

En la calle los golpes y los gritos son el nuevo ruido de la existencia. Ya no hay ruidos de motores, ni gente exigiendo dignidad, ni carteles que anuncian aquello que quizá no querríamos. Solo existe la rabia por lo que se ha perdido; la frustración de no conseguir objetivos. Y se recurre a la violencia, al sexo gratuito, al deshonor como emblema contra las leyes que nunca acabaron de solidificarse.

El líder golpea la cabeza de su cuarta víctima. La sangre le cubre el rostro como si fuera una única pintura de guerra. Una máscara que esconde la vergüenza que algún día creyó poseer. Lo intuyes porque de vez en cuando sus ojos se posan en los tuyos. Y descubres que esconde algo de vergüenza.

Un líder al que le importa lo que los demás piensan.

Y sus fuerzas incrementan la violencia; tratan de terminar el relato para poner fin a lo que estás obligado a presenciar. Lo haces porque Internet ha desaparecido. Y la música pagana y los gritos de placer de tus amores perdidos. Quisieras poder tocar de nuevo un par de pechos saltando ante tus ojos lascivos. Quisieras poder hablar de poesía a los cuerpos desnudos que has corrompido.

Cruces invertidas. Ángeles sin rostro.

En la memoria de los tiempos un hombre observa la actitud del ser supuestamente civilizado ante la ausencia de orden.

Y su rostro se cubre de vergüenza.

Porque el mundo podría ser algo mejor de lo que es. El hombre quizá sería mejor si no fuera. Las actitudes humanas también comprenden la violencia; es lo que nos hace ser animales. Y de ahí la superposición de la maldad ante la benevolencia. El peso inclinándose injustamente hacia el lado no deseado.

El alboroto da fe de las palabras que anuncia el infortunio.

Desde tu posición cierras los ojos para no seguir siendo partícipe de la corrupción de los valores conseguidos. No te interesa volver a la barbarie. En tu cubículo cierras la puerta a cal y canto y te sumerges en un libro que alguien dejó teñir sus páginas de amarillo. Ignorante, te muestras como un niño que se niega a aceptar la realidad mientras se deja acariciar por la brisa de las páginas del libro.

El cuento no termina porque en realidad, nunca ha empezado.


Reseña de La Hamburguesa Humana

Cartel promocional de la presentación de La Hamburguesa Humana que tuvo lugar en la librería Black Mask

Cartel promocional de la presentación de La Hamburguesa Humana que tuvo lugar en la librería Black Mask

 

 Después de un tiempo tengo que decir a mi favor que La Hamburguesa Humana está teniendo su pequeño rincón del éxito. En menos de cinco meses me he quedado con 7 ejemplares en casa. El resto está vendido y repartido en varias librerías del territorio. Es probable que la reedite y/o la traduzca, pero eso lo marcarán las ventas de la editorial, quien sabe. El tema está en que después de cinco presentaciones y una modesta distribución la editorial Sven Jorgensen está ganando su posición dentro de la industria editorial independiente. Poco a poco espero que vaya aposentándose, tan solo es cuestión de constancia y de editar buenos libros.

El abuelo del ojo dilatado y un servidor estamos en ello.

Pero la finalidad de esta entrada no es enjabonarme la espalda a mi mismo sino la de subir la última reseña que nos ha llegado hasta ahora. La editamos en este blog ya que su autor, el casero de La Casa Marsten, nos la dejó en la sección de comentarios de GoodReads pero quisimos darle un poco más de visibilidad.

En fin, sin más preámbulos os dejamos con las impresiones del libro firmadas por LA CASA MARSTEN. Qué aproveche.

“Me ha gustado está peculiar antología de relatos cortos, siempre de menos de 10 páginas, con un relato largo final de 100.
Y digo peculiar por dos razones.

Una, porqué Ricard Millàs ha mezclado dos géneros poco propensos a fusionarse, el Z y el erótico. Unos relatos catalogados como Spicy Pulp, el equivalente de combinar novela negra con subgénero zombi y aderezarlo todo con un creciente erotismo narrativo. Una mezcla explosiva e interesante que me gustó y divirtió mucho. Son directos y explícitos, tanto en las escenas de violencia como de sexo. Y un puro divertimento que más allá de esta primera lectura.
Y es que podría parecer que son simples relatos transgresores por el mero hecho de vender sangre, vísceras y sexo, pero esta no es la intención principal del libro. En palabras del mismo autor: “Mi intención es la de difuminar el efecto zombi sustituyéndolo por algo tan cotidiano como las relaciones humanas. Con ello no estoy quitándole importancia al género, simplemente uso los ingredientes que tengo a mi antojo.” Quiere hacernos ver que las pasiones y miserias de la Humanidad seguirán existiendo y expresándose aunque nuestra Sociedad “civilizada” sea aniquilada, en el caso particular y anecdótico del libro, por un apocalipsis zombi. Por eso, puede ser interesante leer hasta donde seríamos capaces de llegar en semejantes circunstancias, que hay de bueno o malo en contener nuestros instintos o anhelos. En definitiva, el libro creo que nos reta reflexionar sobre todo esto. Pero a la vez, la parte más divertida, morbosa, transgresora y superficial también puede y debe disfrutarse sin complejos. Ambas cosas son compatibles y no por eso una desmerece a la otra.

El uso en muchos relatos de la primera persona del singular convierte al lector en el protagonista, padeciendo en su propia piel (para bien o para mal) lo que se narra en la historia. No sé si nunca me había puesto en la piel (pútrida) de un zombi, pero ha sido divertido experimentarlo.

Un hecho que puede sorprender es el experimento que hace el autor en algunos relatos repitiendo una misma historia narrada desde diferentes puntos de vista. La misma escena pero cambiando matices. A mí este juego no me acabó de convencer por encontrarlo un poco repetitivo y sin un claro interés por mi parte. Sería el “pero” que le pondría a esta antología, la falta de más variedad en las historias, las situaciones y los escenarios dentro de la temática escogida. El énfasis a veces demasiado marcado en el cómo se narra un relato en detrimento de lo que se cuenta. Pero creo que leyéndolo con cierta mesura, no de golpe, se pueden disfrutar todos. A mí al menos así me ha funcionado.

El relato largo “Instrumental Quirúrgico” me ha gustado también y da un contrapunto adecuado a los relatos cortos, desarrollando una historia más holgadamente. El final está en la línea de los otros relatos, pero no por eso es menos bueno. A mi me gustó.

He encontrado a faltar un índice de los relatos, que al parecer por error no se incluyó en el libro.
Los relatos que más me han gustado han sido:
– Los dientes del diablo
– Nikon D50
– Suavizante para el pelo

El segundo hecho peculiar, diferencial, de este libro son los orígenes literarios del autor, los cuales parten de la poesía. Este bagaje está muy presente especialmente en los relatos cortos, donde se puede disfrutar de una rica prosa con un cuidado estilo. Me gustó. Ciertos pasajes sonaban más a poesía recitada que a prosa leída, creando un contraste original y rompedor dada la temática de los relatos.

Por todo esto, mí valoración particular es buena.
Así pues, si queréis leer algo diferente, de calidad y transgresor, intentad conseguir este libro. No os defraudará”.


La hamburguesa en el papel

Santiago García Tirado y Ricard Millàs charlando sobre La Hamburguesa Humana en Pequod. Imagen tomada en mitad de la conversación por la groupie Teresa Ferrán Obiol.

Comencé a meterme en el mundo de la literatura cuando descubrí que la poesía no eran solamente rimas ni Quevedos ni campos de trigo dorado. Abrí un blog y comencé a ametrallar a los usuarios de las redes sociales con poemas que recordaban un poco a la diatriba de Bukowsky o Patty Smith, es decir, comencé imitando para luego establecer mi estilo. Cuando conseguí desarrollarlo escribí más de 400 poemas hasta que una editorial de Barcelona contactó conmigo para publicar un libro –La sombra del felino, Versos & Reversos, 2011-. A partir de ahí me animé a seguir tecleando hasta que el relato me dio un beso en la nuca. De todas formas escribí un segundo libro de poemas -Puñales sin dueño- paralelamente a la narrativa que iba brotando de la punta de los dedos. Escribí algunos relatos y mezclé poesía en ellos. Traté de sentirme lo más libre posible cuando me sentaba frente al ordenador y escribía. Pasé totalmente de las normas y los convencionalismos. Quise ser yo mismo. Fue a partir de entonces cuando me olvidé de mis influencias. Paralelamente trabajaba en series y películas de dibujos animados, redactaba en blogs de prensa amarilla para ganar algo de dinero y escribía para darme a conocer en medios digitales como Underbrain, Periódico Irreverentes, Tanyible, El Librepensador o Vulture entre otras . También ejercí de Community Manager e hice otros trabajos eventuales.

 

Fotografía de la escritora Rain Cross posando junto al poemario La sombra del felino.

Fotografía de la escritora Rain Cross posando junto al poemario La sombra del felino.

Mientras, seguía escribiendo. El zombi me atrajo sobremanera como vehículo para conducir mi inquietud ante la idea de la vida y la muerte. En mis textos el muerto viviente no se muestra de una forma explícita, simplemente es una escusa para mostrar las reacciones humanas ante una situación crítica. En mis anteriores poemas ya hablaba de la muerte en vida, en los relatos y novelas hago lo mismo incluyendo al monstruo del celuloide –el zombi- para causar más impacto, pero en definitiva, la esencia es la misma. En mi estilo trato de conservar un cierto perfume poético ya que la poesía puede incluirse en todo; relato, novela e incluso ensayo. Publiqué un primer libro de relatos –Conexión ADSL, Enxebre, 2013– donde traté de una forma especial el cuento de horror y también incluí algunos textos prosaicos que rozaban lo poético. Escribí sobre Marcel Proust, David Duchowny, Swarzenneger, Bukowsky o Kristen Stewart entre otros, tratando de crear ficción dentro de la realidad. De ahí que busqué lo irreal dentro de lo real. La ficción y el absurdo en lo cotidiano. Hurgué en el otro lado del espejo tratando de rizar el rizo hasta conseguir la libertad que paladea el escritor cuando consigue relatar fluidamente en la más absoluta soledad y libertad.

La fiesta de la escritura tomó forma en mí.

Seguí investigando y me aventuré a escribir novela –La carne no está en venta (no está editada)-mientras seguía con los relatos, pero esta vez adapté los personajes de la novela en situaciones distintas a esta y creé La Hamburguesa Humana, Sven Jorgensen, 2014, donde transformé a la Barcelona de la actualidad en una ciudad sumida en el más absoluto desconcierto. El barrio de Gracia, el Hospital del Mar, el Paseo de San Juan o escenarios soñados o inventados aparecen en el interior del libro. Experimenté con la mezcla de distintos géneros, haciendo un curioso coctel de horror y erotismo en algunos relatos mientras trataba la faceta romántica dentro de un contexto apocalíptico a la vez que tejía una novela corta sin planificar su estructura; jugué a la improvisación en Instrumental Quirúrgico, novela contenida en La Hamburguesa Humana.

Me considero un creativo, que le gusta romper los tópicos, los géneros, las etiquetas y que busca la complicidad de distintos elementos que a veces no tienen nada que ver unos con otros para crear belleza. Porque lo fundamental en el arte es la belleza, aunque esta se esconda dentro de lo horroroso. En mis textos mezclo la poesía y la escritura minimalista, la repetición de ideas y conceptos a modo de ritual buscando fórmulas para matizar el posible sarcasmo o dejar bien clara la crítica social que suscita el texto sin demasiado interés en pasar desapercibida.

 

Página aleatoria del libro La Hamburguesa Humana

Página aleatoria del libro La Hamburguesa Humana tomada por el Dj y organizador de performances y recitales Israel Sila.

Me interesa también la cultura del lugar que habito, por eso escribo sobre Barcelona en lo escrito hasta ahora, y sobre el Pallars en la novela que estoy terminando actualmente –Cubil de brujas-, donde me baso en lo esotérico, en la forma más que en el contenido cuando uso el lenguaje del terror y como no, en lo romántico aunque este esté rodeado de monstruos hollywoodienses. Siempre he sido un entusiasta en la negrura que algunos quieren ver en cierto tipo de escritura; lo bello está en todo. Incluso en el último estertor de muerte de un moribundo o en la sonrisa maléfica de una hechicera.

El motivo por el cual publiqué en mi propia editorial La Hamburguesa Humana es la falta de concreción estilística hecha aposta de la obra y el contenido explícito que utilizo en algunos de sus relatos. Me gusta darle riqueza al lenguaje y por eso opté por usar formas como la segunda persona del singular narrado en presente, el uso de un tono poético bastante pronunciado y algunos toques de lo que he aprendido de la escuela de Tom Spanbauer, Chuck Palahniuk, Irvine Welsh y algunos poetas como Patty Smith o Jim Morrison.  Consideré que el libro tenía que salir a la luz no sólo por el esfuerzo de haberlo escrito sino por el interés que puede suscitar la mezcla entre erotismo, terror y poesía. Sin concretarse como ningún género, sin buscar la etiqueta fácil, consideré que las doscientas sesenta páginas que lo componen debían salir de su tumba y mostrarle los dientes al lector.

aquí tenéis el resultado.