Archivo de la etiqueta: literatura

Síntomas de realidad

penya

El relato dignifica el alma y te pone en su lugar. Cuando cierras la luz después de teclear el punto final algo empieza a correr por tus venas. Es la auténtica liberación del espíritu. El diablo que siempre ha estado ahí pero que ahora puedes oír. Cierras los ojos. Ahuyentas la voz trémula que a veces te dice que no puedes seguir. Que debes poner el intermitente, estacionar en el andén y apagar el motor. Normalmente ocurre cuando llevas tiempo dándole a la máquina de las mentiras pero el reconocimiento sigue aletargado. ¿Quién dice que algún día va a despertar cual Nosferatu en un velero con destino a Londres? No, hay que seguir manteniendo el espíritu libre y los dedos ágiles para seguir aporreando a la realidad con tus mentiras, ilusiones y orgasmos mentales. La palabra es un acto de liturgia cuando la pones en movimiento. Escenificas ideas hasta que estas se tornan una variante de piscina vacía donde deslizarte con tu patín hasta quedar agotado frente a la pantalla. Hubo un tiempo en el que consideraste a los escritores como algo sagrado para descubrir al poco tiempo, que eran gente como tú. Algunos necesitaban protagonismo, otros simplemente trataban de mejorar.

El afán de protagonismo llena un par de minutos de tu vida como artista efímero.

Y digo efímero porque en la actualidad todos necesitamos ser especiales. La fijación por nosotros mismos nos la regaló el cerebrito de Facebook. Fotos de pies. De comida. De rollos que hemos conocido en antros con poca luz y el suelo pegajoso. La vida transcurre mientras la Tierra sigue dando vueltas, engañándonos a todos con su baile de música para ascensores. Piensas en todo ello ahora que no sirve para nada. Ahora que los fantasmas del mundo actual se han convertido en despojos unánimes a un grito silencioso: el grito del hambre eterna. El hambre por protagonizar, por morder el anzuelo de la vida exitosa. ¿Te acuerdas cuando comenzaste a fantasear con la escritura? ¿Te acuerdas cuando tenías que imprimir tus relatos y salir a la calle infestada de anónimos?

Sí, lo recuerdas todo como si fueras un secundario de Z-Nation, solo que los zombis eran el depredador humano, enarbolando una sonrisa de dientes afilados. La primera mordida fue en una entrevista de trabajo, cuando alegaste que escribir era tu pasión y que habías adquirido las 400 pulsaciones escribiendo relatos de zombis. La pregunta de la entrevistadora te desgarró las entrañas, solo que no te diste cuenta. “¿Así que has adquirido rapidez haciendo ESO?” La carne quedó rígida para pasar a infectar los órganos principales de tu deteriorada salud mental; ilusión, esperanza, ganas de moverse por cuenta propia. Todo terminó por derrumbarse. Luego la infección pasó a tu sistema nervioso; el sudor corría por tu cara igual que la sangre de los corderos que habitaban la Biblia. Tu cerebro abandonó toda esperanza de encontrar un segundo empleo. El primero no daba mucho para vivir. El segundo tendría que ser un motor de 1200 caballos. La bestia. Saliste a la calle aturdido, mareado, la mordida te dejó la camisa desgarrada.

Solo podías ver la herida reflejada en los escaparates.

La gente seguía con sus vidas: caminaban, apenas te vieron, si hubieras caído al suelo nadie hubiera hecho nada. Normal. Tú también lo haces. La gente cae continuamente al suelo de sus vidas y nadie hace nada para levantarlas. Hay que tropezar, te dicen, así podrás volver a levantarte aunque tengas las rodillas en carne viva.

Meses más tarde la epidemia del dolor personal llegó a través de las ventas de tus libros; no vendías lo que tu yo del pasado había imaginado. Imaginar es para niños grandes y para muertos vivientes de su propio ego. En realidad no nos hace falta carne mientras tengamos la nuestra. Nos alimentamos de los comentarios que van dirigidos a nosotros. EGO. Una pieza difícil de colocar en el castillo de nuestra mente. Los libros se distribuían pero tenían pocos compradores. Nadie dijo que fuera fácil y menos cuando tu nombre no salía en las marquesinas de las paradas de autobús.

¡Serás soñador! ¡Serás niño!

 Te diste cuenta de que lo había que alimentar era al vampiro que se nutría de halagos, de palmadas en la espalda, de momentos felices…

Pero nunca de dinero.

Pensaste que hacer algo de provecho económico dejando el arte aparte sería lo más justificable. Así que buscaste trabajo y enterraste al escritor. Mentiste cuando dijiste que tu mayor afición era la poesía recitada en la mente mientras nadabas. Seguías escribiendo en secreto. Tecleando mentiras que sonaban a verdad. Esculpiendo mundos invisibles que necesitaban de las palabras para ser descubiertos. Hasta que al fin firmaste un papel que te retuvo en una empresa durante varios meses.

Conociste a gente y fumaste en las horas libres. Llegaste a tener una amiga con la que contarle tus intimidades e incluso, confiarle quien eras en realidad. Peter Parker no es Spiderman, es un fotógrafo mal pagado. La realidad siempre es más impactante que la ficción. Eras el hombre araña en la intimidad mientras te mostrabas ante el mundo como uno más. Un zombi con hambre de red digital y consumo efímero.

Aun así seguiste tecleando para esculpir tu estilo. Conseguiste algunos logros personales y los celebraste a solas. ¿Realmente necesitas a alguien cuando tu oficio es el de estar solo? Hay que saber estar a gusto con uno mismo cuando el espíritu es un soldado independiente. Cumplir objetivos no tiene nada que ver con el éxito social. Los logros se diluyen en poco tiempo a ojos de otros. Decidiste seguir viviendo, seguir tecleando y peleando por ti. Nada de fotografías con grandes autores. Nada de elogios por parte de nadie.

Solo quieres oír la voz del diablo que corre por tus venas cuando cierras la luz después de inventarte otras vidas.

Anuncios

Cierro los ojos

© Copyright 2013 CorbisCorporation

1972 — Original caption: Peter Cushing returns from the grave in “Tales From the Crypt,” 1972. — Image by © Bettmann/CORBIS

Siendo obvio que el género zombi está de capa caída, no entiendo la horda que corre detrás de la estela que dejo tras de mi cada vez que salgo a la calle. Sí. No hay forma de entender al mundo. Me alejé de la literatura zombi y de su escritura cuando vi que la gráfica de las ventas de libros del subgénero descendió hasta casi salirse de la misma gráfica. Olvidé a los muertos para hacerle más caso a la vida. Abandoné el afán por sentirme un autor aclamado por mis letras para ser un autor (vivo) aclamado por mi carne. Mi esencia no importaba. Mi estilo no importaba. Mis libros se apilaban en cajas que nunca serían abiertas. Ni aun cuando durante los primeros días trataba de observar el “espectáculo” a través del marco de la ventana para hallar algo de inspiración. Durante los días que siguieron a la matanza busqué un refugio en la poesía pero solo encontré palabras oscuras, pensamientos amargos; una auténtica catarsis del miedo que me invadía por dentro. Traté de buscar cobijo en el sexo, en la lectura de relatos pornográficos, en la ausencia de la televisión basura. La auténtica basura te buscaba sin descanso tras las puertas atrancadas con cualquier cosa. Mientras lloraba por dentro me acordaba de los días en los que la única horda que asolaba Barcelona era la que estaba en mi cabeza cuando escribía los relatos contenidos que se incluyen en La Hamburguesa Humana, sí, los que creé al llegar a casa después de las interminables sesiones de sexo con Teresa. En esos relatos recreaba escenas de sexo explícito mientras los muertos vivientes trataban de derrumbar las puertas de todas las casas. Imagina que sabes que vas a morir y delante de ti tienes a alguien dispuesto a morir mientras practica la magia del porno sin cámaras. Imagina que eres un actor pornográfico que se ha quedado sin audiencia. Imagina que quieres vivir tus últimos momentos con tu sexo en contacto con el de otra persona. Y así escribí un libro que trataba de gente que no quería perder el tiempo y lo terminé cuando el caos estalló en la realidad que acontecía frente de mis ojos.

Me quedé mirando embobado el televisor de la ventana. Menuda porquería de canal.

Entonces ocurrió lo inevitable; mi obra poética y mis libros comenzaron a importarme una mierda. Los apéndices de mi esencia comenzaron a pudrirse en las estanterías en cuanto comencé a correr frente a los que habían sido mis lectores y mis editores en la vida real antes de la vida real. Porque el pasado se convirtió en un dulce sueño de siesta y el presente se tornó algo salvaje y misterioso. Bajar para conseguir alimentos se convirtió en una odisea; escribí varios relatos sin necesidad de teclado. Los guardé todos en el disco duro de la memoria. No necesita dejar nada para la posteridad.

El futuro era la incertidumbre del animal que se despierta cuando oye un ruido en su cueva. El presente, una carrera de fondo en las calles de la Ciudad Condal.

Ahora, en las noches solitarias (todas), después de contar las luces que se apagan en las últimas ventanas de los edificios que siguen con vida, pienso en la literatura, en su importancia una vez el mundo se termina. Cuando estudiaba en el colegio me contaron que la literatura sirve para que la memoria de los hombres perdurara. Que los libros eran el mejor invento del mundo porque con ellos podías sentir la telepatía de los autores aunque estos estuvieran muertos. Pero ahora veo que las obras completas de Borges y los relatos de Lovecraft no importan nada. La literatura no es capaz de apaciguar el miedo que me atenaza cuando oigo a seres susurrando incoherencias detrás de mi puerta. Tengo el comedor repleto de pilas de libros que gente que ya no existe. El arte escrito ha muerto para ser sustituido por el arte de robar, de matar, de seguir con vida en un mundo que no parece el mismo que hace unos años. Las series de televisión no importan, la música solo sirve para matar a zombis, atraerlos hacia un camión que escupe Black Metal por los altavoces y dispara balas por las ventanillas abiertas. Sabes que aunque hubieras escrito una novela sobre heroínas y coches rápidos contra muertos vivientes ninguno de los trucos que practicaban sus protagonistas para seguir con vida van a ayudarte. La carne no está en venta pero sí se regala en cualquier parte. Tu carne se regala. La mía está en peligro. No puedo hacer nada ni aun teniendo un revólver cargado. Ni aun siendo hábil con una espada. Ni conduciendo como un piloto de carreras.

Soy poco hábil por naturaleza. Lo único que hago es correr. Huir. Desaparecer como el Dr. Pasavento ante su público.

Partiendo de las innumerables argucias que pasé durante los primeros meses de la hecatombe que se formó en la ciudad mediterránea, perdí la capacidad por relatar mis vivencias y pensar de nuevo en ellas para escribirlas. No. En realidad mis vivencias no importaban a nadie. Ni tan solo a mí mismo. Simplemente quería seguir viviendo para seguir siendo uno más. Destacar no era importante. Lo único perdurable era seguir corriendo. Los libros eran objetos apilados, un pasado demasiado feliz como para pensar en él como un antes; mi cielo, mi descanso cuando me llegara la muerte sería el recuerdo del pasado. Porque pude tocar el firmamento cuando firmaba ejemplares y me tocaba el sol en las firmas de libros. Conseguí realizar un sueño en vida; tocar las nubes desde el confort de mi silla giratoria, la que usaba para planchar las nalgas cuando creaba.

Hasta el día de hoy, en el que pienso con las piernas cruzadas y quemo uno de los ejemplares de Conexión ADSL para encender el fuego. Libros. Fuego. Es lo único que me queda. El arte no es importante porque si le ofreciera algo del amor resplandeciente de antaño lloraría cada noche cuando quisiera estar caliente. Quemo mis relatos como si fuera el último día. Como lo que encuentro, sin tenedores, comportándome como alguien que no sabe escribir su nombre sin cometer errores. Retrocedo por fuera pero por dentro soy consciente de quien fui. Y quemo las lágrimas con el fuego de mis relatos.

Y libro una lucha con los zombis mientras los libros me dan la vida que no tuve antes de la pandemia. Uso su luz para seguir vivo. Abro las cubiertas para arrancar páginas. Primero quemé mis libros, después seguí por los de Hemingway. Bukowski aún sigue en la estantería porque me importa tan poco que apenas pienso en el calor que podría ofrecerme.

Imagina a un escritor desnudo echándose encima de tu cuerpo para darte calor. Pues eso es lo que hago cada noche cuando regreso victorioso de robar basura en la calle para seguir contándote esto.

El calor ilumina la habitación para enseñar la tristeza que esconde en sus rincones. Me acuesto en un sofá después de comer una lata de sardinas. Bebo algo de agua amarillenta. Me pongo en la posición del feto para volver a nacer en un mundo exento de felicidad. Quiero volver a nacer. Quiero ser alguien, cualquiera, pero que no sea un escritor asustado viviendo en la miseria.

Algo explota a lo lejos y abro los ojos. El cielo me ofrece un plano astral hermoso. Pienso que la vida sigue siendo un desastre a pesar de los detalles que la acompañan. Soy un escritor sin palabras. Sin arte. Sin nada que ofrecer excepto una lata abandonada y un trago de agua amarilla.

Cierro los ojos y no me importa el arte porque no hay nadie para apreciar su belleza.


Nacido en una ciudad de muertos

pennywise_stephen-king-IT_monsters.jpg

“Nacido en una ciudad de muertos”.

Bruce Springsteen.

Una de mis pasiones siempre fue la de auyentar la depresión mediante la lectura. En mi caso Stephen King me salvó de un intento de suicidio por parte de los agentes que manipulaban mi mente presentándome al payaso de sonrisa traicionera que habita en las páginas de It para que mi alter ego, algo deprimido, no sucumbiera al triste advenedizo que me dictaba el acto de la muerte voluntaria. (Inspiro, expiro). Muerte. Vida. La antítesis de la idea del fallecimiento prematuro se me presentó mediante una sucesión de relatos donde varios niños hacían un dique en un extraño rio donde habitaba un extraño ser. El animal, por nombrarlo de alguna forma, se escondía detrás de diversas máscaras, como el monstruo con escamas que salía del agua en el momento más inesperado de la vida del niño que presuntamente tenía que ser atacado alrededor de la página doscientos diez. Todo se mostraba en sueños, alucionaciones y escenarios irreales para que el acto de suicidio se diluyera de la forma más peculiar posible. King me mostró a varios monstruos mientras que las ganas de abandonar el mundo se escondían en algún lugar de la cabeza. Descubrí que existían diversos escondites dentro la cabeza; tantos como uno quiera construir mediante los libros. King me dijo sin necesidad de personarse en la habitación que me servía de refugio contra mi mismo, que Jack Torrance estaba mucho peor que un servidor. Que Carrie sí que tenía motivos para abandonar su vida y que el cementerio indio del que tanto se hablaba en Cementerio de animales, era algo mucho más terrible que el interior de mi raciocinio. Busqué dentro de los libros y encontré el remedio; leer me estaba salvando de la idea de matarme con algún remedio indoloro. Porque yo era uno de aquellos que, ya que no quería luchar por su felicidad, tampoco deseaba hacerlo contra el último acto doloroso que me ofrecía a mi mismo. Supe que la vida y la muerte iban cogidos de una mano fría, incómoda, extremadamente real. Averigué que la vida es una montaña helada que tienes que subir cueste lo que cueste pero que también, puedes abandonar su ascensión en mitad del trayecto para dejarte caer y experimentar la muerte en vida.

Extraje varias conclusiones a partir de los libros del maestro King; uno puede asimilar el número de historias que quiera para abandonar su propio mundo y así, suicidiarse sin necesidad de que el cuerpo deje de funcionar. La lectura era mi particular modo de auyentar a la muerte pero también de acercarme a la idea de abandonar las riendas de mi propia vida. Me sumergi en varios relatos para olvidarme de mi. Me compré un montón de libros extraños repletos de historias con el mismo personaje porque me gustaba verlo sufrir; sabía que en realidad era King escribiendo sobre el monstruo que podría llegar a ser cuando tenía resaca o ganas de meterse una raya de cocaína. Experimenté la desaparición del yo buscándome en los relatos del escritor. Ese fue mi primer error; no debía acordarme de que era yo el lector de aquel libro. Tenía que transformarme en la historia, vivir lo que King me estaba dictando; tenía que entregarme del todo para olvidar quien era.

Y así fue como puede desconectarme de una vida repleta de intentos imaginarios de suicidio, de la ingestión ficticia de antidepresivos y de la muerte de todos aquellos enemigos que me había forjado en la mente. Porque yo quería más protagonismo. Más vida envuelta de muerte. Más puñetazos sin dolor. El payaso de King me dio un globo y dejé que me arrancar un brazo. Sí. Tuve mis momentos de querer morir a pesar de no saber quien era. Supongo que siempre estamos conectados a nosotros aunque no nos guste. Tenemos un puerto USB en algún lugar invisible que nos conecta a la oscuridad en los momentos más insospechados.

Igual que el payaso de King o los arrebatos de furia de Torrance.

Huimos de la vida para adentrarnos en la de otros. Mi pasión por desaparecer sin necesidad de experimentar la muerte se convirtió en la inefable necesidad de emerger como lector y así, convertirme en relato. En el relato de otros. Porque lo que más desea un escritor es que sus palabras tomen vida de alguna manera: y esa manera, la mejor opción de todas, es hacerlo en el interior de la cabeza del que se ha comprado tu libro. Es decir, el lector paga para tragarse las manías del que las exhibe. El acto egoista del autor no es más que una bocanada de humo de automovil renqueante disfrazada de relato. Te jodes. En mi caso la idea del suicidio no era más que otro relato correteando por mi mente sin otra misión que la de despistarme de lo que realmente quería hacer cuando abría un libro. Mi depresión se tornó historia inconclusa. Me cabeza repleta de negrura no era más que una paranoia sin sentido alguno de la coherencia. El único inconveniente es que era real. Quizá este relato también lo sea. Qué más da. Hay que morir en vida para poder soportar las mierdas de los autores. En el caso de King, su mierda sabe a pastel de manzana. Me tragué tanto pastel que mi estómago lo vomitó todo. Como si fuera un romano en una orgía de comida y sexo, tenía que vaciarme para poder tragar más y más. Descubrí nuevos autores cuyas historias construyeron más laberintos de pared carnosa de color rosado. Y allí traté de perderme. De buscar sexo sin tener que abrirme la bragueta. De aventuras sin necesidad de rasgarme la camisa. De pesadillas sin forma que sepultaron, momentáneamente, la ansiedad de suicidio.

Creo que morí mil veces para levantarme de nuevo, con las piernas rígidas como estacas para vampiros y el corazón bombeando tinta impresa. Puse los brazos en cruz para redimirme como si fuera un vulgar Cristo de Biblia de papel para fumar. Y obtuve la libertad. Sí. Pude lamerle los pechos a las musas que muchos decían que se les metían debajo de las sábanas cuando no encontraban motivos para seguir con sus obras. Me follé a las heroínas que crearon los escritores pajilleros y pude arrancarle los huevos a los monstruos que simplemente trataban de hacerme olvidar mi muerte en vida. Me convertí en una especie de zombi, renovado por el afán insaciable de palabras impresas, de ideas nuevas y arriesgadas, de textos que no buscaban la redención, sino, simplemente, el afán por contar una buena historia sin necesidad de ascender al cielo. ¿Quien quería subir por el ascensor del firmamento literario? Todos los putos redactores que emularon a King y no supieron encontrar su estilo. Por eso elegí a King. Por eso huí de mi vida mediante las vidas inconclusas de otros. Porque nunca sabes el destino final del personaje de una novela cuando termina la trama. Porque nunca sabes si morirás con la literatura o lo harás por cuenta propia.