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La palabra

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A la sacerdotisa se le escapa el cuchillo. Cae de punta y se clava en la madera. Se busca acongojar a la sacerdotisa con un dios macabro. Un dios exultante y bello y algo mortífero. Cae el dios al mirar demasiado a su creación. Los ríos de sangre nacen del tajo en el cuello y el condenado no pronuncia oración alguna hacia el cielo. La sacerdotisa se torna metal oscuro y ente física para los acólitos al espectáculo. Aun así siente respeto por su dios. De la imagen que se ha creado en la jaula de la inventiva cuando los otros le enseñaban LA PALABRA.

De repente, el recelo por ser todo lo contrario a lo que la han preparado significa la negación de su yo interior hacia el conocimiento de LA PALABRA. Piensa en escribir poemas para huir de sí misma. Piensa en sangre y contornos afilados a modo de única salvación.

LA PALABRA la inventaron los que necesitaban el control absoluto. De ahí el nihilismo por parte de su zona cerebral cognitiva cuando la obligaron a leer viejos tratados y frases que, a pesar de la probable bondad de quien las decía, se convertían en violencia y cuchillos clavados. No existe el acto físico en nombre de cualquier dios. Solo este puede mover piezas en el tablero; cancelar amnistías, hacer prevalecer el orden.

A la sacerdotisa se la puede ver entre las cortinas que tapan su vergüenza. Cuelgan cuchillos de las paredes que contemplan su cuerpo desnudo, su entrepierna repleta de vello, la belleza de su redondez. Se busca a sí misma al otro lado del espejo. Trata de desdoblar su imagen, de viajar sin moverse de lugar, de escuchar el silencio en un cuerpo forrado en piel y rasgos suaves. LA PALABRA la riñe cuando le apetece tocarse frente al espejo e imaginar a hombres corpulentos y mujeres de carácter fuerte burlando a los mandamientos.

Se reprime cuando el tratado forrado en piel la mira desde el atril de madera tallada a mano. LA PALABRA la observa. Puede sentir sus emociones. Le molesta la desnudez humana pero no la sangre. La sacerdotisa se quita las medias, lo único que le cubre la piel. Se tumba en la cama y usa el volumen sagrado como si fuera el objetivo de una cámara web. Necesita denostar su herejía para comprender el poder del dios.

Romper con las normas.

Requiere del desafío para poder comprender. Puesto que en varios años se ha limitado a clavar cuchillos y abrir gargantas mientras la sangre llenaba el interior de un cuenco. Ahora quiere saber el misterio de LA PALABRA. Ofrece su vagina al libro. Desafía al divino consorte mientras la flor de carne rosa se abre y florece y el líquido es insípido en el interior de una boca hambrienta.

Pero el dios no ve porque, quizá, no exista en la mente de otro, ¿te acuerdas del final de Peter Pan? Si todos creen, la idea tomará forma. La sacerdotisa goza mientras comete crimen atroz a los ojos del puritano; el que obedece pero no es bondadoso. La idea de control imperante es un lazo invisible que trata de hurgar en las mentes de aquel que se cree prisionero. La civilización es solo un nombre. LA PALABRA prevalece ante todos mediante el horror inexistente.

Os matará un dios vengador. Vendrán plagas y ríos de sangre y hombres subidos en caballos de fuego.

Creed.

La sacerdotisa moja la tela que cubre el colchón. Sonríe mirando al objetivo. Se relame los labios como si los hombres santos la estuvieran mirando. La cámara web es un invento para voyeurs sin necesidad de permanecer ocultos. Las largas piernas desnudas de la mujer se estiran relajando, posteriormente, la musculatura. La habitación huele a sexo individual; cápsulas de felicidad en formato breve y placentero.

Sabe el desafío que ha cometido y ahora, con el cuerpo cubierto por las sábanas y un cigarrillo humeando hacia el infinito, espera la respuesta del supuesto dios que, en teoría, ha velado por ella durante toda su vida mientras dormía. Ha usado la masturbación como prueba de fuego; nada mejor que el calor que produce el cuerpo para demostrar que el ser humano es fuego, aire, agua y tierra.

Termina el cigarrillo y no pasa nada porque le enseñaron que el dios que adora no necesita demostrar nada a nadie. Una buena excusa de los acólitos para no tener que montar un teatro de hilos de pescar. El mejor argumento para hombres de alta alcurnia con poca capacidad de inventiva espiritual. De ahí que la habitación siga en tinieblas y el espejo muestre a una mujer hermosa que ha degollado a dos docenas de personas.

En su reunión con su dios, escupe infamias y vuelve a masturbarse con el mango del cuchillo que tantas vidas ha cercenado en lugar de seguir esperando; el tiempo pasa mejor cuando se hace desaparecer el segundero. Disfruta mucho provocando a la nada mientras imagina que se desnuda en el templo ante la visión de cientos de feligreses.

“Miradme el alma a través de la vagina”, les dice. “El hombre es fuego, aire, agua y tierra, ¿por qué necesitamos un dios? Si creas algo bondadoso no hace falta que rindas cuentas a nadie”.

Pero la realidad la muestra excitada y algo desilusionada; no ha aparecido ningún dios ni ningún tipo de antítesis que la regañe. Se busca en el reflejo del espejo para verse a sí misma perdiendo. Enciende otro cigarrillo mientras se da cuenta de que no se siente demasiado culpable por las personas que ha degollado.

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Síntomas de realidad

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El relato dignifica el alma y te pone en su lugar. Cuando cierras la luz después de teclear el punto final algo empieza a correr por tus venas. Es la auténtica liberación del espíritu. El diablo que siempre ha estado ahí pero que ahora puedes oír. Cierras los ojos. Ahuyentas la voz trémula que a veces te dice que no puedes seguir. Que debes poner el intermitente, estacionar en el andén y apagar el motor. Normalmente ocurre cuando llevas tiempo dándole a la máquina de las mentiras pero el reconocimiento sigue aletargado. ¿Quién dice que algún día va a despertar cual Nosferatu en un velero con destino a Londres? No, hay que seguir manteniendo el espíritu libre y los dedos ágiles para seguir aporreando a la realidad con tus mentiras, ilusiones y orgasmos mentales. La palabra es un acto de liturgia cuando la pones en movimiento. Escenificas ideas hasta que estas se tornan una variante de piscina vacía donde deslizarte con tu patín hasta quedar agotado frente a la pantalla. Hubo un tiempo en el que consideraste a los escritores como algo sagrado para descubrir al poco tiempo, que eran gente como tú. Algunos necesitaban protagonismo, otros simplemente trataban de mejorar.

El afán de protagonismo llena un par de minutos de tu vida como artista efímero.

Y digo efímero porque en la actualidad todos necesitamos ser especiales. La fijación por nosotros mismos nos la regaló el cerebrito de Facebook. Fotos de pies. De comida. De rollos que hemos conocido en antros con poca luz y el suelo pegajoso. La vida transcurre mientras la Tierra sigue dando vueltas, engañándonos a todos con su baile de música para ascensores. Piensas en todo ello ahora que no sirve para nada. Ahora que los fantasmas del mundo actual se han convertido en despojos unánimes a un grito silencioso: el grito del hambre eterna. El hambre por protagonizar, por morder el anzuelo de la vida exitosa. ¿Te acuerdas cuando comenzaste a fantasear con la escritura? ¿Te acuerdas cuando tenías que imprimir tus relatos y salir a la calle infestada de anónimos?

Sí, lo recuerdas todo como si fueras un secundario de Z-Nation, solo que los zombis eran el depredador humano, enarbolando una sonrisa de dientes afilados. La primera mordida fue en una entrevista de trabajo, cuando alegaste que escribir era tu pasión y que habías adquirido las 400 pulsaciones escribiendo relatos de zombis. La pregunta de la entrevistadora te desgarró las entrañas, solo que no te diste cuenta. “¿Así que has adquirido rapidez haciendo ESO?” La carne quedó rígida para pasar a infectar los órganos principales de tu deteriorada salud mental; ilusión, esperanza, ganas de moverse por cuenta propia. Todo terminó por derrumbarse. Luego la infección pasó a tu sistema nervioso; el sudor corría por tu cara igual que la sangre de los corderos que habitaban la Biblia. Tu cerebro abandonó toda esperanza de encontrar un segundo empleo. El primero no daba mucho para vivir. El segundo tendría que ser un motor de 1200 caballos. La bestia. Saliste a la calle aturdido, mareado, la mordida te dejó la camisa desgarrada.

Solo podías ver la herida reflejada en los escaparates.

La gente seguía con sus vidas: caminaban, apenas te vieron, si hubieras caído al suelo nadie hubiera hecho nada. Normal. Tú también lo haces. La gente cae continuamente al suelo de sus vidas y nadie hace nada para levantarlas. Hay que tropezar, te dicen, así podrás volver a levantarte aunque tengas las rodillas en carne viva.

Meses más tarde la epidemia del dolor personal llegó a través de las ventas de tus libros; no vendías lo que tu yo del pasado había imaginado. Imaginar es para niños grandes y para muertos vivientes de su propio ego. En realidad no nos hace falta carne mientras tengamos la nuestra. Nos alimentamos de los comentarios que van dirigidos a nosotros. EGO. Una pieza difícil de colocar en el castillo de nuestra mente. Los libros se distribuían pero tenían pocos compradores. Nadie dijo que fuera fácil y menos cuando tu nombre no salía en las marquesinas de las paradas de autobús.

¡Serás soñador! ¡Serás niño!

 Te diste cuenta de que lo había que alimentar era al vampiro que se nutría de halagos, de palmadas en la espalda, de momentos felices…

Pero nunca de dinero.

Pensaste que hacer algo de provecho económico dejando el arte aparte sería lo más justificable. Así que buscaste trabajo y enterraste al escritor. Mentiste cuando dijiste que tu mayor afición era la poesía recitada en la mente mientras nadabas. Seguías escribiendo en secreto. Tecleando mentiras que sonaban a verdad. Esculpiendo mundos invisibles que necesitaban de las palabras para ser descubiertos. Hasta que al fin firmaste un papel que te retuvo en una empresa durante varios meses.

Conociste a gente y fumaste en las horas libres. Llegaste a tener una amiga con la que contarle tus intimidades e incluso, confiarle quien eras en realidad. Peter Parker no es Spiderman, es un fotógrafo mal pagado. La realidad siempre es más impactante que la ficción. Eras el hombre araña en la intimidad mientras te mostrabas ante el mundo como uno más. Un zombi con hambre de red digital y consumo efímero.

Aun así seguiste tecleando para esculpir tu estilo. Conseguiste algunos logros personales y los celebraste a solas. ¿Realmente necesitas a alguien cuando tu oficio es el de estar solo? Hay que saber estar a gusto con uno mismo cuando el espíritu es un soldado independiente. Cumplir objetivos no tiene nada que ver con el éxito social. Los logros se diluyen en poco tiempo a ojos de otros. Decidiste seguir viviendo, seguir tecleando y peleando por ti. Nada de fotografías con grandes autores. Nada de elogios por parte de nadie.

Solo quieres oír la voz del diablo que corre por tus venas cuando cierras la luz después de inventarte otras vidas.


La vida extraña

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A la vez que me matan me devuelven a la vida. Porque mi pasado es asumible pero no sirve para ser recitado en un verso o inmortalizado en una novela de algún autor con patillas que titula a sus libros con nombres de mujeres. Hurgan en los años pasados despertando el olor de los recuerdos que nunca quise volver a visualizar. A la vez que me matan resucitan un presente inaudito en el que casi no me reconozco. Remueven en la cacerola de los fracasos para convertirlos en victorias. Insuflan aire a aquellos actos heroicos que pasaron desapercibidos. Me están convirtiendo. Me están cambiando la vida solo por el hecho de divertirse. De investigar. De encontrar respuestas a las preguntas que la humanidad le confiere. Sus ojos son rasguños que nunca consigo poder visualizar a la perfección. Sus bocas no pronuncian palabras. Simplemente se comunican existiendo. Actuando. Ocupando un espacio en el vacío de la nada.

A la vez que me matan me convierten en el hombre que siempre quise ser. No entiendo por qué tratan de modificarme. No consigo averiguar sus propósitos. De todas formas, cada vez me encuentro mejor. Me siento como si me hubieran inyectado una alta dosis de antidepresivos porque todo me parece bien; hasta el curioso artefacto cuya amenazante aguja me apunta a la cabeza a la vez que se va acercando a mí.

El rotor del aparato gira como si no hubiera un mañana. Todas las máquinas actúan rápido por si el mundo se extingue; el hombre las ha programado así.

La aguja gira en mi sien mientras visualizo osos de peluche rosas y mujeres atractivas que me lanzan besos en el aire. No consigo atrapar ninguno porque tengo las manos atadas. Qué más da; aunque me ignoraran me parecería genial. La aguja penetra en mi cabeza igual que 15 gramos de Escitalopram. Me devuelve las ganas de vivir. El optimismo arraiga, crece y florece en un campo que parecía abandonado por la pesadumbre de alguna bestia enroscada en el laberinto del raciocinio. Sigo existiendo pero esta vez me han dibujado la alegría en la boca.

Soy el payaso que todos quieren que sea. Pertenezco a aquello al que a todos les gusta ver, oír y sentir. No soy yo pero sí soy yo. Lo sé aunque no puedo decirlo; me da que usan a la gente para algún fin. Sí, como en las películas. Me da igual. Voy a sonreírles igualmente.

La sangre les salpica los cuerpos enjutos, escurridizos, viscosos. El pequeño agujero practicado en mi cabeza parece que les llama la atención. Bueno, la cavidad en sí, no, es el líquido rojo que brota brota brota en la septicidad de la habitación. La aguja sale de la cavidad para volver a mirarme amenazadoramente desde su posición. Los seres se arremolinan alrededor de mi cuerpo como si fueran a comer de él. Me siento como una mujer plato, con la piel cubierta por pescado crudo y bolas de arroz. Me gusta. Me siento una cobaya con ínfulas de diva.

Me abren el estómago y me da igual. Sí. Lo abren con tanto cuidado que casi estoy a punto de agradecérselo. Con la piel abierta como un libro esotérico, observan con atención el bombear del corazón y los movimientos gastrointestinales. Mi intestino delgado es una serpiente roja rellena de excrementos. Mis costillas son la cárcel de los pulmones. Nadie dijo nunca que servían para proteger los órganos, sino para apresarlos.

Son demasiado preciosos como para dejarlos abandonados.

Lo sé porque uno de los seres trata de coger el corazón. Siento una punzada fuerte de dolor en el pecho. Noto que mi vida, quizá, deje de existir. Ellos lo saben y por tanto vuelven a dejar de toquetear el órgano. Soy rojo por dentro y feo como las películas de muertos vivientes. Soy un muerto viviente. Soy un experimento en creces. Una bestia protegida por el aspecto humano. Un alma que desnudan de la parte física.

“Podéis seguir tocándome” pienso. En realidad dejar la existencia no es algo importante. Lo bonito de la vida es poder verla aunque sea un momento. El resto simplemente es un relato largo que algún día será olvidado. Gente. Personas. Deberíamos convertirnos en libros para que puedan vernos el alma más fácilmente.

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Noto como una pequeña sierra atraviesa el muro blanco de hueso craneal. Quizá quieran ver lo que pienso. Quizá no entienden lo que trato de decirles. Lo más probable es que me saquen el cerebro. Se lo coman o lo miren como si fuera un fragmento de meteorito. Las pequeñas gotas de sangre les salpican de nuevo la piel mientras la máquina hace su trabajo. Noto una molestia en la sesera. Son ellos investigando al animal terráqueo. Al hombre que siempre trató de huir de sí mismo y que ahora ama que le hagan daño. Todo me da igual. Hasta la tapa de la cabeza que cae al suelo haciendo un discreto “clock” que a nadie parece importarle.

Resiguen la masa palpitante con un objeto punzante. Presionan en el lóbulo parietal. Creo que no voy a poder hacer una suma. Existen las calculadoras pero es probable que no sepa identificarlas si es que consigo salir de esta curiosa experiencia. Trato de abrir la boca para decir algo. No puedo. Están demasiado empeñados en saber para qué sirve la masa de carne que tengo encima del hueso parietal. Aprieto la mandíbula. Casi que me sale sangre de las encías. Debería verme reflejado en un espejo.

Debería salir a mi nueva vida antes de que la terminen sin avisarme antes.

El tablero de la mesa emite luces de color blanco y gris. Hay una ventana grande, con la que puedo ir viendo el exterior de la habitación. No hay nada. El color es el negro. Siempre lo es cuando quieren que te sientas perdido. Ellos se han encargado de todo.

Mi cerebro.

Mi corazón.

Ahora quizá toque el aparato reproductor.

Alguien lo palpa con la punta de una vara. Vuelven a colocarme la corona de hueso en la cabeza. Están haciendo algo con ella, quizá la vuelvan a soldar. Podría ser que, en realidad, no tuvieran malas intenciones. Turistas abusando un poco. Nada más. Me estiran el pene. Palpan los testículos. Parece que el asunto les interesa. Supongo que como el resto del cuerpo. Solo a los humanos nos interesa un poco más que otras partes de nuestra anatomía. Mientras tengamos que reproducirnos no evolucionaremos en este sentido. El tiempo que usamos en la reproducción bien podría ser sustituido por algo más. Algo especial. Algo que no supiéramos que existe hasta que no lo viéramos.

Siguen palpando, jugando, investigando. Muevo los dedos de los pies. Aún puedo hacerlo. Me sienta bien. Eso significa que no han toqueteado mucho mi cerebro exceptuando el sentimiento de creciente fervor por la vida, por mi nueva vida. La que aún no sé cómo voy a comenzar si es que existe un futuro con mi nombre escrito en él.

Con una herramienta parecida a un bisturí abren la piel del pene hasta llegar a la base. Sale un montón de carne roja, dormida, abrazada por media docena de venas grandes. Miro mi interior a la vez que sonrío. Estoy feliz por verme de esta manera, ¿alguien sabe cómo es por dentro?

Todos somos iguales hasta que viene un psicópata o una banda de marcianos y te secuestra para jugar contigo.

No quiero saber nada de mi vida. Tampoco me acuerdo. Así que me es imposible recordar como he ido a parar a esta habitación iluminada por una variante de espíritu santo. Pienso en Dios como en un extraterrestre. Pienso en los extraterrestres como en  extraños doctores que no saben muy bien que hacer conmigo.

Con la piel del pene abierta y la cabeza abierta, cierro los ojos para relajarme aún más. Esto es lo más bonito que me está pasando. Sonrío porque estoy viviendo mi nueva vida. A la vez que me matan me dan algo nuevo.

La experiencia.

La vida extraña en su último momento.

Tengo un poco de sueño. O ganas de desaparecer de mí mismo. Estoy feliz.

Nada importa.


Nacido en una ciudad de muertos

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“Nacido en una ciudad de muertos”.

Bruce Springsteen.

Una de mis pasiones siempre fue la de auyentar la depresión mediante la lectura. En mi caso Stephen King me salvó de un intento de suicidio por parte de los agentes que manipulaban mi mente presentándome al payaso de sonrisa traicionera que habita en las páginas de It para que mi alter ego, algo deprimido, no sucumbiera al triste advenedizo que me dictaba el acto de la muerte voluntaria. (Inspiro, expiro). Muerte. Vida. La antítesis de la idea del fallecimiento prematuro se me presentó mediante una sucesión de relatos donde varios niños hacían un dique en un extraño rio donde habitaba un extraño ser. El animal, por nombrarlo de alguna forma, se escondía detrás de diversas máscaras, como el monstruo con escamas que salía del agua en el momento más inesperado de la vida del niño que presuntamente tenía que ser atacado alrededor de la página doscientos diez. Todo se mostraba en sueños, alucionaciones y escenarios irreales para que el acto de suicidio se diluyera de la forma más peculiar posible. King me mostró a varios monstruos mientras que las ganas de abandonar el mundo se escondían en algún lugar de la cabeza. Descubrí que existían diversos escondites dentro la cabeza; tantos como uno quiera construir mediante los libros. King me dijo sin necesidad de personarse en la habitación que me servía de refugio contra mi mismo, que Jack Torrance estaba mucho peor que un servidor. Que Carrie sí que tenía motivos para abandonar su vida y que el cementerio indio del que tanto se hablaba en Cementerio de animales, era algo mucho más terrible que el interior de mi raciocinio. Busqué dentro de los libros y encontré el remedio; leer me estaba salvando de la idea de matarme con algún remedio indoloro. Porque yo era uno de aquellos que, ya que no quería luchar por su felicidad, tampoco deseaba hacerlo contra el último acto doloroso que me ofrecía a mi mismo. Supe que la vida y la muerte iban cogidos de una mano fría, incómoda, extremadamente real. Averigué que la vida es una montaña helada que tienes que subir cueste lo que cueste pero que también, puedes abandonar su ascensión en mitad del trayecto para dejarte caer y experimentar la muerte en vida.

Extraje varias conclusiones a partir de los libros del maestro King; uno puede asimilar el número de historias que quiera para abandonar su propio mundo y así, suicidiarse sin necesidad de que el cuerpo deje de funcionar. La lectura era mi particular modo de auyentar a la muerte pero también de acercarme a la idea de abandonar las riendas de mi propia vida. Me sumergi en varios relatos para olvidarme de mi. Me compré un montón de libros extraños repletos de historias con el mismo personaje porque me gustaba verlo sufrir; sabía que en realidad era King escribiendo sobre el monstruo que podría llegar a ser cuando tenía resaca o ganas de meterse una raya de cocaína. Experimenté la desaparición del yo buscándome en los relatos del escritor. Ese fue mi primer error; no debía acordarme de que era yo el lector de aquel libro. Tenía que transformarme en la historia, vivir lo que King me estaba dictando; tenía que entregarme del todo para olvidar quien era.

Y así fue como puede desconectarme de una vida repleta de intentos imaginarios de suicidio, de la ingestión ficticia de antidepresivos y de la muerte de todos aquellos enemigos que me había forjado en la mente. Porque yo quería más protagonismo. Más vida envuelta de muerte. Más puñetazos sin dolor. El payaso de King me dio un globo y dejé que me arrancar un brazo. Sí. Tuve mis momentos de querer morir a pesar de no saber quien era. Supongo que siempre estamos conectados a nosotros aunque no nos guste. Tenemos un puerto USB en algún lugar invisible que nos conecta a la oscuridad en los momentos más insospechados.

Igual que el payaso de King o los arrebatos de furia de Torrance.

Huimos de la vida para adentrarnos en la de otros. Mi pasión por desaparecer sin necesidad de experimentar la muerte se convirtió en la inefable necesidad de emerger como lector y así, convertirme en relato. En el relato de otros. Porque lo que más desea un escritor es que sus palabras tomen vida de alguna manera: y esa manera, la mejor opción de todas, es hacerlo en el interior de la cabeza del que se ha comprado tu libro. Es decir, el lector paga para tragarse las manías del que las exhibe. El acto egoista del autor no es más que una bocanada de humo de automovil renqueante disfrazada de relato. Te jodes. En mi caso la idea del suicidio no era más que otro relato correteando por mi mente sin otra misión que la de despistarme de lo que realmente quería hacer cuando abría un libro. Mi depresión se tornó historia inconclusa. Me cabeza repleta de negrura no era más que una paranoia sin sentido alguno de la coherencia. El único inconveniente es que era real. Quizá este relato también lo sea. Qué más da. Hay que morir en vida para poder soportar las mierdas de los autores. En el caso de King, su mierda sabe a pastel de manzana. Me tragué tanto pastel que mi estómago lo vomitó todo. Como si fuera un romano en una orgía de comida y sexo, tenía que vaciarme para poder tragar más y más. Descubrí nuevos autores cuyas historias construyeron más laberintos de pared carnosa de color rosado. Y allí traté de perderme. De buscar sexo sin tener que abrirme la bragueta. De aventuras sin necesidad de rasgarme la camisa. De pesadillas sin forma que sepultaron, momentáneamente, la ansiedad de suicidio.

Creo que morí mil veces para levantarme de nuevo, con las piernas rígidas como estacas para vampiros y el corazón bombeando tinta impresa. Puse los brazos en cruz para redimirme como si fuera un vulgar Cristo de Biblia de papel para fumar. Y obtuve la libertad. Sí. Pude lamerle los pechos a las musas que muchos decían que se les metían debajo de las sábanas cuando no encontraban motivos para seguir con sus obras. Me follé a las heroínas que crearon los escritores pajilleros y pude arrancarle los huevos a los monstruos que simplemente trataban de hacerme olvidar mi muerte en vida. Me convertí en una especie de zombi, renovado por el afán insaciable de palabras impresas, de ideas nuevas y arriesgadas, de textos que no buscaban la redención, sino, simplemente, el afán por contar una buena historia sin necesidad de ascender al cielo. ¿Quien quería subir por el ascensor del firmamento literario? Todos los putos redactores que emularon a King y no supieron encontrar su estilo. Por eso elegí a King. Por eso huí de mi vida mediante las vidas inconclusas de otros. Porque nunca sabes el destino final del personaje de una novela cuando termina la trama. Porque nunca sabes si morirás con la literatura o lo harás por cuenta propia.


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Y aunque la enfermedad le cubre el hígado con manchas que a simple vista parecen países por conquistar, su paso es rápido y sus intenciones malignas. Tiene a un dios en el estómago. Un ente que ha matado a todas las mariposas que creyó poseer en la jaula de carne rosa y blanda. Y aunque le quede muy poco de vida, sabe que puede encontrar alguna oportunidad en el mercado de la carne; la que se compra, se vende y se regala en las calles grises de Babilonia. Porque el dios que guarda dentro le dice que abra las piernas pero siga vistiendo como la novia del crucificado. Del ente inexistente. De aquel que mataron en los libros. Y aunque las manchas le recuerden al lugar donde sabe que va a morir, en su cabeza sabe que para ser feliz, debe hacer lo que le venga en gana.

El Padre Nuestro le indica el camino a seguir, el pan que ha de comer, el gemido del dios que se muestra complacido.

La Virgen se alza ante ella para mostrarle las palmas de las manos llenas de cortes, llenas de lágrimas sin llanto, llenas de pureza ante la libidinosidad del acto incompleto.

El Espíritu se escabulle como niño tímido para convertir la inocencia en un acto cotidiano; el sexo no es suciedad si la conformidad se impone ante los practicantes.

Y aunque la enfermedad le muestra las preferencias de la vida, sabe que la ausencia de sus necesidades primarias puede ser revocada ante la magnificencia del goce y la carne húmeda. Cuando encuentra al candidato inicia la danza de Santa Camilla, la cruz de San Pedro le postra la cabeza para mostrar humildad; el hombre se agacha para descubrir un nuevo país, un nuevo sabor, el goce que ningún lamento de violín es capaz de detener.

La danza es macabra para aquel que quiera ver su lado más oculto, más oscuro.

Para que se alce la poesía la devoción debe ser máxima, completa, unánime. La lengua del mercader de la depravación pasa de un lado hacia otro, como si estuviera rememorando los pasajes del Antiguo Testamento. Caín. Adán. Noé. El sexo entre bambalinas es una fiesta urbana donde se oyen los jadeos pero la acción transcurre tras las puertas traseras. Es la celebración de lo antiguo, de lo más abyecto y lo más moderno. De lo abominable y de la explosión de la belleza. Los actos se escriben sin necesidad de teclas, sin necesidad de tinta, sin necesidad de escritura.

Se forma un puente libidinoso cuando los labios se juntan y las lianas de jugo transparente se funden en una, uniendo dos vidas que no sienten interés en saber el uno del otro. Y así hasta cuando el infinito es medido por la mente de un niño caprichoso. Todo termina antes de empezar, casi. La cofia le sigue cubriendo la cabeza llena de miedo y asco. La boca le sabe a goce efímero, dientes de ex fumadora, lengua afilada en el castillo de sus pensamientos.

Le gusta discutir con su dios cada vez que camina sola por la calle. Imagina que le ata una correa a la cabeza y la bola de goma es un bozal para adictos a sus vidas privadas. Y la cofia. Y la ropa. Y el sexo que ha tenido con un desconocido. Le gusta celebrar eventos con los habitantes de Babilonia. Conocer gente sin la necesidad de la palabra. Descubrir los rincones más ocultos en las bolsas de la ropa masculina, para poder seguir bajando la calle y que su hígado se cubra de manchas que parecen continentes extraños. Porque sabe que con ello, sus actos obtienen la más pura de las justificaciones.


Sexo y muerte en un vaso de ginebra; extracto del libro “La Hamburguesa Humana”

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Texto de Ricard Millàs

Este relato se incluye en el libro La Hamburguesa Humana, donde encontraréis algunos relatos de corte erótico, otros más crudos y una novela corta cuyo escenario se sitúa en el Hospital del Mar de Barcelona. Sexo y Muerte en un vaso de ginebra, título de este relato, es uno de los textos que contienen un alto contenido explícito donde el acto sexual se convierte en protagonista, dejando a un lado a quienes lo practican y  desplazando a su vez, al factor que en un holocausto zombi debería tener más importancia; los propios zombis. Los personajes de este relato, junto a los de otros cuentos que los hermanan, alteran el orden restando importancia al peligro y centrando la atención del lector en un acto tan usual como un simple polvo matutino. Mi intención es la de difuminar el efecto zombi sustituyéndolo por algo tan cotidiano como las relaciones humanas. Con ello no estoy quitándole importancia al género, simplemente uso los ingredientes que tengo a mi antojo.

Espero que disfrutéis el relato y si gustáis, podéis gozar en vuestra casa con el libro que da nombre al blog.

 

Sexo y muerte en un vaso de ginebra

Estáis toda la noche desnudos moviéndoos al ritmo de una canción eterna de amor y bailes de salón para jubilados. La música de ascensor es una geisha acariciándote los muslos; la ola perfecta para un surfista con mechas naturales. Te gusta bailar con ella y desnudaros uno enfrente del otro, sorbiendo de vuestros vasos de ginebra mientras la vida muere a dentelladas bajo la noche. Siempre termináis uniendo la perfección de vuestra sexualidad con el sudor sobre el sofá de piel agrietada. Follar es tarea fácil cuando el resto del mundo se sume en tinieblas. Por el momento hay electricidad; la luz sale de los edificios mientras las calles se tiñen de rojo. La muerte calza zapatillas de deporte y corre más que nadie.

Tus besos son el polvo que levanta la brisa en un planeta inexplorado. Las acometidas de la pelvis, un combate de cangrejos cerca de una fosa mariana. El suelo se llena de los gestos que haces cuando tiras la ropa interior al suelo; las muñecas se mueven como una bailarina clásica cuya entrepierna clama la obra de Tchaikowski. Wagner. Beethoven. Sostakovich. Sexo en lo alto de la alacena, sudor y jadeos en un piso que pronto perderá la belleza de los rincones. Alguien escarba en la puerta; un dedo sin dueño cuya piel se cae a tiras. El sonido de una uña trata de romper la magia de un buen polvo alcohólico. Te bebes la vida a sorbos. Quieres ser una leyenda.

En la calle un automóvil frena en seco y de su interior sale lo que antes había sido un hombre. Levanta la vista y te mira mientras disfrutas del goce espiritual; el sexo eleva el alma y reordena los pensamientos. Lo físico y lo metafísico unen sus labios y disparan sus lenguas como lagartos con los ojos amarillos. Mientras te muestras complacido sus ojos te miran y sus dientes quieren apretar tu carne. Masticar la carne. Paladear el sabor de una victoria monstruosa. Siguen rascando la puerta, hurgando con la insistencia de la n-muerte. Alguien más escucha en el rellano. Te levantas del sofá y buscas la postura que no se ha inventado. Te muevo en círculos mientras ella te mira divertida. Coges el vaso; te bebes un poco más de tu vida.

Beberse la vida es divertido, como sonreír en una fiesta llena de gente desnuda sin saber que va a morir. Sin saber que alguien va a masticarte hasta que solo queden los huesos.

Se oye un grito en el piso de arriba.

La atmosfera de humo de cigarrillos y alcohol robado es embriagadora. Abres los brazos mientras la penetras como si fuera la primera vez; la borrachera hace que te olvides de todo antes de paladear el amargo sabor de la resaca. Normalmente las resacas te invitan a despertarte antes de que salga el sol y busques la humedad de su flor, pero ahora todo ocurre antes. Justo en el momento en el que se añade otro muerto más delante de la puerta. El arlequín de la pared te mira fijamente. Sus ojos de madera se posan en los tuyos y te muestran la realidad. Sabes que falta poco, que los tatuajes de tu piel van a separarse de tu cuerpo, que el alcohol que te has bebido en toda tu vida ya no existe; ha bajado por las tuberías del sinsentido con todo el dinero que tenías. Enciendes un cigarrillo mientras mueves las caderas. Eres la ausencia del héroe. La ausencia de los sentidos. Bailas música de ascensor con un cigarrillo en los labios y la empalmada más bestia de toda tu vida.

Sus jadeos pueden oírse en un CD de Aphex Twin, en una celda para locos en el laberinto de la no-cordura. Las raspaduras de la puerta se convierten en golpes desacompasados como un tema de Drum & Bass; como un mono tratando de tocar una batería. Estás a punto de correrte. Estás a punto de que la semilla del amor caiga sin remedio en la piel del sofá; vas a tener que ir al baño a por algo de papel higiénico. Vas a tener que pasar por la puerta principal y escuchar de cerca la música del infierno. A ella no le gusta ir a por papel.

Eyaculas como un chimpancé aburrido.

Caminas descalzo por el parquet. La ceniza cae en el suelo. Sientes el poder de tu miembro palpitando como el corazón de un perro rabioso, furioso, erguido, incólume, tratando de escupir un poco más de placer en formato líquido. Ella se acaricia los pechos mientras ve como te fundes con la oscuridad del pasillo. Tratas de evitar el ruido de la puerta. La mirilla te muestra la verdad; hay cuatro moribundos moviéndose a espasmos, tocando un tema zulú en la puerta, buscando el refugio de la carne cruda. Coges algo de papel de váter y corres por el pasillo. El diablo te fustiga en las nalgas antes de que la luz del salón te acoja en el apogeo de su esplendor; en la calidez de la supuesta evolución del hombre. La electricidad durará poco y lo sabes. Bebes otro sorbo mientras ella te mira una vez más. Llora con una sonrisa en la boca porque quiere más sexo antes de morir. El romanticismo adopta tintes dramáticos. La locura del ser humano se abre de piernas en el sofá y la penetras en un intento de eludir el horror. La hiel que le cae por la entrepierna no debe lamerse. Es hora de la absolución de tus pecados. Dios te mira y el Diablo mueve a la Reina. Jaque Mate. La dama de la guadaña se sienta junto a vosotros y se toca la entrepierna.

Los golpes cada vez son más fuertes. Los goznes de la puerta comienzan a ceder; el ímpetu de los desaforados abre una brecha en la idea del confort imperante. Moriréis desnudos junto a una réplica de M.C.Escher. Ella abre más las piernas y tú la sacas y bebes el último sorbo del vaso. Te gustan sus uñas pintadas de rojo. Te gusta sacar hielo del congelador cuando vas totalmente desnudo. Dejas que suspire. Dejas que desde el sofá te lance un hechizo; estás a punto de tirar el vaso al suelo y tirártela mientras la lujuria se refleja en sus ojos. Tratas de aguantar mientras la madera de la puerta cede por momentos. Van a comerse tu carne. Van a cortar por lo sano.

Sales de la cocina con el vaso lleno; el ruido que llega desde el pasillo comienza su particular cuenta atrás. Le ofreces el vaso mientras no puedes evitar clavar los ojos en la oscuridad. Suenan los tambores del hambre. Enciendes un último suspiro con la llama del cigarrillo. Le estampas un beso en la boca y dejas el vaso en la mesa. La abres suavemente de piernas y te colocas frente a su vagina. La miras directamente. Te pones en situación. Recorres las olas del placer con la tabla de surf de tu lengua. Los gemidos rompen en las playas de sus cuerdas vocales. Te olvidas de los golpes y de la madera que se rompe por momentos. Exploras la cueva del amor a mordiscos. Recorres con la punta de los dedos la dulce curvatura de sus pechos y le pellizcas un pezón hasta que se vuelve rojo. Rojo como la sangre que está a punto de derramarse encima del sofá. Un último golpe termina por derrumbar las almenas de vuestro castillo de placer.

Entran tropezándose los unos con los otros. Bebes otra vez, tienes tiempo para ofrecerle un último sorbo a sus lágrimas. Ella llora por última vez mientras entran en el salón y se abalanzan sobre vosotros. Se desgarra la carne y el placer se evapora con un último suspiro. Estuvisteis toda la noche desnudos moviéndonos al ritmo de una canción eterna de amor y bailes de salón para jubilados. La botella de ginebra cae al suelo y el licor se mezcla con la sangre.


Conversión

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La escena se funde en negro cuando el contacto de sus dientes con tu piel acrecienta el latido del corazón. El bombeo de la sangre es el pistón de una enfurecida locomotora huyendo de las flechas enemigas. Huyendo del nuevo orden imperante. La muerte sonríe eternamente y no se preocupa por las manchas rojas que luce en la ropa. Las medallas negras se muestran opacas bajo la crueldad del sol. Nada importa mientras la vida se muestre como un tierno bocado.

Has sucumbido bajo el poder del paso renqueante, de la muerte subida en un caballo con la boca llena de espuma. En un par de horas volverás a abrir los ojos y lo que hayan dejado los zombis formará parte de tu cuerpo. Mientras alguien desgarra el tejido muscular de tu brazo izquierdo piensas en cómo va a ser tu nueva vida. Agradeces que nadie se haya fijado en la piel tatuada del bicep izquierdo. El precio de los tatuajes ha subido demasiado en los últimos dos años. La musa que te mira gravada en tu piel es la última mujer que vas a ver en tu vida.

El deseo se escurre junto a la ingente cantidad de sangre que brota de tu cuerpo como si fueran lágrimas derramadas en el día de los muertos. La llorona roja fluye por el dibujo de la baldosa de la ducha.

Eres la versión zombi de Janet Leigh con el pingajo colgante de tu miembro a modo de representación masculina.

Una dentellada en la pierna dispara la alerta del sistema inmunológico. Los agentes en miniatura acuden al rescate en el micromundo de tu anatomía humana. No sientes nada porque has caído víctima del coma. Tu cuerpo se convulsiona mientras la conversión libra una batalla con tus defensas. No existe el dolor cuando la ausencia de los sentidos se hace latente.

Vives tu propia pesadilla escondido en la negrura de la inconsciencia.

La carne se desgarra de tus huesos con la misma facilidad que un vampiro vacía las venas de una diva del celuloide. Como si fueras la protagonista de Nosferatu, el zombi adopta el papel de Max Schreck mientras la ausencia de unos pechos femeninos se dibuja contra el blanco deteriorado de la baldosa de la ducha. No eres una estrella de Hollywood pero todos están pendientes de ti. Desean tu carne y tu cerebro. Obviando tu modo de ser ingieren la carne sangrante que se desparrama por el suelo a modo de alfombra.

Tu consciencia retransmite el evento de tu descuartizamiento. Mueres a sabiendas de que vas a volver a ponerte en pie, suspirando por la carne de tus semejantes. En realidad lo ves todo en tu memoria. Oyes como rascan sus gargantas por la ausencia de saliva mientras tragan carne y se regodean en su postura de acólitos de la muerte. Mueres poco a poco para volver a nacer; esta vez no habrá parto posible. La anti-naturaleza jugará su papel por vez primera en tus carnes. O en lo que queden de ellas.

 

Han entrado en tu casa formando un tremendo alboroto, como una horda de niños hambrientos han exigido sin palabras el calor rojizo que se esconde bajo tu piel. Lo peor de todo es que no te has enterado. El volumen de tu equipo estereofónico casi roza los límites de la paciencia humana; nunca has tenido en cuenta que siempre has vivido rodeado de otras personas. El hecho de formar parte de la raza humana nunca ha sido un impedimento para exigirte a ti mismo alcanzar la cima de tu egoísmo. Nunca te ha importado la gente, ni tan solo te has molestado en pedir auxilio cuando el terror ha irrumpido en tu casa y te ha obligado a correr hacia el baño y protegerte con la frágil balda que se esconde detrás de la puerta.

El egoísmo se muestra fiel hasta la muerte.

Los golpes han sido tan fuertes que el sonido de la música se ha convertido en un rumor. La banda sonora de tu muerte ha rebotado en las paredes de tu piso. Convertido en víctima has buscado protección en tu imagen reflejada y en las cortinas de la ducha. No hay forma de salir vivo cuando la muerte llama a la puerta. Has esperado durante dos horas mientras la dureza de la puerta se ha convertido en la fragilidad del batir de las alas de una mariposa.

Prolongar el sufrimiento inyecta pensamientos descorazonadores en la mente; es hora de afrontar la realidad.

Has abierto la puerta a las decenas de bocas hambrientas y les has ofrecido el poder de la redención de la carne. La batalla llega a su fin antes de comenzar. De un salto la planta de tus pies desnudos se han posado en la baldosa de la ducha. Las primeras gotas de sangre han caído como las lágrimas de una niña malcriada. Los primeros mordiscos han ocurrido bajo la asepticidad de la baldosa blanca.

 

Cuando la blancura de tus ojos se acostumbra al entorno ya no eres consciente de tu nueva condición; lo único que deseas es volver a sentir la vida corriendo por tu interior como una manada de caballos salvajes mostrando la grandeza de la existencia. Te pones en pie y caminas sin ser consciente de que lo estás haciendo. Las láminas de Linchenstein que cuelgan de las paredes de tu vivienda ya no significan nada para ti, al igual que la música de Hans Zimmer que sigue brotando de los altavoces buscando la inexistente exaltación de los sentidos. La media docena de cuerpos que deambulan contigo por el piso lucen restos de sangre fresca cayendo por sus rostros, formando nuevas condecoraciones en el ejército de la muerte.

Te unes a las tropas de la podredumbre cuando salís del piso y camináis en tropel, buscando nuevas vidas en el desorden que habéis ocasionado con vuestra ansia por la ingesta de carne viva. Ya nada importa, excepto el primer lamparón rojo que cuelgue de tu camiseta.