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Instinto

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Se acerca demasiado al peligro. No es la primera vez que se lo dicen. Pero a él no le importa demasiado perder un brazo o ser atropellado por el tumulto que produce el vehículo moderno. No le interesa la vida puesto que la muerte le parece atractiva desde un ángulo de profundo pesimismo. Utiliza su vida para poder enfocar el deseo de dejar de existir desde prismas distintos. Utiliza su vida para enroscarse dentro de un deseo cumplido y así justificar sus ganas de abandonar la luz que prologa a la oscuridad eterna. Se viste con las llamas del deseo, aquellas que solo pueden quemarle la piel estando vivo. Aquellas que producen un pequeño destello en sus ojos cuando el calor se pone en contacto con la leche del reverso de su mano. Una vela señalando al cielo. Un dedo hurgando en la idea de aterrizar en el infierno cuando el prólogo de la vida sea leído.

Se establecen paralelismos entre el deseo de morir y las pocas ganas de vivir.

Aun así sus sentidos le ayudan a ahondar en sus pesquisas; ritos que solo se celebran en la mazmorra de su mente. Palabras que nunca serán pronunciadas por brujo alguno, hechicera sexual, niña poseída por demonio con nombre de grupo metalero. El mundo se convierte en un escenario donde poder realizar macabros rituales invisibles a los ojos de aquellos que se cruzan en su vida. En su no-vida. En su deseo porque el tecleo del prólogo cese y la muerte se vislumbre subiendo por una cuesta de suelo adoquinado.

Se adivina a sí mismo tirándose a la vía del tren mientras lo balean por la espalda.

En sus sueños siempre aparecen animales; lagartos, serpientes, gatos, ranas y pájaros negros. En sus sueños la noche es como el sol que da vida para después producir un melanoma; cáncer en cápsulas de placer momentáneo. La piel es un mapa de atrocidades naturales donde no hay lugar para el drama. La muerte no espera música solemne ni cánticos ancestrales; el silencio previo al último estertor debería ser la única sinfonía para cuarteto de desgracia y suerte invertida.

Se adivina a sí mismo siendo acuchillado por la brutalidad de los acordes de cuatro jóvenes destruidos por la brutalidad de la música oscura.

Metalheads buscándose en la eterna juventud. Pájaros aparecidos en sueños arrancándole el único por el que puede ver un futuro inventado. Es probable que muera de viejo. Es probable que muera de joven. Es inequívocamente remoto el destino de aquel que muere día a día mientras se prepara para recibir a la dama de negro. Se la imagina desnuda. Se la imagina vestida. Se la imagina dictándole palabras y poesía que nunca nadie comprará. En su ímpetu por llegar antes a la meta de la vida se sumerge en el mar cuando la luna lo ve alegre por primera vez; alegre porque la vida acecha en la profundidad del agua; vida que quizá lo convierta en muerte.

Tiburones, peces martillo, orcas, animales acuáticos enfadados porque sí.

No existe animal fiero sino hombre desarmado. No existe la vida cuando espera a la muerte mientras el oleaje le cubre hasta los hombros. No importa nada excepto el agua fría montándoselo con su piel. Necesita ser violado por el agua. Necesita una bala perdida ante el posible fallo del asesino líquido. Una ola lo desplaza un par de metros para arrastrarlo mar adentro. Se deja llevar por la corriente. Es emocionante. Le gustaría ver llegar a la muerte con un biquini negro y una sonrisa blanqueada por la química legal. Sonríe cuando su cuerpo se coloca en línea ante la corriente que lo arrastra a los confines de un imperio profundo. Un imperio silencioso. Un imperio sin héroes ni villanos. La maldad es el silencio que precede a la vileza de los actos.

Delfines zombi, acantilados que sonríen mientras el agua entra por la boca, una estrella fugaz.

No existe animal furioso sino hombre suicida; la enorme mandíbula se cierra en torno a su brazo izquierdo. La sangre es invisible cuando la noche hace demasiado tiempo que se ha cerrado. Hablamos de horas. El tiburón ni sonríe ni llora; simplemente cumple con sus instintos. Su panza blanca pertenece a la del tiburón blanco. Es una hembra. Mastica dos veces la carne sanguinolenta para luego escupirla.

Su aleta desaparece en la inmensidad del palacio negro. Estrellado. Exento de compasión.

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Su cuerpo sigue flotando en la dirección a la que le lleva la corriente. No tiene miedo; simplemente nota el brazo que le falta. El sabor de los humanos no es muy agradable para los tiburones. Mala suerte. En otra vida quizá le toque ser un pez sabroso. Un invertebrado sin razones para pensar; la única vida es buscar el modo para conservarla. La sangre atrae a otros animales. Nota la viscosidad de sus pieles rozando la suya. Hace el amor con los seres de las profundidades que, en un alarde de caballerosidad, han emergido para saludarle. Para oler su sangre. Para observar la ridiculez del acto suicida.

Le extraña no haber sufrido un ataque al corazón. Un desmayo. Una pérdida de la realidad. Aun así trata de disfrutar del sueño que tantas veces se le ha aparecido en forma de animal.  Si en tus sueños aparecen lagartos es que un enemigo poderoso tratará de atacarte. Si en tus sueños aparecen perros es que alguien que consideras cercano buscará traicionarte. Si en tus sueños aparecen serpientes es que el diablo ronda cerca de ti. Las presencias viscosas pasan tan cerca de su cuerpo que no puede evitar reír como el estruendo que provocan dos trenes al chocar; en realidad está asustado.

En realidad considera que nunca se está preparado para la muerte aunque esta forme parte del proceso. Nunca se puede aceptar aquello que nos niega a todo lo que hemos sido. La oscuridad que lo rodea quizá sea el último capítulo de su vida. Busca en su cabeza algo con lo que distraerse cuando el corazón se le acelera tanto que la sangre que escupe su brazo tiñe el agua a demasiada velocidad. Algo grande y negro le estira una pierna y lo hunde. Algo grande y negro hace crujir el hueso del tobillo derecho para empujarlo en dirección al infierno. Tan solo necesitaba imágenes poéticas mientras se desangraba en la corriente. Tan solo quería algo de épica mientras su vida se cerraba el sostén.

El agua entra en sus pulmones y la poesía se torna invisible. Bella. Exenta de palabras.

Los monstruos de las profundidades nadan en dirección a la corriente. Esperan encontrar más hombres deseosos por toparse de morros con la muerte. La que nunca espera a nadie. La que trata de complacer a quienes se enamoran de ella.

Instinto. Mandíbulas cerrándose alrededor de la piel tirante. El festín es un concierto repleto de manos simulando los cuernos de la antítesis de Dios.

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Nacido en una ciudad de muertos

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“Nacido en una ciudad de muertos”.

Bruce Springsteen.

Una de mis pasiones siempre fue la de auyentar la depresión mediante la lectura. En mi caso Stephen King me salvó de un intento de suicidio por parte de los agentes que manipulaban mi mente presentándome al payaso de sonrisa traicionera que habita en las páginas de It para que mi alter ego, algo deprimido, no sucumbiera al triste advenedizo que me dictaba el acto de la muerte voluntaria. (Inspiro, expiro). Muerte. Vida. La antítesis de la idea del fallecimiento prematuro se me presentó mediante una sucesión de relatos donde varios niños hacían un dique en un extraño rio donde habitaba un extraño ser. El animal, por nombrarlo de alguna forma, se escondía detrás de diversas máscaras, como el monstruo con escamas que salía del agua en el momento más inesperado de la vida del niño que presuntamente tenía que ser atacado alrededor de la página doscientos diez. Todo se mostraba en sueños, alucionaciones y escenarios irreales para que el acto de suicidio se diluyera de la forma más peculiar posible. King me mostró a varios monstruos mientras que las ganas de abandonar el mundo se escondían en algún lugar de la cabeza. Descubrí que existían diversos escondites dentro la cabeza; tantos como uno quiera construir mediante los libros. King me dijo sin necesidad de personarse en la habitación que me servía de refugio contra mi mismo, que Jack Torrance estaba mucho peor que un servidor. Que Carrie sí que tenía motivos para abandonar su vida y que el cementerio indio del que tanto se hablaba en Cementerio de animales, era algo mucho más terrible que el interior de mi raciocinio. Busqué dentro de los libros y encontré el remedio; leer me estaba salvando de la idea de matarme con algún remedio indoloro. Porque yo era uno de aquellos que, ya que no quería luchar por su felicidad, tampoco deseaba hacerlo contra el último acto doloroso que me ofrecía a mi mismo. Supe que la vida y la muerte iban cogidos de una mano fría, incómoda, extremadamente real. Averigué que la vida es una montaña helada que tienes que subir cueste lo que cueste pero que también, puedes abandonar su ascensión en mitad del trayecto para dejarte caer y experimentar la muerte en vida.

Extraje varias conclusiones a partir de los libros del maestro King; uno puede asimilar el número de historias que quiera para abandonar su propio mundo y así, suicidiarse sin necesidad de que el cuerpo deje de funcionar. La lectura era mi particular modo de auyentar a la muerte pero también de acercarme a la idea de abandonar las riendas de mi propia vida. Me sumergi en varios relatos para olvidarme de mi. Me compré un montón de libros extraños repletos de historias con el mismo personaje porque me gustaba verlo sufrir; sabía que en realidad era King escribiendo sobre el monstruo que podría llegar a ser cuando tenía resaca o ganas de meterse una raya de cocaína. Experimenté la desaparición del yo buscándome en los relatos del escritor. Ese fue mi primer error; no debía acordarme de que era yo el lector de aquel libro. Tenía que transformarme en la historia, vivir lo que King me estaba dictando; tenía que entregarme del todo para olvidar quien era.

Y así fue como puede desconectarme de una vida repleta de intentos imaginarios de suicidio, de la ingestión ficticia de antidepresivos y de la muerte de todos aquellos enemigos que me había forjado en la mente. Porque yo quería más protagonismo. Más vida envuelta de muerte. Más puñetazos sin dolor. El payaso de King me dio un globo y dejé que me arrancar un brazo. Sí. Tuve mis momentos de querer morir a pesar de no saber quien era. Supongo que siempre estamos conectados a nosotros aunque no nos guste. Tenemos un puerto USB en algún lugar invisible que nos conecta a la oscuridad en los momentos más insospechados.

Igual que el payaso de King o los arrebatos de furia de Torrance.

Huimos de la vida para adentrarnos en la de otros. Mi pasión por desaparecer sin necesidad de experimentar la muerte se convirtió en la inefable necesidad de emerger como lector y así, convertirme en relato. En el relato de otros. Porque lo que más desea un escritor es que sus palabras tomen vida de alguna manera: y esa manera, la mejor opción de todas, es hacerlo en el interior de la cabeza del que se ha comprado tu libro. Es decir, el lector paga para tragarse las manías del que las exhibe. El acto egoista del autor no es más que una bocanada de humo de automovil renqueante disfrazada de relato. Te jodes. En mi caso la idea del suicidio no era más que otro relato correteando por mi mente sin otra misión que la de despistarme de lo que realmente quería hacer cuando abría un libro. Mi depresión se tornó historia inconclusa. Me cabeza repleta de negrura no era más que una paranoia sin sentido alguno de la coherencia. El único inconveniente es que era real. Quizá este relato también lo sea. Qué más da. Hay que morir en vida para poder soportar las mierdas de los autores. En el caso de King, su mierda sabe a pastel de manzana. Me tragué tanto pastel que mi estómago lo vomitó todo. Como si fuera un romano en una orgía de comida y sexo, tenía que vaciarme para poder tragar más y más. Descubrí nuevos autores cuyas historias construyeron más laberintos de pared carnosa de color rosado. Y allí traté de perderme. De buscar sexo sin tener que abrirme la bragueta. De aventuras sin necesidad de rasgarme la camisa. De pesadillas sin forma que sepultaron, momentáneamente, la ansiedad de suicidio.

Creo que morí mil veces para levantarme de nuevo, con las piernas rígidas como estacas para vampiros y el corazón bombeando tinta impresa. Puse los brazos en cruz para redimirme como si fuera un vulgar Cristo de Biblia de papel para fumar. Y obtuve la libertad. Sí. Pude lamerle los pechos a las musas que muchos decían que se les metían debajo de las sábanas cuando no encontraban motivos para seguir con sus obras. Me follé a las heroínas que crearon los escritores pajilleros y pude arrancarle los huevos a los monstruos que simplemente trataban de hacerme olvidar mi muerte en vida. Me convertí en una especie de zombi, renovado por el afán insaciable de palabras impresas, de ideas nuevas y arriesgadas, de textos que no buscaban la redención, sino, simplemente, el afán por contar una buena historia sin necesidad de ascender al cielo. ¿Quien quería subir por el ascensor del firmamento literario? Todos los putos redactores que emularon a King y no supieron encontrar su estilo. Por eso elegí a King. Por eso huí de mi vida mediante las vidas inconclusas de otros. Porque nunca sabes el destino final del personaje de una novela cuando termina la trama. Porque nunca sabes si morirás con la literatura o lo harás por cuenta propia.