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Síntomas de realidad

penya

El relato dignifica el alma y te pone en su lugar. Cuando cierras la luz después de teclear el punto final algo empieza a correr por tus venas. Es la auténtica liberación del espíritu. El diablo que siempre ha estado ahí pero que ahora puedes oír. Cierras los ojos. Ahuyentas la voz trémula que a veces te dice que no puedes seguir. Que debes poner el intermitente, estacionar en el andén y apagar el motor. Normalmente ocurre cuando llevas tiempo dándole a la máquina de las mentiras pero el reconocimiento sigue aletargado. ¿Quién dice que algún día va a despertar cual Nosferatu en un velero con destino a Londres? No, hay que seguir manteniendo el espíritu libre y los dedos ágiles para seguir aporreando a la realidad con tus mentiras, ilusiones y orgasmos mentales. La palabra es un acto de liturgia cuando la pones en movimiento. Escenificas ideas hasta que estas se tornan una variante de piscina vacía donde deslizarte con tu patín hasta quedar agotado frente a la pantalla. Hubo un tiempo en el que consideraste a los escritores como algo sagrado para descubrir al poco tiempo, que eran gente como tú. Algunos necesitaban protagonismo, otros simplemente trataban de mejorar.

El afán de protagonismo llena un par de minutos de tu vida como artista efímero.

Y digo efímero porque en la actualidad todos necesitamos ser especiales. La fijación por nosotros mismos nos la regaló el cerebrito de Facebook. Fotos de pies. De comida. De rollos que hemos conocido en antros con poca luz y el suelo pegajoso. La vida transcurre mientras la Tierra sigue dando vueltas, engañándonos a todos con su baile de música para ascensores. Piensas en todo ello ahora que no sirve para nada. Ahora que los fantasmas del mundo actual se han convertido en despojos unánimes a un grito silencioso: el grito del hambre eterna. El hambre por protagonizar, por morder el anzuelo de la vida exitosa. ¿Te acuerdas cuando comenzaste a fantasear con la escritura? ¿Te acuerdas cuando tenías que imprimir tus relatos y salir a la calle infestada de anónimos?

Sí, lo recuerdas todo como si fueras un secundario de Z-Nation, solo que los zombis eran el depredador humano, enarbolando una sonrisa de dientes afilados. La primera mordida fue en una entrevista de trabajo, cuando alegaste que escribir era tu pasión y que habías adquirido las 400 pulsaciones escribiendo relatos de zombis. La pregunta de la entrevistadora te desgarró las entrañas, solo que no te diste cuenta. “¿Así que has adquirido rapidez haciendo ESO?” La carne quedó rígida para pasar a infectar los órganos principales de tu deteriorada salud mental; ilusión, esperanza, ganas de moverse por cuenta propia. Todo terminó por derrumbarse. Luego la infección pasó a tu sistema nervioso; el sudor corría por tu cara igual que la sangre de los corderos que habitaban la Biblia. Tu cerebro abandonó toda esperanza de encontrar un segundo empleo. El primero no daba mucho para vivir. El segundo tendría que ser un motor de 1200 caballos. La bestia. Saliste a la calle aturdido, mareado, la mordida te dejó la camisa desgarrada.

Solo podías ver la herida reflejada en los escaparates.

La gente seguía con sus vidas: caminaban, apenas te vieron, si hubieras caído al suelo nadie hubiera hecho nada. Normal. Tú también lo haces. La gente cae continuamente al suelo de sus vidas y nadie hace nada para levantarlas. Hay que tropezar, te dicen, así podrás volver a levantarte aunque tengas las rodillas en carne viva.

Meses más tarde la epidemia del dolor personal llegó a través de las ventas de tus libros; no vendías lo que tu yo del pasado había imaginado. Imaginar es para niños grandes y para muertos vivientes de su propio ego. En realidad no nos hace falta carne mientras tengamos la nuestra. Nos alimentamos de los comentarios que van dirigidos a nosotros. EGO. Una pieza difícil de colocar en el castillo de nuestra mente. Los libros se distribuían pero tenían pocos compradores. Nadie dijo que fuera fácil y menos cuando tu nombre no salía en las marquesinas de las paradas de autobús.

¡Serás soñador! ¡Serás niño!

 Te diste cuenta de que lo había que alimentar era al vampiro que se nutría de halagos, de palmadas en la espalda, de momentos felices…

Pero nunca de dinero.

Pensaste que hacer algo de provecho económico dejando el arte aparte sería lo más justificable. Así que buscaste trabajo y enterraste al escritor. Mentiste cuando dijiste que tu mayor afición era la poesía recitada en la mente mientras nadabas. Seguías escribiendo en secreto. Tecleando mentiras que sonaban a verdad. Esculpiendo mundos invisibles que necesitaban de las palabras para ser descubiertos. Hasta que al fin firmaste un papel que te retuvo en una empresa durante varios meses.

Conociste a gente y fumaste en las horas libres. Llegaste a tener una amiga con la que contarle tus intimidades e incluso, confiarle quien eras en realidad. Peter Parker no es Spiderman, es un fotógrafo mal pagado. La realidad siempre es más impactante que la ficción. Eras el hombre araña en la intimidad mientras te mostrabas ante el mundo como uno más. Un zombi con hambre de red digital y consumo efímero.

Aun así seguiste tecleando para esculpir tu estilo. Conseguiste algunos logros personales y los celebraste a solas. ¿Realmente necesitas a alguien cuando tu oficio es el de estar solo? Hay que saber estar a gusto con uno mismo cuando el espíritu es un soldado independiente. Cumplir objetivos no tiene nada que ver con el éxito social. Los logros se diluyen en poco tiempo a ojos de otros. Decidiste seguir viviendo, seguir tecleando y peleando por ti. Nada de fotografías con grandes autores. Nada de elogios por parte de nadie.

Solo quieres oír la voz del diablo que corre por tus venas cuando cierras la luz después de inventarte otras vidas.


La hamburguesa humana vista por Ale Oseguera

La periodista y performer Ale Oseguera, componente del grupo teatral Las hermanas del Desorden y el Prostíbulo Poético y poeta activa en el Poetry Slam y el Periferic Poetry, me ayudó el año pasado con la presentación del libro La hamburguesa humana. Siempre es de agradecer conocer la opinión de una actriz y poeta totalmente desvinculada con el mundo de la literatura zombi, ¿no os parece?

Aquí os dejo con el texto que formó parte de dichas presentaciones.

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Ale Oseguera es Marea en el Prostíbulo Poético. La fotografía es de Diambra Mariani y Francesco Mion.

“Cuando recién conocí a Ricard Millàs, él era poeta. Al poco tiempo comenzó a publicar un blog-novela que se llamaba “La carne no está en venta”. Era un proyecto muy arriesgado porque cada post era un capítulo que se podía leer al instante. El escritor, en este caso Ricard, no tenía opciones de revisión o de reescritura.

Fue entonces cuando conocí a Ricard Millàs, el chico que cambió los poemas por la sangre desgarrada, el hambre y las vísceras que conlleva un escenario como el de un holocausto zombie.

“Los muertos trajeron el orden, convirtiéndose en cazadores sin armas, pequeños dioses que equilibraron la balanza de las clases sociales y sentaron en el mismo palco del teatro del mundo, a todos los que sobrevivían a sus ataques.”

 Arriesgado. Creo que puedo empezar a definir así las letras de Ricard. Arriesgado es escribir literatura de temática zombie. Sobre todo, porque es una etiqueta que la encasilla y la limita. Así pasa con “La Hamburguesa Humana”.

Los personajes que protagonizan los relatos de este libro tienen varios objetivos: comer, amar, follar, sobrevivir… Como cualquier ser humano en cualquiera de las circunstancias. El mundo post-holocausto zombie en el que viven es el escenario, pero más que nada, el pretexto y el motivo. En esta situación límite, creada por Ricard Millàs, Rosa, Liliana, Rocky, Zacarías y tú, y sobre todo tú, yo, el lector, llevas tus deseos, necesidades y pasiones al extremo y al delirio. Somos depredadores con ganas de sentirnos vivos.

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Con un estilo, calificado de personal e intransferible, Ricard Millàs logra retorcer el género, no hacia lo gore o al derroche sanguinario del morbo, sino hacia la poética, a la estética, incluso al verso. Este libro es apto sí, para los amantes del género, para los seguidores de lo tarantinesco y los seriales a lo Walking Dead, pero también para gente… como yo. Que preferimos otras temáticas, otros estilos, pero siempre Literatura. Ricard Millàs, si algo logra con este, su tercer libro, es demostrar que la Literatura es arte, y que como tal, el arte logra mostrar belleza y sentimiento, aún en la más insana de las circunstancias. La hamburguesa humana es un libro que estremece, que erotiza. Es Literatura con mayúsculas y sin censura. Y como dice él mismo:“Lo demás es una pesadilla de mal gusto en el tercer sueño de un adicto a la literatura pulp.”

Ricard Millàs hace del lector, protagonista. Personaje principal de un holocausto zombie muy alejado de lo habitual. Un lugar en donde los vivos y los no vivos apenas se distinguen unos de otros. Ricard nos habla directo, como una bala a la mitad de la frente, y nos hace enfrentarnos a la realidad, a nosotros mismos, desnudos y hambrientos, con una prosa intensa, valiente, original y a la vez, elegante.

Me suscribo a las palabras de Alejandro Castroguer, autor del prólogo:

 “Por entre estas páginas habitan comensales poco exigentes, tipos de paladares muertos y bocas hediondas como un féretro abierto, perdidos en ciudades que son un infierno de ambulancias, tanques del ejército y caníbales desprovistos de ingenio; laberintos de callejuelas con hedor a orín y perro flaco. Una algarada de cuerpos ayunos de voluntad y ciegos de ira, hombres y mujeres más muertos que el sindicalismo español, mileuristas de la carne que suspirarían por abrazarse a golpes a tu cuerpo, por besarte a bocados en la mejilla”

La hamburguesa humana está hecha de ese dolor, de sangre, de la carne palpitante de los sobrevivientes, de la carne podrida de los convertidos. Está cocinada con deseo, mucho deseo, y a base de embestidas y jadeos. Como en la más sudorosa sesión de sexo desenfrenado”.

Estas fueron las palabras de la poeta mexicana afincada en Barcelona. A decir verdad, me llegaron al corazón y siempre guardaré sus impresiones, siempre verdaderas y llenas de afecto hacia el libro. Tengo que decir a favor de quien desee zambullirse entre sus páginas, que tengo intención de sacar una segunda edición en físico. Por el momento, podéis adquirir el libro en formato digital mediante este link o a través de la plataforma Lektu.

Y una vez más y esta vez a través de la pantalla, ¡gracias Ale!


Úrsula

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A Úrsula le mordió un zombi tan guapo que enseguida se enamoró del amarillo de sus dientes. Le gustó sobremanera ver su carne bailar entre los dientes del mancebo. Ver sus ojos cambiar al blanco más rápidos que el escupitajo de un colibrí. Ver como la sangre la caía por el brazo hasta empapar de rojo su mano y teñir el suelo con pequeñas lágrimas de alegría circunstancial. Úrsula amó desde siempre a los monstruos de Hollywood y a los de verdad. Cuando la pandemia estalló corrió al salón de casa de sus padres para ver con una expresión de pura emoción el desorden imperante que reinaba en las calles. Bajó corriendo las escaleras hasta llegar a la portería y contemplar al abrir la puerta el espectáculo de la muerte en todo su esplendor.

A Úrsula le costó caminar cuando la conversión tuvo lugar en su cuerpo y la oxidación de sus extremidades se materializó bajo la estupefacción de un grupo de supervivientes que, disparaba con armas de caza desde el interior de un Ford demasiado grande para los brazos de la adolescente que lo conducía.

A Úrsula lo atacó un zombi guapo con chaqueta de chándal y zapatillas de baloncesto sin cordones. Se detuvo para compartir su carne y besar al dolor directamente en los labios. La ilógica de su manera de ser suple la irrealidad que constantemente impera en el mundo. Los muertos trajeron el orden convirtiéndose en cazadores sin armas, pequeños dioses que equilibraron la balanza de las clases sociales y sentaron en el mismo palco del teatro del mundo a todos los que sobrevivían a sus ataques. Úrsula pudo verlo todo desde primera fila, con el muñón de su brazo a modo de estandarte en pro del nuevo orden mundial. Cuando la joven Ingrid se le cruzó por delante le propinó una dentellada de rabia conjugada con algo de hambre. Rabia por no dar con el zombi guapo. Rabia por sentirse una perdedora con la mente vacía y los ojos como el blanco de la esfera de un reloj que nunca se detiene. Caminó en línea recta obviando los gritos de Ingrid y escaneando el escenario en busca de su “hombre”.

A Úrsula uno la conoce por su paso renqueante y por el castañeo de unos dientes que, en vida, jamás quisieron tragarse un plato de caracoles. Desde su parapeto el pequeño Roberto la espiaba con un cuchillo con el mango de cuerno y las zapatillas con el motor en marcha. Sus piernas se catapultaban hacia ella como una lengua de reptil. Sus brazos se abrieron como el batir invisible de unas alas bajo el embrujo de la taxidermia y se lanzó contra la supuesta mordedura de la no-muerte. Úrsula lo recibió con desilusión; esperando la llegada de su amor corrupto abrió la boca para iniciar la ingesta de carne roja bajo la inútil protección de los gigantes grises de la ciudad.

Roberto cayó sobre ella y la abrazó con pasión extinta, con instinto de asesino sin sueldo, lo hizo por obligación y porque no tuvo más remedio. Le clavó el cuchillo en el estómago y lo retorció sin ganas. A Úrsula uno puede conocerla por sus ganas de enfrontar los problemas y hallar la irremediable absolución de lo que queda de su alma; se levantó del suelo al no afectarle la cuchillada y cogió por el pelo al joven Roberto. La cuenta atrás de la dentellada del hambre empezó cuando el cuerpo maltrecho del zombi guapo apareció por una esquina sin iluminar y Úrsula lo contempló con el blanco de su mirada. Roberto se escabulló regalándole un mechón de su pelo a la extinta belleza de la zombi. La cuenta atrás de la dentellada se detuvo en seco, iluminada por un rayo de sol escupido por el propio Dios.

El cuerpo de Ingrid renació en la dureza del asfalto, sin saber adónde ir, sin poder calcular sus pasos bajo la inclemencia de un sol que comenzó a salpicar la calle. La niña buscó a Úrsula porque no sabía qué hacer. Tenía hambre pero no sabía de qué. Sentía una terrible ansiedad que trataba de agarrarle el interior del cuello desde el estómago. Buscó con la mirada a su creadora hasta encontrarla enfrente de un zombi con chaqueta de chándal y de delicadas facciones. El zombi guapo deslizó la suela de sus zapatillas por el asfalto al no saber cómo reaccionar ante la mirada petrificada de Úrsula.

A Úrsula uno la conoce por la insistencia de sus maneras y por la fijación que siente cuando algo la atrae a sobremanera.

Sin saber que hacer siguió el lento caminar de su amado mientras los espectadores del renacer del nuevo mundo corrían por la calle buscándose a sí mismos ante tan desesperada situación. Ingrid se unió a ellos en completo silencio, avanzando como podía con la herrumbre de sus piernas. Buscando la dentellada que le daría la bienvenida al reino de la no-vida. Los tres cuerpos trataban de perderse en la multitud mientras Roberto echaba en falta el mechón de su pelo; su vida seguía latiendo al ritmo de las agujas de un reloj.

Hasta que el Ford se detuvo a dos centímetros de su estupefacción y la adolescente sentada frente al volante le mandó que subiera.

El vehículo rodó imponente por la calzada mientras la muerte extendía los brazos, buscando el codiciado regalo que cargaba munición dentro de la transparencia del cristal. Los disparos unieron a la vida y la muerte en un cruce de caminos circundado por rótulos luminosos y publicidad no deseada. Las ventanillas abiertas convirtieron al supuesto cazador en presa fácil y los zombis se arremolinaron pidiendo sin palabras la codiciada limosna de carne roja y sangre fácil. El fuego de las armas apenas pudo contener a la horda. Roberto se escabulló por la trampilla del techo del Ford y saltó al suelo aprovechando el desconcierto de su propio enemigo. Sintió un inusual tipo de lástima; la micro cápsula de amistad que ingirió en el interior del vehículo apenas satisfizo su sed de curiosidad. La adolescente daba marcha atrás mientras la muerte estaba demasiado cerca de ella. Un arrebato de furia zombi la mordió en el brazo arrancando para siempre su piel y su alma.

El interior del vehículo se convirtió en un festín sin tarta de chocolate.

Roberto corría por el asfalto esquivando a su propia muerte, buscando el momento para detenerse y coger fuerzas. Agarrar por el cuello al miedo y mirarlo directamente a los ojos, sintiéndose cómplice del joven héroe que dormitaba dentro de su pecho. Las suelas de sus zapatillas se tornaron azufre y sus ojos calculaban tan rápido que su mirada se cruzó con la del mismísimo Hermes. Saltaba usando todo su cuerpo, convirtiendo sus piernas en dos rayos huérfanos de tormenta. Corrió calle abajo hasta que el infortunio le hizo la zancadilla; tres zombis dieron con su joven cuerpo en un callejón sin salida.

La blancura de los ojos de Úrsula conjugaba perfectamente con los de su amado. La joven Ingrid codiciaba la carne de Roberto buscando en su primer mordisco el regocijo del gusano del hambre. El superviviente resbaló al suelo cuando la desesperación de la muerte obligó a los muertos a descubrir el contenido de su piel.

A Úrsula uno la conoce por el lento masticar de la carne humana mientras mira fijamente a su amado. Al zombi de su vida. Al hombre que la guiará por un mundo sin sonrisas ni besos en rincones olvidados.


No scape

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Apura el último vaso y sale a la calle. Detrás de él alguien cierra los goznes de la puerta y se oye el crujir de los candados de seguridad. Pantalones vaqueros de pitillo y botas de motorista de punta redonda. Su camiseta de tirantes es una oda a la inmundicia. Mastica tabaco y su pelo ondea al viento como la bandera de un país arruinado. Levanta la extensión de su brazo y abre fuego contra la podredumbre que arrastra la suela de los zapatos y gime cuando pide comida. Siente lástima por aquellos que fueron amantes y hombres de negocios y ahora forman parte de la nueva oleada de cuerpos macilentos que no saben otra cosa que hacer que pedir comida. Piden un bocado de tu carne como si tuvieran derecho a ello. Se abalanzan con los brazos estirados y caminan atropelladamente, buscando algo que les baje garganta abajo y los excite aún más. Le dan asco.

-Son peor que los vagabundos. –Vuelve a escupir en lo que antes fue un rostro hermoso.

Un rostro que muchos habrían dado su brazo derecho por tenerlo entre las piernas.

Camina despacio hacia su motocicleta y se sube como si fuera el último caballero andante que queda con vida. Cabalga subido en la dos ruedas aspirando todo el aire que le confieren los fantasmas de la noche. En los bosques los moribundos lo buscan. Buscan el ruido que proviene de la carretera. El motor de la Triumph es un rugido proveniente del mismísimo infierno. Un latigazo en las mazmorras del último reducto de la Santa Inquisición. Cambia a cuarta y se guarda la Remington en la cartuchera que tiene en la motocicleta. Ya ha pasado la zona de peligro. Entra por el camino de tierra y acelera hasta que el cuenta quilómetros tiembla; sabe que no va a cruzarse con nadie. Cuando ve la luz de lo que ha sido su guarida durante más de un año sonríe levemente. Sabe que dentro de ella Madeleine lo espera con tan sólo las medias puestas. Desmonta delante de la puerta y mira a su alrededor. Nunca se ha encontrado con los moribundos deambulando por los alrededores de su casa; en caso de hacerlo, sacaría la artillería pesada.

Le asquea el simple hecho de pensar en ello. Está harto de tener que respirar el mismo aire que los zombis.

Cuando abre la puerta ella está totalmente abierta de piernas. Totalmente dispuesta a gozar de los pocos placeres que la invasión zombi ha dejado en el último reducto de humanos. Ella sabe que tan sólo le queda el Rock N’ Roll y la pequeña plantación de hierba que conserva detrás de la casa. Bueno, y su nuevo amante. No es el tipo más guapo del mundo pero sabe mantenerla a salvo y dispara el arma como un forajido del antiguo oeste. Se toca la vagina y lo llama desde el otro extremo del salón.

-¿Qué pasa, vaquero? ¿Cansado de montar yeguas?

Se acerca hacia Madeleine y se baja los pantalones a diez centímetros de su cara, esperando a que pase a la acción. Ella sigue esperando la dureza de su miembro. Ninguno de los dos parece reaccionar. Ella sabe que a él le gustan los clásicos. Una buena felación antes de comenzar a cabalgar por las llanuras de su deseo sexual. Pero esta vez se ha cansado de esperarlo hasta tan tarde y sigue con las piernas en alto, como si fueran las agujas de un gigantesco reloj marcando las diez y diez. Lo mira a la cara y se pasa la lengua por los labios.

-Dale caña, vaquero…

Resignado comienza a tocarse hasta empalmarse. La penetración es limpia, un tanto dolorosa pero en definitiva perfecta. El encaje es tan impecable que se acuerda de la primera vez que lo hizo. Le viene a la memoria un bidet y una prostituta extremadamente simpática. Se acuerda del calor que sintió en la entrepierna y de aquellos enormes pechos subiendo y bajando al compás de sus acometidas. Se acuerda del cigarrillo mientras se subía los calzoncillos y del beso que ella le dio en la boca. Se acuerda de todo mientras el sonido del choque de sus pieles los mantiene alejados de la realidad.

Desde que se originó la pandemia, ha estado huyendo, robando vehículos y armas y escondiéndose en pisos que antes habían sido de alguien. Cuatro años vagando por la tierra gastando gasolina y huyendo de los zombis. Cuatro años viviendo una road movie sin sentido hasta que dio con el Bar de Bowie.

Bowie mantenía alejados a los muertos mediante el uso de una M16 totalmente nuevecita que compró a un traficante mucho antes de que la pandemia se manifestara. Bowie era buen con la puntería y tenía un bar que reunía a los últimos supervivientes que se sentían capaces de tomarse una copa antes de salir a matar zombis. Al ex militar siempre le habían gustado las tradiciones y si a las diez había que salir a tomar una copa, una invasión zombi no sería lo que cambiaría sus planes. Decenas de motocicletas y automóviles de lo más variopintos esperaban que sus dueños castigaran el acelerador después de remojarse el gaznate. Las viejas costumbres nunca cambian.

Después de diez minutos en la misma postura, le ordena que se ponga a cuatro patas. Salta patosamente hasta el mueble bar y da un vistazo por la ventana. Se sirve un vaso de whisky.

-Estoy sudando todo lo que me he bebido. Que desperdicio.

Vuelve hasta ella y mientras ingiere el contenido del vaso la penetra. Siente todo el calor de su vagina envolviendo el pene erecto. Comienza a mover la cadera al ritmo de una melodía que nunca va a sonar. Los jadeos se convierten en un grito en mitad de la nada. Es tal el silencio en el exterior que el sonido del sexo empieza a oírse por todas partes. Están follando como dos auténticos perros. Gritan y profieren palabras malsonantes, mirándose a los ojos. Se insultan y se escupen. Tratan de partir sus caderas en dos partes mientras algo ocurre en el bosque. Lo están pasando demasiado bien. Las acometidas son como disparar a un presidente. Se han dejado la puerta abierta. Llega el sonido de la miseria espiritual a través de los árboles. Se oyen algunos pasos. Se oyen murmullos ininteligibles y gorjeos antinaturales.

Aparece el primer rostro por el marco de la puerta.

Avanza por el suelo de madera a sabiendas de que no lo han oído. Entran dos más en la casa. El sonido del sexo sufraga el lento arrastrar de sus pies.

Cuando intenta coger el vaso, siente una mano fría posándose en su hombro. De un salto se da la vuelta y empuja al muerto al suelo. Los movimientos de los moribundos son tan lentos que le da tiempo a subirse los pantalones y correr a por la artillería pesada. Madeleine corre desnuda agitando los pechos, igual que cuando se la estaban follando. Cierran la puerta tras de sí.

-Escóndete en el sótano. –El desespero se hace audible. -Mierda. Mierda. Mierda. Mierda. Mierda. ¿Cómo he podido ser tan estúpido? –Mientras habla carga las dos Submachine Guns de 10 mm.

Los muertos golpean la madera. Mira por la cerradura. Han entrado unos cuantos. Cuando ella ha cerrado la trampilla abre la puerta y trata de olvidarse de lo idiota que ha sido haciendo estallar el contenido de sus armas en las cabezas de los moribundos. Hay media docena repartidos por el salón. La madera cruje con los balazos y los cuerpos caen al suelo, tiñéndolo todo de sangre. Cuando sólo queda uno lo apunta con una de las dos armas y le incrusta el contenido de medio cargador en la cabeza. Cierra la puerta antes de que se cuelen más. La atranca con una barra de hierro, cierra las luces y mira por las ventanas. Algunos cuerpos deambulan por el exterior. Dos se dirigen hacia la entrada principal y otro está plantado justo delante de la Triumph. Corre hacia la habitación y abre la trampilla. Baja por las escaleras y se la encuentra temblando de miedo, con las medias puestas y la vergüenza a modo de indumentaria. Se tapa los pechos, se tapa la entrepierna. Ya no es la mujer que lo esperaba con las piernas marcando las diez y diez.

-Vístete. –Le entrega una 10 mm. –Ni se te ocurra abrir la luz.

Ella sube las escaleras y se viste en silencio mirando por la ventana. Se encuentra el rostro de uno de los zombis que mira por el cristal. Se aparta justo a tiempo para que no la vea. De todas formas ellos saben que hay alguien en el interior de la casa. Comienzan a golpear la puerta. Tiene hambre y saben que les espera un cálido mordisco en el interior.

-Nos tienen pillados. Tenemos que abandonar esta vivienda. –Nervioso mira hacia todas partes mientras llena una mochila con munición y algunas botellas de whisky. -¿Ves si se acercan más?

-Hay unos doce o trece más o menos. Quizá haya más. No alcanzo a verlo todo. –Nerviosa se abrocha el cinturón y se sube la cremallera de una chaqueta de cuero marrón.

Cuando tiene la mochila llena la coge por los hombros y la mira directamente a los ojos.

-Bien, este es el plan. Tenemos que salir de aquí o vamos a quedar totalmente rodeados. Saldré por la ventana y dispararé un par de veces. Ellos vendrán hacia mí. Abres la puerta y corres hacia la motocicleta. Dispara a todos los que puedas. Arráncala y antes de que hayas puesto primera, me habré subido al asiento trasero. –El brillo del llavero de la Triumph se refleja en los ojos de gata de ella. -¿Podrás hacerlo?

-Sí. Creo que sí. –Madeleine está tan asustada que le tiembla el cuerpo.

-Necesito que estés tranquila. Ya sé que no es fácil. Trata de calmarte o no saldremos de esta.

Abre la ventana y sale al exterior. Se oyen disparos. Se oyen los murmullos de la muerte que avanza lentamente hacia el preciado manjar. Ella quita la barra de hierro, abre la puerta y dispara contra los dos muertos que golpeaban la madera. Corre hacia la motocicleta y unos pocos caminan tras ella. Su supuesta pareja dispara contra las cabezas en un intento de detener la horda zombi y a su vez, atraerla.

Se le acercan demasiados.

Ella dispara contra el muerto que parece estar montando guardia frente a la Triumph. Introduce la llave en el contacto y arranca la moto. Los que la han seguido están a cinco metros de su posición. Le da al gas para que la gasolina circule. Aprieta el embrague y sin mirar atrás pone primera.

Nadie se ha subido en el asiento trasero.

Totalmente rodeado de zombis se pone a correr pero uno de ellos lo agarra por el brazo y le hace tirar el arma. Se agacha en un intento de recuperarla y dos más se le echan encima. Rueda por el suelo con los dos cuerpos que lo atenazan con fuerza.  Trata de encontrar con la mirada la Submachine mientras escucha el sonido de los pistones de la motocicleta. Nota como una mandíbula penetra en su cuello. Otra le arranca medio bícep. Grita hacia el cielo y no obtiene respuesta.

Los zombis están a dos metros de la Triumph. Con lágrimas en los ojos ve como empiezan a comerse a su amante. Él sigue gritando. Hay demasiados. Están a punto de tocarla cuando gira la muñeca y acelera. Acciona la luz delantera y descubre como una treintena de muertos, ocultos en la oscuridad de la noche, avanza por el camino de tierra hacia la casa. Los tiene a unos treinta metros.

Avanzan directos hacia el foco de luz que escupe la motocicleta.

No le dejan espacio para que pase. Pone segunda, tercera, cuarta, castigando el acelerador. Se dirige hacia la multitud como si fuera un kamikaze. Sabe que no tiene escapatoria.

Cierra los ojos y dispara a ciegas las balas que quedan en el cargador.