La mente es un parque sin niños

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La parte más ventajosa de la introspección en parques a partir de las siete de la tarde consiste en la amplitud de miras que el solitario puede y debe esforzarse, ante la construcción del laberinto emocional que circunda a la razón. Esta, construida gracias a una vida, al lento pasar de las cosas, se zambulle en la laguna mental para seguir ramificando razones que solidifican su forma de pensar/actuar.

Una vez se creyó héroe. Otra amante. Otra, un mandamás de un tirano que pilotaba con fervor los mandos de una mente abstraída por la insistencia del colocón diario en parques solitarios, oscuros, desprovistos de esperanza diaria. Sostiene cigarrillos con el papel de color marrón mientras divaga –a veces en voz alta- acerca de su propia realidad, construyendo, sin querer, una extraña fortaleza para seguir adelante con la media vida que le queda por delante.

Algunas veces piensa en dejarlo todo para irse con su tío-abuelo, allá donde esté, y así complementar su formación como poeta y dramaturgo de la obra que no llegará a escribir jamás. Actor principal de la película de su vida, se queda viendo como otros tratan de hacerse con su papel; una vida sin los sentidos alerta puede llegar a convertirte en el figurante de la vida de otros.

Un desliz por parte de quien no desea retroceder, conduce a la suplantación de un papel propio.

En varias ocasiones ve como la vida es algo que hay que tomarse como una oportunidad infinita. Hay que “coger al vuelo” todo aquello por lo que se lucha durante años, décadas, o incluso durante toda una vida. En su posición de pensador de parques decadentes, piensa en la reconversión de su modo de pensar cuando el exceso de la toxicidad de la misma planta que alivia los dolores cancerígenos de su progenitor, comienza a alterar su sistema nervioso de un modo inusitado.

Y así es como se ha convertido en un adicto al pensamiento, a la planta que lo lleva a infiltrarse en lugares alegres durante las horas de sol gracias al clamor de los chiquillos que ríen por reír y de los mayores que corren por vivir y triste cuando la oscuridad cubre el paisaje inmóvil y cambiante que suscita razones, pensamientos en voz alta y preocupaciones que conformaban su questae diario. Porque pensamiento y planta ya son lo mismo. Son el hijo de dos amantes furtivos.

El laberinto de la razón se bifurca a medida que la ingesta de la sustancia que libera al pensamiento se retroalimenta; el bucle es verde y extraño y aparentemente inalterable. Casi intocable. Los pensamientos cada vez se hacen más fuertes. La voz cada vez habla más alto. El deterioro del sistema nervioso se manifiesta como la posesión que atrapa sin aviso; una variante de dolor se instala entre los dos pectorales, justo en su interior, en el lugar más inaccesible. Lo ignora porque ya sabe lo que le ocurre. Mañana la natación lo salvará de la incomodidad del proceso de la destrucción del sistema nervioso.

Con el culpable de su deterioro mental humeando entre sus labios aspira el humo gris que lo conduce a la paz momentánea, al engaño de la droga tomada en grandes cantidades. Hay veces que la simple visión de un pie femenino le produce una extraña calma que a veces confunde con excitación sexual. ¿Cómo es posible que el final de una extremidad le produzca un mayor riego sanguíneo en la zona del aparato reproductor? Un pie femenino. Hermoso. Gatillo de la estimulación orgánica. Paladín del deseo frustrado.

Se contrae cuando la calada es grande y algo estalla en el interior de la cabeza. Se trata de algo pequeño. Una explosión neuronal sin importancia aparente. Pero duele. El dolor es grande cuando el cuerpo es pequeño ante el mundo. El sufrimiento no entiende de unidades de mesura. Igual que los sentimientos; quinientos quilos de tristeza, trescientos gramos de alegría, cien fanegas de sonrisas falsas. Todo ello bailando al son del centrifugado mental cuando las sombras se alargan y el día termina en un parque cualquiera de la ciudad de Barcelona. De la ciudad que lo vio nacer y lo vio morir cada día en la oscuridad de los árboles y la humedad de los parterres que los circundan. Un parterre es una ventana de la que brota vida, un cuadro de Escher que nunca podrá ser colgado en la pared porque la lógica no lo permite. Le da por pensar en porqué puede andar por el suelo y no por las paredes cuando algo vuelve a estallar en la cárcel de hueso blanco, limpio, impuro.

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Siempre ocurre algo cuando el momento es propicio y la felicidad pasa a ser un sentimiento y no un nombre. El genocidio de neuronas se hace notar cuando quien las mata con su comportamiento vuelve a contraerse para colocarse como si estuviera a punto de sufrir una accidente aéreo. Pero el choque nunca llega a celebrarse porque la literatura abusa de las desgracias mientras que la vida real las describe mucho mejor; nota el chorro de sangre que sube con rapidez cuando vuelve a incorporarse. El líquido está caliente y el bienestar es efímero. Demasiado.

Piensa en una bañera caliente y en hacerle el amor al personaje Daenery’s de la Tormenta para después cortarse las venas metafóricamente y caer en su propio olvido dentro del agua humeante. De la reina de dragones ya no se acuerda mientras trata de adivinar la variante de Pantone que la sangre junto al agua son capaces de reproducir en las retinas de quien los observa. La desaparición de su visión erótica indica la frialdad de alguien que huye de la conversación cuando el acto sexual se ha extinguido en el recuerdo que evocan las sábanas arrugadas y el olor a sudor y a coito.

Durante unos segundos a conseguido huir de la realidad del parque. Durante unos segundos ha conseguido trasladarse a otra realidad albergada en la mente. Hay días en los que trata de acordarse de los escenarios de su mundo onírico para buscar nuevas aventuras con personajes reales, aquellos que se ha cruzado en su vida. Aquellos que le han amado y odiado tanto en secreto como en abierto. Es divertido mezclar mundos de la misma manera que lo es mezclando amigos de distintos ámbitos.

Aunque eso, para él, forma parte de un pasado que trata de borrar.

Pero la combinación de la planta que en ningún caso, consigue ahuyentar a sus demonios y la mezcla del antidepresivo que toma cada noche por prescripción médica, retuercen la cuerda que sostiene sus emociones, mutando cualquier acto en algo a tener demasiado en cuenta. Algunos lo llaman exagerado, otros loco; solo él sabe que la mente es un veneno del cual no existe fórmula que lo anule. Y el suyo es demasiado poderoso.

Así que se limita a apagar el cigarrillo cuando este casi parece muerto y se pone en pie, una vez más, héroe y perdedor a la vez de una vida que avanza lentamente, como la muerte lo hace a través de la existencia para poder existir aunque sea de un modo algo triste.

El parque se queda en silencio. Un silencio impuesto por la falta de sustancia que hará, al día siguiente, retornar al héroe/perdedor a la oscuridad de sus pensamientos y con ello, dar sentido a un mundo invisible que nunca terminará de gestarse en el ciclo de su limitada existencia.


La palabra

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A la sacerdotisa se le escapa el cuchillo. Cae de punta y se clava en la madera. Se busca acongojar a la sacerdotisa con un dios macabro. Un dios exultante y bello y algo mortífero. Cae el dios al mirar demasiado a su creación. Los ríos de sangre nacen del tajo en el cuello y el condenado no pronuncia oración alguna hacia el cielo. La sacerdotisa se torna metal oscuro y ente física para los acólitos al espectáculo. Aun así siente respeto por su dios. De la imagen que se ha creado en la jaula de la inventiva cuando los otros le enseñaban LA PALABRA.

De repente, el recelo por ser todo lo contrario a lo que la han preparado significa la negación de su yo interior hacia el conocimiento de LA PALABRA. Piensa en escribir poemas para huir de sí misma. Piensa en sangre y contornos afilados a modo de única salvación.

LA PALABRA la inventaron los que necesitaban el control absoluto. De ahí el nihilismo por parte de su zona cerebral cognitiva cuando la obligaron a leer viejos tratados y frases que, a pesar de la probable bondad de quien las decía, se convertían en violencia y cuchillos clavados. No existe el acto físico en nombre de cualquier dios. Solo este puede mover piezas en el tablero; cancelar amnistías, hacer prevalecer el orden.

A la sacerdotisa se la puede ver entre las cortinas que tapan su vergüenza. Cuelgan cuchillos de las paredes que contemplan su cuerpo desnudo, su entrepierna repleta de vello, la belleza de su redondez. Se busca a sí misma al otro lado del espejo. Trata de desdoblar su imagen, de viajar sin moverse de lugar, de escuchar el silencio en un cuerpo forrado en piel y rasgos suaves. LA PALABRA la riñe cuando le apetece tocarse frente al espejo e imaginar a hombres corpulentos y mujeres de carácter fuerte burlando a los mandamientos.

Se reprime cuando el tratado forrado en piel la mira desde el atril de madera tallada a mano. LA PALABRA la observa. Puede sentir sus emociones. Le molesta la desnudez humana pero no la sangre. La sacerdotisa se quita las medias, lo único que le cubre la piel. Se tumba en la cama y usa el volumen sagrado como si fuera el objetivo de una cámara web. Necesita denostar su herejía para comprender el poder del dios.

Romper con las normas.

Requiere del desafío para poder comprender. Puesto que en varios años se ha limitado a clavar cuchillos y abrir gargantas mientras la sangre llenaba el interior de un cuenco. Ahora quiere saber el misterio de LA PALABRA. Ofrece su vagina al libro. Desafía al divino consorte mientras la flor de carne rosa se abre y florece y el líquido es insípido en el interior de una boca hambrienta.

Pero el dios no ve porque, quizá, no exista en la mente de otro, ¿te acuerdas del final de Peter Pan? Si todos creen, la idea tomará forma. La sacerdotisa goza mientras comete crimen atroz a los ojos del puritano; el que obedece pero no es bondadoso. La idea de control imperante es un lazo invisible que trata de hurgar en las mentes de aquel que se cree prisionero. La civilización es solo un nombre. LA PALABRA prevalece ante todos mediante el horror inexistente.

Os matará un dios vengador. Vendrán plagas y ríos de sangre y hombres subidos en caballos de fuego.

Creed.

La sacerdotisa moja la tela que cubre el colchón. Sonríe mirando al objetivo. Se relame los labios como si los hombres santos la estuvieran mirando. La cámara web es un invento para voyeurs sin necesidad de permanecer ocultos. Las largas piernas desnudas de la mujer se estiran relajando, posteriormente, la musculatura. La habitación huele a sexo individual; cápsulas de felicidad en formato breve y placentero.

Sabe el desafío que ha cometido y ahora, con el cuerpo cubierto por las sábanas y un cigarrillo humeando hacia el infinito, espera la respuesta del supuesto dios que, en teoría, ha velado por ella durante toda su vida mientras dormía. Ha usado la masturbación como prueba de fuego; nada mejor que el calor que produce el cuerpo para demostrar que el ser humano es fuego, aire, agua y tierra.

Termina el cigarrillo y no pasa nada porque le enseñaron que el dios que adora no necesita demostrar nada a nadie. Una buena excusa de los acólitos para no tener que montar un teatro de hilos de pescar. El mejor argumento para hombres de alta alcurnia con poca capacidad de inventiva espiritual. De ahí que la habitación siga en tinieblas y el espejo muestre a una mujer hermosa que ha degollado a dos docenas de personas.

En su reunión con su dios, escupe infamias y vuelve a masturbarse con el mango del cuchillo que tantas vidas ha cercenado en lugar de seguir esperando; el tiempo pasa mejor cuando se hace desaparecer el segundero. Disfruta mucho provocando a la nada mientras imagina que se desnuda en el templo ante la visión de cientos de feligreses.

“Miradme el alma a través de la vagina”, les dice. “El hombre es fuego, aire, agua y tierra, ¿por qué necesitamos un dios? Si creas algo bondadoso no hace falta que rindas cuentas a nadie”.

Pero la realidad la muestra excitada y algo desilusionada; no ha aparecido ningún dios ni ningún tipo de antítesis que la regañe. Se busca en el reflejo del espejo para verse a sí misma perdiendo. Enciende otro cigarrillo mientras se da cuenta de que no se siente demasiado culpable por las personas que ha degollado.


Alma humana, monstruo tentacular

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Ilustraciones de Shawn Coss

Se intuye el despertar de fuerzas olvidadas. Materias de largos brazos que tratan de estar lo más cerca posible del concepto del monstruo antes que verse reflejadas en un espejo. Quieren otorgar el beneficio del miedo en aquellos que ven; necesitan que no los vean. Requieren atenciones sin necesidad de enaltecer lo grotesco. Son concepto. Son definición. Es imposible dibujarlas.

Aun así algunos se empeñan en buscarlas en las páginas de los escritores que nunca vieron el éxito en sus vidas. En música que no enseñan en las escuelas. En películas que nadie querría ver. A veces descansan enroscados debajo de las camas o adoptan formas humanas para mezclarse y así estudiar el extremo de la estupidez. Se intuye un ente con tentáculos y mil dientes en la cárcel de la boca capaz de succionar sueños y esperanzas. Se inventan oraciones para exaltar un sentimiento adormecido.

La sombra se cierne sobre la ciudad dormida. Sabe lo que tiene que hacer; es fácil. Tan solo tiene que constituirse como lo contrario a lo establecido. Es posible que el miedo sea una ficha más en el engranaje de la humanidad, una pieza irrompible e insustituible para que el mecanismo pueda seguir funcionando; la maldad primigenia como un sistema de relojería suiza. Un mal inevitable para justificar el sentimiento que le sirve de antítesis. Así es como funciona el sistema antes de que se escribiera la palabra que lo define.

Para ello no le hace falta usar un disfraz; simplemente se involucra en una red de pensamientos que incluye desde los primeros crímenes en forma de batalla inmortal contada en las partituras sin música de Gilgamesh, hasta el hedor de las pilas de cadáveres en las fosas de Austwitch. Y lo hace cada cierto tiempo, justo en el momento en el que las personas buscan el salvavidas invisible que presuponen que los va a mantener a flote para ofrecerles plástico deshinchado.

Y de ahí que el concepto de monstruo se entienda como zombi patoso, vampiro antiguo o lobo desdibujado, cuando en realidad su propia definición acobardaría al general más valiente, al felino más audaz, incluso al hombre que –desprovisto de poderes especiales- se busca a sí mismo en las situaciones efímeras de peligro urbano.

Se cierra la luz de los dormitorios para despertar la actividad cerebral que esboza monstruosidades en múltiples formas y tamaños, texturas y diseños imposibles, bocas y ojos esbozados a mano alzada por un demonio aburrido. Se cierra el vórtice espacio-temporal que comprende la lógica humana para desplazar al alma a un viaje hipnótico, imposible, inaudito. Se aniquila el concepto de compresión para dejar paso a la no-cordura, a una vida que simplemente nadie puede ver; solo aquel que la sueña deja paso al héroe, al fracasado, al monstruo que ve como se hunde en un volcán de lava apagada.

La leyenda vive en un frasco de formol, puesto que nunca envejece. El mito se oculta a pesar de que no le importa ser visto por miles de ojos que lo visualizan de un modo particular; no existen dos monstruos iguales cuando son dos las cabezas las que los piensan. La carencia de estímulos influirá directamente en la calidad del dibujo. El hombre solo es capaz de quedarse con la esencia a pesar del aluvión de imágenes, música, estímulos, letras, películas o elementos que puedan ayudarle a vislumbrar una imagen concreta. Nadie es capaz de acordarse a la perfección de cualquier incentivo que pueda influir en la construcción de su monstruo particular. Son solo formas imprecisas, recuerdos u olores que configuran retazos de lo se quiso imaginar, pensar o incluso analizar de un modo más detallado en cualquier mente.

Se intuye el despertar de fuerzas olvidadas cuando el diablo que se enrosca en la cabeza busca su propio regocijo en el sufrimiento ajeno. Monstruos tentaculares con dientes afilados e intenciones perversas bailando en las cárceles de todos aquellos que duermen pensando que la tranquilidad se puede conseguir en el bienestar, en la comodidad de un hogar, en la suave y limpia condición de hombre civilizado. Dicen aquellos que más sufren que se puede huir a lugares invisibles cuando el engendro golpea con demasiado ímpetu. Otros creen que la enfermedad es demasiado pequeña y puede combatirse con esfuerzo. Los héroes de salón hablan de lo que no conocen; un monstruo escondido en un cerebro puede ser visto en un microscopio pero poseer tanto poder que el alma humana lo tema. La psicopatía es ridículamente pequeña pero enormemente peligrosa.

El monstruo moderno en realidad es una enfermedad que nadie parece ver.


Instinto

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Se acerca demasiado al peligro. No es la primera vez que se lo dicen. Pero a él no le importa demasiado perder un brazo o ser atropellado por el tumulto que produce el vehículo moderno. No le interesa la vida puesto que la muerte le parece atractiva desde un ángulo de profundo pesimismo. Utiliza su vida para poder enfocar el deseo de dejar de existir desde prismas distintos. Utiliza su vida para enroscarse dentro de un deseo cumplido y así justificar sus ganas de abandonar la luz que prologa a la oscuridad eterna. Se viste con las llamas del deseo, aquellas que solo pueden quemarle la piel estando vivo. Aquellas que producen un pequeño destello en sus ojos cuando el calor se pone en contacto con la leche del reverso de su mano. Una vela señalando al cielo. Un dedo hurgando en la idea de aterrizar en el infierno cuando el prólogo de la vida sea leído.

Se establecen paralelismos entre el deseo de morir y las pocas ganas de vivir.

Aun así sus sentidos le ayudan a ahondar en sus pesquisas; ritos que solo se celebran en la mazmorra de su mente. Palabras que nunca serán pronunciadas por brujo alguno, hechicera sexual, niña poseída por demonio con nombre de grupo metalero. El mundo se convierte en un escenario donde poder realizar macabros rituales invisibles a los ojos de aquellos que se cruzan en su vida. En su no-vida. En su deseo porque el tecleo del prólogo cese y la muerte se vislumbre subiendo por una cuesta de suelo adoquinado.

Se adivina a sí mismo tirándose a la vía del tren mientras lo balean por la espalda.

En sus sueños siempre aparecen animales; lagartos, serpientes, gatos, ranas y pájaros negros. En sus sueños la noche es como el sol que da vida para después producir un melanoma; cáncer en cápsulas de placer momentáneo. La piel es un mapa de atrocidades naturales donde no hay lugar para el drama. La muerte no espera música solemne ni cánticos ancestrales; el silencio previo al último estertor debería ser la única sinfonía para cuarteto de desgracia y suerte invertida.

Se adivina a sí mismo siendo acuchillado por la brutalidad de los acordes de cuatro jóvenes destruidos por la brutalidad de la música oscura.

Metalheads buscándose en la eterna juventud. Pájaros aparecidos en sueños arrancándole el único por el que puede ver un futuro inventado. Es probable que muera de viejo. Es probable que muera de joven. Es inequívocamente remoto el destino de aquel que muere día a día mientras se prepara para recibir a la dama de negro. Se la imagina desnuda. Se la imagina vestida. Se la imagina dictándole palabras y poesía que nunca nadie comprará. En su ímpetu por llegar antes a la meta de la vida se sumerge en el mar cuando la luna lo ve alegre por primera vez; alegre porque la vida acecha en la profundidad del agua; vida que quizá lo convierta en muerte.

Tiburones, peces martillo, orcas, animales acuáticos enfadados porque sí.

No existe animal fiero sino hombre desarmado. No existe la vida cuando espera a la muerte mientras el oleaje le cubre hasta los hombros. No importa nada excepto el agua fría montándoselo con su piel. Necesita ser violado por el agua. Necesita una bala perdida ante el posible fallo del asesino líquido. Una ola lo desplaza un par de metros para arrastrarlo mar adentro. Se deja llevar por la corriente. Es emocionante. Le gustaría ver llegar a la muerte con un biquini negro y una sonrisa blanqueada por la química legal. Sonríe cuando su cuerpo se coloca en línea ante la corriente que lo arrastra a los confines de un imperio profundo. Un imperio silencioso. Un imperio sin héroes ni villanos. La maldad es el silencio que precede a la vileza de los actos.

Delfines zombi, acantilados que sonríen mientras el agua entra por la boca, una estrella fugaz.

No existe animal furioso sino hombre suicida; la enorme mandíbula se cierra en torno a su brazo izquierdo. La sangre es invisible cuando la noche hace demasiado tiempo que se ha cerrado. Hablamos de horas. El tiburón ni sonríe ni llora; simplemente cumple con sus instintos. Su panza blanca pertenece a la del tiburón blanco. Es una hembra. Mastica dos veces la carne sanguinolenta para luego escupirla.

Su aleta desaparece en la inmensidad del palacio negro. Estrellado. Exento de compasión.

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Su cuerpo sigue flotando en la dirección a la que le lleva la corriente. No tiene miedo; simplemente nota el brazo que le falta. El sabor de los humanos no es muy agradable para los tiburones. Mala suerte. En otra vida quizá le toque ser un pez sabroso. Un invertebrado sin razones para pensar; la única vida es buscar el modo para conservarla. La sangre atrae a otros animales. Nota la viscosidad de sus pieles rozando la suya. Hace el amor con los seres de las profundidades que, en un alarde de caballerosidad, han emergido para saludarle. Para oler su sangre. Para observar la ridiculez del acto suicida.

Le extraña no haber sufrido un ataque al corazón. Un desmayo. Una pérdida de la realidad. Aun así trata de disfrutar del sueño que tantas veces se le ha aparecido en forma de animal.  Si en tus sueños aparecen lagartos es que un enemigo poderoso tratará de atacarte. Si en tus sueños aparecen perros es que alguien que consideras cercano buscará traicionarte. Si en tus sueños aparecen serpientes es que el diablo ronda cerca de ti. Las presencias viscosas pasan tan cerca de su cuerpo que no puede evitar reír como el estruendo que provocan dos trenes al chocar; en realidad está asustado.

En realidad considera que nunca se está preparado para la muerte aunque esta forme parte del proceso. Nunca se puede aceptar aquello que nos niega a todo lo que hemos sido. La oscuridad que lo rodea quizá sea el último capítulo de su vida. Busca en su cabeza algo con lo que distraerse cuando el corazón se le acelera tanto que la sangre que escupe su brazo tiñe el agua a demasiada velocidad. Algo grande y negro le estira una pierna y lo hunde. Algo grande y negro hace crujir el hueso del tobillo derecho para empujarlo en dirección al infierno. Tan solo necesitaba imágenes poéticas mientras se desangraba en la corriente. Tan solo quería algo de épica mientras su vida se cerraba el sostén.

El agua entra en sus pulmones y la poesía se torna invisible. Bella. Exenta de palabras.

Los monstruos de las profundidades nadan en dirección a la corriente. Esperan encontrar más hombres deseosos por toparse de morros con la muerte. La que nunca espera a nadie. La que trata de complacer a quienes se enamoran de ella.

Instinto. Mandíbulas cerrándose alrededor de la piel tirante. El festín es un concierto repleto de manos simulando los cuernos de la antítesis de Dios.


Síntomas de realidad

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El relato dignifica el alma y te pone en su lugar. Cuando cierras la luz después de teclear el punto final algo empieza a correr por tus venas. Es la auténtica liberación del espíritu. El diablo que siempre ha estado ahí pero que ahora puedes oír. Cierras los ojos. Ahuyentas la voz trémula que a veces te dice que no puedes seguir. Que debes poner el intermitente, estacionar en el andén y apagar el motor. Normalmente ocurre cuando llevas tiempo dándole a la máquina de las mentiras pero el reconocimiento sigue aletargado. ¿Quién dice que algún día va a despertar cual Nosferatu en un velero con destino a Londres? No, hay que seguir manteniendo el espíritu libre y los dedos ágiles para seguir aporreando a la realidad con tus mentiras, ilusiones y orgasmos mentales. La palabra es un acto de liturgia cuando la pones en movimiento. Escenificas ideas hasta que estas se tornan una variante de piscina vacía donde deslizarte con tu patín hasta quedar agotado frente a la pantalla. Hubo un tiempo en el que consideraste a los escritores como algo sagrado para descubrir al poco tiempo, que eran gente como tú. Algunos necesitaban protagonismo, otros simplemente trataban de mejorar.

El afán de protagonismo llena un par de minutos de tu vida como artista efímero.

Y digo efímero porque en la actualidad todos necesitamos ser especiales. La fijación por nosotros mismos nos la regaló el cerebrito de Facebook. Fotos de pies. De comida. De rollos que hemos conocido en antros con poca luz y el suelo pegajoso. La vida transcurre mientras la Tierra sigue dando vueltas, engañándonos a todos con su baile de música para ascensores. Piensas en todo ello ahora que no sirve para nada. Ahora que los fantasmas del mundo actual se han convertido en despojos unánimes a un grito silencioso: el grito del hambre eterna. El hambre por protagonizar, por morder el anzuelo de la vida exitosa. ¿Te acuerdas cuando comenzaste a fantasear con la escritura? ¿Te acuerdas cuando tenías que imprimir tus relatos y salir a la calle infestada de anónimos?

Sí, lo recuerdas todo como si fueras un secundario de Z-Nation, solo que los zombis eran el depredador humano, enarbolando una sonrisa de dientes afilados. La primera mordida fue en una entrevista de trabajo, cuando alegaste que escribir era tu pasión y que habías adquirido las 400 pulsaciones escribiendo relatos de zombis. La pregunta de la entrevistadora te desgarró las entrañas, solo que no te diste cuenta. “¿Así que has adquirido rapidez haciendo ESO?” La carne quedó rígida para pasar a infectar los órganos principales de tu deteriorada salud mental; ilusión, esperanza, ganas de moverse por cuenta propia. Todo terminó por derrumbarse. Luego la infección pasó a tu sistema nervioso; el sudor corría por tu cara igual que la sangre de los corderos que habitaban la Biblia. Tu cerebro abandonó toda esperanza de encontrar un segundo empleo. El primero no daba mucho para vivir. El segundo tendría que ser un motor de 1200 caballos. La bestia. Saliste a la calle aturdido, mareado, la mordida te dejó la camisa desgarrada.

Solo podías ver la herida reflejada en los escaparates.

La gente seguía con sus vidas: caminaban, apenas te vieron, si hubieras caído al suelo nadie hubiera hecho nada. Normal. Tú también lo haces. La gente cae continuamente al suelo de sus vidas y nadie hace nada para levantarlas. Hay que tropezar, te dicen, así podrás volver a levantarte aunque tengas las rodillas en carne viva.

Meses más tarde la epidemia del dolor personal llegó a través de las ventas de tus libros; no vendías lo que tu yo del pasado había imaginado. Imaginar es para niños grandes y para muertos vivientes de su propio ego. En realidad no nos hace falta carne mientras tengamos la nuestra. Nos alimentamos de los comentarios que van dirigidos a nosotros. EGO. Una pieza difícil de colocar en el castillo de nuestra mente. Los libros se distribuían pero tenían pocos compradores. Nadie dijo que fuera fácil y menos cuando tu nombre no salía en las marquesinas de las paradas de autobús.

¡Serás soñador! ¡Serás niño!

 Te diste cuenta de que lo había que alimentar era al vampiro que se nutría de halagos, de palmadas en la espalda, de momentos felices…

Pero nunca de dinero.

Pensaste que hacer algo de provecho económico dejando el arte aparte sería lo más justificable. Así que buscaste trabajo y enterraste al escritor. Mentiste cuando dijiste que tu mayor afición era la poesía recitada en la mente mientras nadabas. Seguías escribiendo en secreto. Tecleando mentiras que sonaban a verdad. Esculpiendo mundos invisibles que necesitaban de las palabras para ser descubiertos. Hasta que al fin firmaste un papel que te retuvo en una empresa durante varios meses.

Conociste a gente y fumaste en las horas libres. Llegaste a tener una amiga con la que contarle tus intimidades e incluso, confiarle quien eras en realidad. Peter Parker no es Spiderman, es un fotógrafo mal pagado. La realidad siempre es más impactante que la ficción. Eras el hombre araña en la intimidad mientras te mostrabas ante el mundo como uno más. Un zombi con hambre de red digital y consumo efímero.

Aun así seguiste tecleando para esculpir tu estilo. Conseguiste algunos logros personales y los celebraste a solas. ¿Realmente necesitas a alguien cuando tu oficio es el de estar solo? Hay que saber estar a gusto con uno mismo cuando el espíritu es un soldado independiente. Cumplir objetivos no tiene nada que ver con el éxito social. Los logros se diluyen en poco tiempo a ojos de otros. Decidiste seguir viviendo, seguir tecleando y peleando por ti. Nada de fotografías con grandes autores. Nada de elogios por parte de nadie.

Solo quieres oír la voz del diablo que corre por tus venas cuando cierras la luz después de inventarte otras vidas.


La vida extraña

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A la vez que me matan me devuelven a la vida. Porque mi pasado es asumible pero no sirve para ser recitado en un verso o inmortalizado en una novela de algún autor con patillas que titula a sus libros con nombres de mujeres. Hurgan en los años pasados despertando el olor de los recuerdos que nunca quise volver a visualizar. A la vez que me matan resucitan un presente inaudito en el que casi no me reconozco. Remueven en la cacerola de los fracasos para convertirlos en victorias. Insuflan aire a aquellos actos heroicos que pasaron desapercibidos. Me están convirtiendo. Me están cambiando la vida solo por el hecho de divertirse. De investigar. De encontrar respuestas a las preguntas que la humanidad le confiere. Sus ojos son rasguños que nunca consigo poder visualizar a la perfección. Sus bocas no pronuncian palabras. Simplemente se comunican existiendo. Actuando. Ocupando un espacio en el vacío de la nada.

A la vez que me matan me convierten en el hombre que siempre quise ser. No entiendo por qué tratan de modificarme. No consigo averiguar sus propósitos. De todas formas, cada vez me encuentro mejor. Me siento como si me hubieran inyectado una alta dosis de antidepresivos porque todo me parece bien; hasta el curioso artefacto cuya amenazante aguja me apunta a la cabeza a la vez que se va acercando a mí.

El rotor del aparato gira como si no hubiera un mañana. Todas las máquinas actúan rápido por si el mundo se extingue; el hombre las ha programado así.

La aguja gira en mi sien mientras visualizo osos de peluche rosas y mujeres atractivas que me lanzan besos en el aire. No consigo atrapar ninguno porque tengo las manos atadas. Qué más da; aunque me ignoraran me parecería genial. La aguja penetra en mi cabeza igual que 15 gramos de Escitalopram. Me devuelve las ganas de vivir. El optimismo arraiga, crece y florece en un campo que parecía abandonado por la pesadumbre de alguna bestia enroscada en el laberinto del raciocinio. Sigo existiendo pero esta vez me han dibujado la alegría en la boca.

Soy el payaso que todos quieren que sea. Pertenezco a aquello al que a todos les gusta ver, oír y sentir. No soy yo pero sí soy yo. Lo sé aunque no puedo decirlo; me da que usan a la gente para algún fin. Sí, como en las películas. Me da igual. Voy a sonreírles igualmente.

La sangre les salpica los cuerpos enjutos, escurridizos, viscosos. El pequeño agujero practicado en mi cabeza parece que les llama la atención. Bueno, la cavidad en sí, no, es el líquido rojo que brota brota brota en la septicidad de la habitación. La aguja sale de la cavidad para volver a mirarme amenazadoramente desde su posición. Los seres se arremolinan alrededor de mi cuerpo como si fueran a comer de él. Me siento como una mujer plato, con la piel cubierta por pescado crudo y bolas de arroz. Me gusta. Me siento una cobaya con ínfulas de diva.

Me abren el estómago y me da igual. Sí. Lo abren con tanto cuidado que casi estoy a punto de agradecérselo. Con la piel abierta como un libro esotérico, observan con atención el bombear del corazón y los movimientos gastrointestinales. Mi intestino delgado es una serpiente roja rellena de excrementos. Mis costillas son la cárcel de los pulmones. Nadie dijo nunca que servían para proteger los órganos, sino para apresarlos.

Son demasiado preciosos como para dejarlos abandonados.

Lo sé porque uno de los seres trata de coger el corazón. Siento una punzada fuerte de dolor en el pecho. Noto que mi vida, quizá, deje de existir. Ellos lo saben y por tanto vuelven a dejar de toquetear el órgano. Soy rojo por dentro y feo como las películas de muertos vivientes. Soy un muerto viviente. Soy un experimento en creces. Una bestia protegida por el aspecto humano. Un alma que desnudan de la parte física.

“Podéis seguir tocándome” pienso. En realidad dejar la existencia no es algo importante. Lo bonito de la vida es poder verla aunque sea un momento. El resto simplemente es un relato largo que algún día será olvidado. Gente. Personas. Deberíamos convertirnos en libros para que puedan vernos el alma más fácilmente.

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Noto como una pequeña sierra atraviesa el muro blanco de hueso craneal. Quizá quieran ver lo que pienso. Quizá no entienden lo que trato de decirles. Lo más probable es que me saquen el cerebro. Se lo coman o lo miren como si fuera un fragmento de meteorito. Las pequeñas gotas de sangre les salpican de nuevo la piel mientras la máquina hace su trabajo. Noto una molestia en la sesera. Son ellos investigando al animal terráqueo. Al hombre que siempre trató de huir de sí mismo y que ahora ama que le hagan daño. Todo me da igual. Hasta la tapa de la cabeza que cae al suelo haciendo un discreto “clock” que a nadie parece importarle.

Resiguen la masa palpitante con un objeto punzante. Presionan en el lóbulo parietal. Creo que no voy a poder hacer una suma. Existen las calculadoras pero es probable que no sepa identificarlas si es que consigo salir de esta curiosa experiencia. Trato de abrir la boca para decir algo. No puedo. Están demasiado empeñados en saber para qué sirve la masa de carne que tengo encima del hueso parietal. Aprieto la mandíbula. Casi que me sale sangre de las encías. Debería verme reflejado en un espejo.

Debería salir a mi nueva vida antes de que la terminen sin avisarme antes.

El tablero de la mesa emite luces de color blanco y gris. Hay una ventana grande, con la que puedo ir viendo el exterior de la habitación. No hay nada. El color es el negro. Siempre lo es cuando quieren que te sientas perdido. Ellos se han encargado de todo.

Mi cerebro.

Mi corazón.

Ahora quizá toque el aparato reproductor.

Alguien lo palpa con la punta de una vara. Vuelven a colocarme la corona de hueso en la cabeza. Están haciendo algo con ella, quizá la vuelvan a soldar. Podría ser que, en realidad, no tuvieran malas intenciones. Turistas abusando un poco. Nada más. Me estiran el pene. Palpan los testículos. Parece que el asunto les interesa. Supongo que como el resto del cuerpo. Solo a los humanos nos interesa un poco más que otras partes de nuestra anatomía. Mientras tengamos que reproducirnos no evolucionaremos en este sentido. El tiempo que usamos en la reproducción bien podría ser sustituido por algo más. Algo especial. Algo que no supiéramos que existe hasta que no lo viéramos.

Siguen palpando, jugando, investigando. Muevo los dedos de los pies. Aún puedo hacerlo. Me sienta bien. Eso significa que no han toqueteado mucho mi cerebro exceptuando el sentimiento de creciente fervor por la vida, por mi nueva vida. La que aún no sé cómo voy a comenzar si es que existe un futuro con mi nombre escrito en él.

Con una herramienta parecida a un bisturí abren la piel del pene hasta llegar a la base. Sale un montón de carne roja, dormida, abrazada por media docena de venas grandes. Miro mi interior a la vez que sonrío. Estoy feliz por verme de esta manera, ¿alguien sabe cómo es por dentro?

Todos somos iguales hasta que viene un psicópata o una banda de marcianos y te secuestra para jugar contigo.

No quiero saber nada de mi vida. Tampoco me acuerdo. Así que me es imposible recordar como he ido a parar a esta habitación iluminada por una variante de espíritu santo. Pienso en Dios como en un extraterrestre. Pienso en los extraterrestres como en  extraños doctores que no saben muy bien que hacer conmigo.

Con la piel del pene abierta y la cabeza abierta, cierro los ojos para relajarme aún más. Esto es lo más bonito que me está pasando. Sonrío porque estoy viviendo mi nueva vida. A la vez que me matan me dan algo nuevo.

La experiencia.

La vida extraña en su último momento.

Tengo un poco de sueño. O ganas de desaparecer de mí mismo. Estoy feliz.

Nada importa.


Cierro los ojos

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1972 — Original caption: Peter Cushing returns from the grave in “Tales From the Crypt,” 1972. — Image by © Bettmann/CORBIS

Siendo obvio que el género zombi está de capa caída, no entiendo la horda que corre detrás de la estela que dejo tras de mi cada vez que salgo a la calle. Sí. No hay forma de entender al mundo. Me alejé de la literatura zombi y de su escritura cuando vi que la gráfica de las ventas de libros del subgénero descendió hasta casi salirse de la misma gráfica. Olvidé a los muertos para hacerle más caso a la vida. Abandoné el afán por sentirme un autor aclamado por mis letras para ser un autor (vivo) aclamado por mi carne. Mi esencia no importaba. Mi estilo no importaba. Mis libros se apilaban en cajas que nunca serían abiertas. Ni aun cuando durante los primeros días trataba de observar el “espectáculo” a través del marco de la ventana para hallar algo de inspiración. Durante los días que siguieron a la matanza busqué un refugio en la poesía pero solo encontré palabras oscuras, pensamientos amargos; una auténtica catarsis del miedo que me invadía por dentro. Traté de buscar cobijo en el sexo, en la lectura de relatos pornográficos, en la ausencia de la televisión basura. La auténtica basura te buscaba sin descanso tras las puertas atrancadas con cualquier cosa. Mientras lloraba por dentro me acordaba de los días en los que la única horda que asolaba Barcelona era la que estaba en mi cabeza cuando escribía los relatos contenidos que se incluyen en La Hamburguesa Humana, sí, los que creé al llegar a casa después de las interminables sesiones de sexo con Teresa. En esos relatos recreaba escenas de sexo explícito mientras los muertos vivientes trataban de derrumbar las puertas de todas las casas. Imagina que sabes que vas a morir y delante de ti tienes a alguien dispuesto a morir mientras practica la magia del porno sin cámaras. Imagina que eres un actor pornográfico que se ha quedado sin audiencia. Imagina que quieres vivir tus últimos momentos con tu sexo en contacto con el de otra persona. Y así escribí un libro que trataba de gente que no quería perder el tiempo y lo terminé cuando el caos estalló en la realidad que acontecía frente de mis ojos.

Me quedé mirando embobado el televisor de la ventana. Menuda porquería de canal.

Entonces ocurrió lo inevitable; mi obra poética y mis libros comenzaron a importarme una mierda. Los apéndices de mi esencia comenzaron a pudrirse en las estanterías en cuanto comencé a correr frente a los que habían sido mis lectores y mis editores en la vida real antes de la vida real. Porque el pasado se convirtió en un dulce sueño de siesta y el presente se tornó algo salvaje y misterioso. Bajar para conseguir alimentos se convirtió en una odisea; escribí varios relatos sin necesidad de teclado. Los guardé todos en el disco duro de la memoria. No necesita dejar nada para la posteridad.

El futuro era la incertidumbre del animal que se despierta cuando oye un ruido en su cueva. El presente, una carrera de fondo en las calles de la Ciudad Condal.

Ahora, en las noches solitarias (todas), después de contar las luces que se apagan en las últimas ventanas de los edificios que siguen con vida, pienso en la literatura, en su importancia una vez el mundo se termina. Cuando estudiaba en el colegio me contaron que la literatura sirve para que la memoria de los hombres perdurara. Que los libros eran el mejor invento del mundo porque con ellos podías sentir la telepatía de los autores aunque estos estuvieran muertos. Pero ahora veo que las obras completas de Borges y los relatos de Lovecraft no importan nada. La literatura no es capaz de apaciguar el miedo que me atenaza cuando oigo a seres susurrando incoherencias detrás de mi puerta. Tengo el comedor repleto de pilas de libros que gente que ya no existe. El arte escrito ha muerto para ser sustituido por el arte de robar, de matar, de seguir con vida en un mundo que no parece el mismo que hace unos años. Las series de televisión no importan, la música solo sirve para matar a zombis, atraerlos hacia un camión que escupe Black Metal por los altavoces y dispara balas por las ventanillas abiertas. Sabes que aunque hubieras escrito una novela sobre heroínas y coches rápidos contra muertos vivientes ninguno de los trucos que practicaban sus protagonistas para seguir con vida van a ayudarte. La carne no está en venta pero sí se regala en cualquier parte. Tu carne se regala. La mía está en peligro. No puedo hacer nada ni aun teniendo un revólver cargado. Ni aun siendo hábil con una espada. Ni conduciendo como un piloto de carreras.

Soy poco hábil por naturaleza. Lo único que hago es correr. Huir. Desaparecer como el Dr. Pasavento ante su público.

Partiendo de las innumerables argucias que pasé durante los primeros meses de la hecatombe que se formó en la ciudad mediterránea, perdí la capacidad por relatar mis vivencias y pensar de nuevo en ellas para escribirlas. No. En realidad mis vivencias no importaban a nadie. Ni tan solo a mí mismo. Simplemente quería seguir viviendo para seguir siendo uno más. Destacar no era importante. Lo único perdurable era seguir corriendo. Los libros eran objetos apilados, un pasado demasiado feliz como para pensar en él como un antes; mi cielo, mi descanso cuando me llegara la muerte sería el recuerdo del pasado. Porque pude tocar el firmamento cuando firmaba ejemplares y me tocaba el sol en las firmas de libros. Conseguí realizar un sueño en vida; tocar las nubes desde el confort de mi silla giratoria, la que usaba para planchar las nalgas cuando creaba.

Hasta el día de hoy, en el que pienso con las piernas cruzadas y quemo uno de los ejemplares de Conexión ADSL para encender el fuego. Libros. Fuego. Es lo único que me queda. El arte no es importante porque si le ofreciera algo del amor resplandeciente de antaño lloraría cada noche cuando quisiera estar caliente. Quemo mis relatos como si fuera el último día. Como lo que encuentro, sin tenedores, comportándome como alguien que no sabe escribir su nombre sin cometer errores. Retrocedo por fuera pero por dentro soy consciente de quien fui. Y quemo las lágrimas con el fuego de mis relatos.

Y libro una lucha con los zombis mientras los libros me dan la vida que no tuve antes de la pandemia. Uso su luz para seguir vivo. Abro las cubiertas para arrancar páginas. Primero quemé mis libros, después seguí por los de Hemingway. Bukowski aún sigue en la estantería porque me importa tan poco que apenas pienso en el calor que podría ofrecerme.

Imagina a un escritor desnudo echándose encima de tu cuerpo para darte calor. Pues eso es lo que hago cada noche cuando regreso victorioso de robar basura en la calle para seguir contándote esto.

El calor ilumina la habitación para enseñar la tristeza que esconde en sus rincones. Me acuesto en un sofá después de comer una lata de sardinas. Bebo algo de agua amarillenta. Me pongo en la posición del feto para volver a nacer en un mundo exento de felicidad. Quiero volver a nacer. Quiero ser alguien, cualquiera, pero que no sea un escritor asustado viviendo en la miseria.

Algo explota a lo lejos y abro los ojos. El cielo me ofrece un plano astral hermoso. Pienso que la vida sigue siendo un desastre a pesar de los detalles que la acompañan. Soy un escritor sin palabras. Sin arte. Sin nada que ofrecer excepto una lata abandonada y un trago de agua amarilla.

Cierro los ojos y no me importa el arte porque no hay nadie para apreciar su belleza.