Instinto

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Se acerca demasiado al peligro. No es la primera vez que se lo dicen. Pero a él no le importa demasiado perder un brazo o ser atropellado por el tumulto que produce el vehículo moderno. No le interesa la vida puesto que la muerte le parece atractiva desde un ángulo de profundo pesimismo. Utiliza su vida para poder enfocar el deseo de dejar de existir desde prismas distintos. Utiliza su vida para enroscarse dentro de un deseo cumplido y así justificar sus ganas de abandonar la luz que prologa a la oscuridad eterna. Se viste con las llamas del deseo, aquellas que solo pueden quemarle la piel estando vivo. Aquellas que producen un pequeño destello en sus ojos cuando el calor se pone en contacto con la leche del reverso de su mano. Una vela señalando al cielo. Un dedo hurgando en la idea de aterrizar en el infierno cuando el prólogo de la vida sea leído.

Se establecen paralelismos entre el deseo de morir y las pocas ganas de vivir.

Aun así sus sentidos le ayudan a ahondar en sus pesquisas; ritos que solo se celebran en la mazmorra de su mente. Palabras que nunca serán pronunciadas por brujo alguno, hechicera sexual, niña poseída por demonio con nombre de grupo metalero. El mundo se convierte en un escenario donde poder realizar macabros rituales invisibles a los ojos de aquellos que se cruzan en su vida. En su no-vida. En su deseo porque el tecleo del prólogo cese y la muerte se vislumbre subiendo por una cuesta de suelo adoquinado.

Se adivina a sí mismo tirándose a la vía del tren mientras lo balean por la espalda.

En sus sueños siempre aparecen animales; lagartos, serpientes, gatos, ranas y pájaros negros. En sus sueños la noche es como el sol que da vida para después producir un melanoma; cáncer en cápsulas de placer momentáneo. La piel es un mapa de atrocidades naturales donde no hay lugar para el drama. La muerte no espera música solemne ni cánticos ancestrales; el silencio previo al último estertor debería ser la única sinfonía para cuarteto de desgracia y suerte invertida.

Se adivina a sí mismo siendo acuchillado por la brutalidad de los acordes de cuatro jóvenes destruidos por la brutalidad de la música oscura.

Metalheads buscándose en la eterna juventud. Pájaros aparecidos en sueños arrancándole el único por el que puede ver un futuro inventado. Es probable que muera de viejo. Es probable que muera de joven. Es inequívocamente remoto el destino de aquel que muere día a día mientras se prepara para recibir a la dama de negro. Se la imagina desnuda. Se la imagina vestida. Se la imagina dictándole palabras y poesía que nunca nadie comprará. En su ímpetu por llegar antes a la meta de la vida se sumerge en el mar cuando la luna lo ve alegre por primera vez; alegre porque la vida acecha en la profundidad del agua; vida que quizá lo convierta en muerte.

Tiburones, peces martillo, orcas, animales acuáticos enfadados porque sí.

No existe animal fiero sino hombre desarmado. No existe la vida cuando espera a la muerte mientras el oleaje le cubre hasta los hombros. No importa nada excepto el agua fría montándoselo con su piel. Necesita ser violado por el agua. Necesita una bala perdida ante el posible fallo del asesino líquido. Una ola lo desplaza un par de metros para arrastrarlo mar adentro. Se deja llevar por la corriente. Es emocionante. Le gustaría ver llegar a la muerte con un biquini negro y una sonrisa blanqueada por la química legal. Sonríe cuando su cuerpo se coloca en línea ante la corriente que lo arrastra a los confines de un imperio profundo. Un imperio silencioso. Un imperio sin héroes ni villanos. La maldad es el silencio que precede a la vileza de los actos.

Delfines zombi, acantilados que sonríen mientras el agua entra por la boca, una estrella fugaz.

No existe animal furioso sino hombre suicida; la enorme mandíbula se cierra en torno a su brazo izquierdo. La sangre es invisible cuando la noche hace demasiado tiempo que se ha cerrado. Hablamos de horas. El tiburón ni sonríe ni llora; simplemente cumple con sus instintos. Su panza blanca pertenece a la del tiburón blanco. Es una hembra. Mastica dos veces la carne sanguinolenta para luego escupirla.

Su aleta desaparece en la inmensidad del palacio negro. Estrellado. Exento de compasión.

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Su cuerpo sigue flotando en la dirección a la que le lleva la corriente. No tiene miedo; simplemente nota el brazo que le falta. El sabor de los humanos no es muy agradable para los tiburones. Mala suerte. En otra vida quizá le toque ser un pez sabroso. Un invertebrado sin razones para pensar; la única vida es buscar el modo para conservarla. La sangre atrae a otros animales. Nota la viscosidad de sus pieles rozando la suya. Hace el amor con los seres de las profundidades que, en un alarde de caballerosidad, han emergido para saludarle. Para oler su sangre. Para observar la ridiculez del acto suicida.

Le extraña no haber sufrido un ataque al corazón. Un desmayo. Una pérdida de la realidad. Aun así trata de disfrutar del sueño que tantas veces se le ha aparecido en forma de animal.  Si en tus sueños aparecen lagartos es que un enemigo poderoso tratará de atacarte. Si en tus sueños aparecen perros es que alguien que consideras cercano buscará traicionarte. Si en tus sueños aparecen serpientes es que el diablo ronda cerca de ti. Las presencias viscosas pasan tan cerca de su cuerpo que no puede evitar reír como el estruendo que provocan dos trenes al chocar; en realidad está asustado.

En realidad considera que nunca se está preparado para la muerte aunque esta forme parte del proceso. Nunca se puede aceptar aquello que nos niega a todo lo que hemos sido. La oscuridad que lo rodea quizá sea el último capítulo de su vida. Busca en su cabeza algo con lo que distraerse cuando el corazón se le acelera tanto que la sangre que escupe su brazo tiñe el agua a demasiada velocidad. Algo grande y negro le estira una pierna y lo hunde. Algo grande y negro hace crujir el hueso del tobillo derecho para empujarlo en dirección al infierno. Tan solo necesitaba imágenes poéticas mientras se desangraba en la corriente. Tan solo quería algo de épica mientras su vida se cerraba el sostén.

El agua entra en sus pulmones y la poesía se torna invisible. Bella. Exenta de palabras.

Los monstruos de las profundidades nadan en dirección a la corriente. Esperan encontrar más hombres deseosos por toparse de morros con la muerte. La que nunca espera a nadie. La que trata de complacer a quienes se enamoran de ella.

Instinto. Mandíbulas cerrándose alrededor de la piel tirante. El festín es un concierto repleto de manos simulando los cuernos de la antítesis de Dios.


Síntomas de realidad

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El relato dignifica el alma y te pone en su lugar. Cuando cierras la luz después de teclear el punto final algo empieza a correr por tus venas. Es la auténtica liberación del espíritu. El diablo que siempre ha estado ahí pero que ahora puedes oír. Cierras los ojos. Ahuyentas la voz trémula que a veces te dice que no puedes seguir. Que debes poner el intermitente, estacionar en el andén y apagar el motor. Normalmente ocurre cuando llevas tiempo dándole a la máquina de las mentiras pero el reconocimiento sigue aletargado. ¿Quién dice que algún día va a despertar cual Nosferatu en un velero con destino a Londres? No, hay que seguir manteniendo el espíritu libre y los dedos ágiles para seguir aporreando a la realidad con tus mentiras, ilusiones y orgasmos mentales. La palabra es un acto de liturgia cuando la pones en movimiento. Escenificas ideas hasta que estas se tornan una variante de piscina vacía donde deslizarte con tu patín hasta quedar agotado frente a la pantalla. Hubo un tiempo en el que consideraste a los escritores como algo sagrado para descubrir al poco tiempo, que eran gente como tú. Algunos necesitaban protagonismo, otros simplemente trataban de mejorar.

El afán de protagonismo llena un par de minutos de tu vida como artista efímero.

Y digo efímero porque en la actualidad todos necesitamos ser especiales. La fijación por nosotros mismos nos la regaló el cerebrito de Facebook. Fotos de pies. De comida. De rollos que hemos conocido en antros con poca luz y el suelo pegajoso. La vida transcurre mientras la Tierra sigue dando vueltas, engañándonos a todos con su baile de música para ascensores. Piensas en todo ello ahora que no sirve para nada. Ahora que los fantasmas del mundo actual se han convertido en despojos unánimes a un grito silencioso: el grito del hambre eterna. El hambre por protagonizar, por morder el anzuelo de la vida exitosa. ¿Te acuerdas cuando comenzaste a fantasear con la escritura? ¿Te acuerdas cuando tenías que imprimir tus relatos y salir a la calle infestada de anónimos?

Sí, lo recuerdas todo como si fueras un secundario de Z-Nation, solo que los zombis eran el depredador humano, enarbolando una sonrisa de dientes afilados. La primera mordida fue en una entrevista de trabajo, cuando alegaste que escribir era tu pasión y que habías adquirido las 400 pulsaciones escribiendo relatos de zombis. La pregunta de la entrevistadora te desgarró las entrañas, solo que no te diste cuenta. “¿Así que has adquirido rapidez haciendo ESO?” La carne quedó rígida para pasar a infectar los órganos principales de tu deteriorada salud mental; ilusión, esperanza, ganas de moverse por cuenta propia. Todo terminó por derrumbarse. Luego la infección pasó a tu sistema nervioso; el sudor corría por tu cara igual que la sangre de los corderos que habitaban la Biblia. Tu cerebro abandonó toda esperanza de encontrar un segundo empleo. El primero no daba mucho para vivir. El segundo tendría que ser un motor de 1200 caballos. La bestia. Saliste a la calle aturdido, mareado, la mordida te dejó la camisa desgarrada.

Solo podías ver la herida reflejada en los escaparates.

La gente seguía con sus vidas: caminaban, apenas te vieron, si hubieras caído al suelo nadie hubiera hecho nada. Normal. Tú también lo haces. La gente cae continuamente al suelo de sus vidas y nadie hace nada para levantarlas. Hay que tropezar, te dicen, así podrás volver a levantarte aunque tengas las rodillas en carne viva.

Meses más tarde la epidemia del dolor personal llegó a través de las ventas de tus libros; no vendías lo que tu yo del pasado había imaginado. Imaginar es para niños grandes y para muertos vivientes de su propio ego. En realidad no nos hace falta carne mientras tengamos la nuestra. Nos alimentamos de los comentarios que van dirigidos a nosotros. EGO. Una pieza difícil de colocar en el castillo de nuestra mente. Los libros se distribuían pero tenían pocos compradores. Nadie dijo que fuera fácil y menos cuando tu nombre no salía en las marquesinas de las paradas de autobús.

¡Serás soñador! ¡Serás niño!

 Te diste cuenta de que lo había que alimentar era al vampiro que se nutría de halagos, de palmadas en la espalda, de momentos felices…

Pero nunca de dinero.

Pensaste que hacer algo de provecho económico dejando el arte aparte sería lo más justificable. Así que buscaste trabajo y enterraste al escritor. Mentiste cuando dijiste que tu mayor afición era la poesía recitada en la mente mientras nadabas. Seguías escribiendo en secreto. Tecleando mentiras que sonaban a verdad. Esculpiendo mundos invisibles que necesitaban de las palabras para ser descubiertos. Hasta que al fin firmaste un papel que te retuvo en una empresa durante varios meses.

Conociste a gente y fumaste en las horas libres. Llegaste a tener una amiga con la que contarle tus intimidades e incluso, confiarle quien eras en realidad. Peter Parker no es Spiderman, es un fotógrafo mal pagado. La realidad siempre es más impactante que la ficción. Eras el hombre araña en la intimidad mientras te mostrabas ante el mundo como uno más. Un zombi con hambre de red digital y consumo efímero.

Aun así seguiste tecleando para esculpir tu estilo. Conseguiste algunos logros personales y los celebraste a solas. ¿Realmente necesitas a alguien cuando tu oficio es el de estar solo? Hay que saber estar a gusto con uno mismo cuando el espíritu es un soldado independiente. Cumplir objetivos no tiene nada que ver con el éxito social. Los logros se diluyen en poco tiempo a ojos de otros. Decidiste seguir viviendo, seguir tecleando y peleando por ti. Nada de fotografías con grandes autores. Nada de elogios por parte de nadie.

Solo quieres oír la voz del diablo que corre por tus venas cuando cierras la luz después de inventarte otras vidas.


La vida extraña

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A la vez que me matan me devuelven a la vida. Porque mi pasado es asumible pero no sirve para ser recitado en un verso o inmortalizado en una novela de algún autor con patillas que titula a sus libros con nombres de mujeres. Hurgan en los años pasados despertando el olor de los recuerdos que nunca quise volver a visualizar. A la vez que me matan resucitan un presente inaudito en el que casi no me reconozco. Remueven en la cacerola de los fracasos para convertirlos en victorias. Insuflan aire a aquellos actos heroicos que pasaron desapercibidos. Me están convirtiendo. Me están cambiando la vida solo por el hecho de divertirse. De investigar. De encontrar respuestas a las preguntas que la humanidad le confiere. Sus ojos son rasguños que nunca consigo poder visualizar a la perfección. Sus bocas no pronuncian palabras. Simplemente se comunican existiendo. Actuando. Ocupando un espacio en el vacío de la nada.

A la vez que me matan me convierten en el hombre que siempre quise ser. No entiendo por qué tratan de modificarme. No consigo averiguar sus propósitos. De todas formas, cada vez me encuentro mejor. Me siento como si me hubieran inyectado una alta dosis de antidepresivos porque todo me parece bien; hasta el curioso artefacto cuya amenazante aguja me apunta a la cabeza a la vez que se va acercando a mí.

El rotor del aparato gira como si no hubiera un mañana. Todas las máquinas actúan rápido por si el mundo se extingue; el hombre las ha programado así.

La aguja gira en mi sien mientras visualizo osos de peluche rosas y mujeres atractivas que me lanzan besos en el aire. No consigo atrapar ninguno porque tengo las manos atadas. Qué más da; aunque me ignoraran me parecería genial. La aguja penetra en mi cabeza igual que 15 gramos de Escitalopram. Me devuelve las ganas de vivir. El optimismo arraiga, crece y florece en un campo que parecía abandonado por la pesadumbre de alguna bestia enroscada en el laberinto del raciocinio. Sigo existiendo pero esta vez me han dibujado la alegría en la boca.

Soy el payaso que todos quieren que sea. Pertenezco a aquello al que a todos les gusta ver, oír y sentir. No soy yo pero sí soy yo. Lo sé aunque no puedo decirlo; me da que usan a la gente para algún fin. Sí, como en las películas. Me da igual. Voy a sonreírles igualmente.

La sangre les salpica los cuerpos enjutos, escurridizos, viscosos. El pequeño agujero practicado en mi cabeza parece que les llama la atención. Bueno, la cavidad en sí, no, es el líquido rojo que brota brota brota en la septicidad de la habitación. La aguja sale de la cavidad para volver a mirarme amenazadoramente desde su posición. Los seres se arremolinan alrededor de mi cuerpo como si fueran a comer de él. Me siento como una mujer plato, con la piel cubierta por pescado crudo y bolas de arroz. Me gusta. Me siento una cobaya con ínfulas de diva.

Me abren el estómago y me da igual. Sí. Lo abren con tanto cuidado que casi estoy a punto de agradecérselo. Con la piel abierta como un libro esotérico, observan con atención el bombear del corazón y los movimientos gastrointestinales. Mi intestino delgado es una serpiente roja rellena de excrementos. Mis costillas son la cárcel de los pulmones. Nadie dijo nunca que servían para proteger los órganos, sino para apresarlos.

Son demasiado preciosos como para dejarlos abandonados.

Lo sé porque uno de los seres trata de coger el corazón. Siento una punzada fuerte de dolor en el pecho. Noto que mi vida, quizá, deje de existir. Ellos lo saben y por tanto vuelven a dejar de toquetear el órgano. Soy rojo por dentro y feo como las películas de muertos vivientes. Soy un muerto viviente. Soy un experimento en creces. Una bestia protegida por el aspecto humano. Un alma que desnudan de la parte física.

“Podéis seguir tocándome” pienso. En realidad dejar la existencia no es algo importante. Lo bonito de la vida es poder verla aunque sea un momento. El resto simplemente es un relato largo que algún día será olvidado. Gente. Personas. Deberíamos convertirnos en libros para que puedan vernos el alma más fácilmente.

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Noto como una pequeña sierra atraviesa el muro blanco de hueso craneal. Quizá quieran ver lo que pienso. Quizá no entienden lo que trato de decirles. Lo más probable es que me saquen el cerebro. Se lo coman o lo miren como si fuera un fragmento de meteorito. Las pequeñas gotas de sangre les salpican de nuevo la piel mientras la máquina hace su trabajo. Noto una molestia en la sesera. Son ellos investigando al animal terráqueo. Al hombre que siempre trató de huir de sí mismo y que ahora ama que le hagan daño. Todo me da igual. Hasta la tapa de la cabeza que cae al suelo haciendo un discreto “clock” que a nadie parece importarle.

Resiguen la masa palpitante con un objeto punzante. Presionan en el lóbulo parietal. Creo que no voy a poder hacer una suma. Existen las calculadoras pero es probable que no sepa identificarlas si es que consigo salir de esta curiosa experiencia. Trato de abrir la boca para decir algo. No puedo. Están demasiado empeñados en saber para qué sirve la masa de carne que tengo encima del hueso parietal. Aprieto la mandíbula. Casi que me sale sangre de las encías. Debería verme reflejado en un espejo.

Debería salir a mi nueva vida antes de que la terminen sin avisarme antes.

El tablero de la mesa emite luces de color blanco y gris. Hay una ventana grande, con la que puedo ir viendo el exterior de la habitación. No hay nada. El color es el negro. Siempre lo es cuando quieren que te sientas perdido. Ellos se han encargado de todo.

Mi cerebro.

Mi corazón.

Ahora quizá toque el aparato reproductor.

Alguien lo palpa con la punta de una vara. Vuelven a colocarme la corona de hueso en la cabeza. Están haciendo algo con ella, quizá la vuelvan a soldar. Podría ser que, en realidad, no tuvieran malas intenciones. Turistas abusando un poco. Nada más. Me estiran el pene. Palpan los testículos. Parece que el asunto les interesa. Supongo que como el resto del cuerpo. Solo a los humanos nos interesa un poco más que otras partes de nuestra anatomía. Mientras tengamos que reproducirnos no evolucionaremos en este sentido. El tiempo que usamos en la reproducción bien podría ser sustituido por algo más. Algo especial. Algo que no supiéramos que existe hasta que no lo viéramos.

Siguen palpando, jugando, investigando. Muevo los dedos de los pies. Aún puedo hacerlo. Me sienta bien. Eso significa que no han toqueteado mucho mi cerebro exceptuando el sentimiento de creciente fervor por la vida, por mi nueva vida. La que aún no sé cómo voy a comenzar si es que existe un futuro con mi nombre escrito en él.

Con una herramienta parecida a un bisturí abren la piel del pene hasta llegar a la base. Sale un montón de carne roja, dormida, abrazada por media docena de venas grandes. Miro mi interior a la vez que sonrío. Estoy feliz por verme de esta manera, ¿alguien sabe cómo es por dentro?

Todos somos iguales hasta que viene un psicópata o una banda de marcianos y te secuestra para jugar contigo.

No quiero saber nada de mi vida. Tampoco me acuerdo. Así que me es imposible recordar como he ido a parar a esta habitación iluminada por una variante de espíritu santo. Pienso en Dios como en un extraterrestre. Pienso en los extraterrestres como en  extraños doctores que no saben muy bien que hacer conmigo.

Con la piel del pene abierta y la cabeza abierta, cierro los ojos para relajarme aún más. Esto es lo más bonito que me está pasando. Sonrío porque estoy viviendo mi nueva vida. A la vez que me matan me dan algo nuevo.

La experiencia.

La vida extraña en su último momento.

Tengo un poco de sueño. O ganas de desaparecer de mí mismo. Estoy feliz.

Nada importa.


Cierro los ojos

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1972 — Original caption: Peter Cushing returns from the grave in “Tales From the Crypt,” 1972. — Image by © Bettmann/CORBIS

Siendo obvio que el género zombi está de capa caída, no entiendo la horda que corre detrás de la estela que dejo tras de mi cada vez que salgo a la calle. Sí. No hay forma de entender al mundo. Me alejé de la literatura zombi y de su escritura cuando vi que la gráfica de las ventas de libros del subgénero descendió hasta casi salirse de la misma gráfica. Olvidé a los muertos para hacerle más caso a la vida. Abandoné el afán por sentirme un autor aclamado por mis letras para ser un autor (vivo) aclamado por mi carne. Mi esencia no importaba. Mi estilo no importaba. Mis libros se apilaban en cajas que nunca serían abiertas. Ni aun cuando durante los primeros días trataba de observar el “espectáculo” a través del marco de la ventana para hallar algo de inspiración. Durante los días que siguieron a la matanza busqué un refugio en la poesía pero solo encontré palabras oscuras, pensamientos amargos; una auténtica catarsis del miedo que me invadía por dentro. Traté de buscar cobijo en el sexo, en la lectura de relatos pornográficos, en la ausencia de la televisión basura. La auténtica basura te buscaba sin descanso tras las puertas atrancadas con cualquier cosa. Mientras lloraba por dentro me acordaba de los días en los que la única horda que asolaba Barcelona era la que estaba en mi cabeza cuando escribía los relatos contenidos que se incluyen en La Hamburguesa Humana, sí, los que creé al llegar a casa después de las interminables sesiones de sexo con Teresa. En esos relatos recreaba escenas de sexo explícito mientras los muertos vivientes trataban de derrumbar las puertas de todas las casas. Imagina que sabes que vas a morir y delante de ti tienes a alguien dispuesto a morir mientras practica la magia del porno sin cámaras. Imagina que eres un actor pornográfico que se ha quedado sin audiencia. Imagina que quieres vivir tus últimos momentos con tu sexo en contacto con el de otra persona. Y así escribí un libro que trataba de gente que no quería perder el tiempo y lo terminé cuando el caos estalló en la realidad que acontecía frente de mis ojos.

Me quedé mirando embobado el televisor de la ventana. Menuda porquería de canal.

Entonces ocurrió lo inevitable; mi obra poética y mis libros comenzaron a importarme una mierda. Los apéndices de mi esencia comenzaron a pudrirse en las estanterías en cuanto comencé a correr frente a los que habían sido mis lectores y mis editores en la vida real antes de la vida real. Porque el pasado se convirtió en un dulce sueño de siesta y el presente se tornó algo salvaje y misterioso. Bajar para conseguir alimentos se convirtió en una odisea; escribí varios relatos sin necesidad de teclado. Los guardé todos en el disco duro de la memoria. No necesita dejar nada para la posteridad.

El futuro era la incertidumbre del animal que se despierta cuando oye un ruido en su cueva. El presente, una carrera de fondo en las calles de la Ciudad Condal.

Ahora, en las noches solitarias (todas), después de contar las luces que se apagan en las últimas ventanas de los edificios que siguen con vida, pienso en la literatura, en su importancia una vez el mundo se termina. Cuando estudiaba en el colegio me contaron que la literatura sirve para que la memoria de los hombres perdurara. Que los libros eran el mejor invento del mundo porque con ellos podías sentir la telepatía de los autores aunque estos estuvieran muertos. Pero ahora veo que las obras completas de Borges y los relatos de Lovecraft no importan nada. La literatura no es capaz de apaciguar el miedo que me atenaza cuando oigo a seres susurrando incoherencias detrás de mi puerta. Tengo el comedor repleto de pilas de libros que gente que ya no existe. El arte escrito ha muerto para ser sustituido por el arte de robar, de matar, de seguir con vida en un mundo que no parece el mismo que hace unos años. Las series de televisión no importan, la música solo sirve para matar a zombis, atraerlos hacia un camión que escupe Black Metal por los altavoces y dispara balas por las ventanillas abiertas. Sabes que aunque hubieras escrito una novela sobre heroínas y coches rápidos contra muertos vivientes ninguno de los trucos que practicaban sus protagonistas para seguir con vida van a ayudarte. La carne no está en venta pero sí se regala en cualquier parte. Tu carne se regala. La mía está en peligro. No puedo hacer nada ni aun teniendo un revólver cargado. Ni aun siendo hábil con una espada. Ni conduciendo como un piloto de carreras.

Soy poco hábil por naturaleza. Lo único que hago es correr. Huir. Desaparecer como el Dr. Pasavento ante su público.

Partiendo de las innumerables argucias que pasé durante los primeros meses de la hecatombe que se formó en la ciudad mediterránea, perdí la capacidad por relatar mis vivencias y pensar de nuevo en ellas para escribirlas. No. En realidad mis vivencias no importaban a nadie. Ni tan solo a mí mismo. Simplemente quería seguir viviendo para seguir siendo uno más. Destacar no era importante. Lo único perdurable era seguir corriendo. Los libros eran objetos apilados, un pasado demasiado feliz como para pensar en él como un antes; mi cielo, mi descanso cuando me llegara la muerte sería el recuerdo del pasado. Porque pude tocar el firmamento cuando firmaba ejemplares y me tocaba el sol en las firmas de libros. Conseguí realizar un sueño en vida; tocar las nubes desde el confort de mi silla giratoria, la que usaba para planchar las nalgas cuando creaba.

Hasta el día de hoy, en el que pienso con las piernas cruzadas y quemo uno de los ejemplares de Conexión ADSL para encender el fuego. Libros. Fuego. Es lo único que me queda. El arte no es importante porque si le ofreciera algo del amor resplandeciente de antaño lloraría cada noche cuando quisiera estar caliente. Quemo mis relatos como si fuera el último día. Como lo que encuentro, sin tenedores, comportándome como alguien que no sabe escribir su nombre sin cometer errores. Retrocedo por fuera pero por dentro soy consciente de quien fui. Y quemo las lágrimas con el fuego de mis relatos.

Y libro una lucha con los zombis mientras los libros me dan la vida que no tuve antes de la pandemia. Uso su luz para seguir vivo. Abro las cubiertas para arrancar páginas. Primero quemé mis libros, después seguí por los de Hemingway. Bukowski aún sigue en la estantería porque me importa tan poco que apenas pienso en el calor que podría ofrecerme.

Imagina a un escritor desnudo echándose encima de tu cuerpo para darte calor. Pues eso es lo que hago cada noche cuando regreso victorioso de robar basura en la calle para seguir contándote esto.

El calor ilumina la habitación para enseñar la tristeza que esconde en sus rincones. Me acuesto en un sofá después de comer una lata de sardinas. Bebo algo de agua amarillenta. Me pongo en la posición del feto para volver a nacer en un mundo exento de felicidad. Quiero volver a nacer. Quiero ser alguien, cualquiera, pero que no sea un escritor asustado viviendo en la miseria.

Algo explota a lo lejos y abro los ojos. El cielo me ofrece un plano astral hermoso. Pienso que la vida sigue siendo un desastre a pesar de los detalles que la acompañan. Soy un escritor sin palabras. Sin arte. Sin nada que ofrecer excepto una lata abandonada y un trago de agua amarilla.

Cierro los ojos y no me importa el arte porque no hay nadie para apreciar su belleza.


Experimentar

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Experimentas el horror cuando cierras el libro. Nunca habías pensado en la muerte del intelecto ante la resurrección del entretenimiento. Te extrañas cada vez que el lomo del artefacto te mira desde la mesita de noche antes de cerrar los ojos y bañarte en la laguna del sueño. Porque no entiendes por qué los escritores solo quieren entretenerte cuando en realidad lo que deseas es pensar un poco por cuenta propia. Necesitas a Gonzalez Requena, a Vila-Matas, al ignífugo Onfray.

Necesitas hacer un Jackpot de inteligencia ajena. Necesitas alimentarte de los demás. Parecer listo. Mordisquear la lucidez como un vulgar extra de TWD.

Experimentas la pena cuando Abercrombie solo narra. Solo piensa en el argumento. Solo necesita acólitos que lo deseen por su imaginaría. Y la verdad es que me parece loable aunque insuficiente.

Abercrombie es el capitán de un velero hermoso pero efímero. King tiene unos finales ridículos aunque funcionales. Estos escritores engrasan su maquinaria para que las ruedas nunca se salgan del riel. No hay riesgo. Solo hay historias y entretenimiento superficial.

¿De cuántos libros debería acordarme antes de morir? Mis neuronas deberían saberlo. La pereza me indigna pero me parece algo cómodo. Las historias necesitan que su capitán no se hunda en el océano de papel amarillo y palabras. Demasiados océanos. Multitud de mares por descubrir. El intelecto se encarga de que desprecies a los autores que simplemente quieren contar.

No necesitan la investigación de la palabra porque saben que su barco llegará a puerto seguro.

Lo hermoso del arte se viste con cubiertas llamativas y palabras rasuradas como los genitales de un actor pornográfico. Prosa rasurada. Poesía inexistente.

Experimentas el horror cuando cierras el libro y este, en realidad, no ha conseguido decirte nada. Te sientes igual que los niños que comen pipas y dejan el suelo lleno de porquería. “Para pasar el rato”, dicen. Mi tío-abuelo diseñaba edificios para pasar el rato. Su hermano escribía poemas y era amigo de Pere Riba.

Y yo he salido un pedante con ínfulas de escritor.

Michael Crichton  diseño un parque repleto de dinosaurios. Un escenario ficticio para pasarlo bien sin moverse de casa. En realidad, Parque Jurásico es un cojín cómodo para las tardes de lluvia. Larsson se inventó a una heroína postpunk, algo que este mundo necesita para ganarse el aplauso y condenarse a la memoria bestsellera. Su relato me fascina pero a la vez me produce un efecto similar al de los antidepresivos. Quizá los libros más vendidos sean el nuevo antidepresivo. Creemos necesitar historias pero no necesitamos vivirlas. Qué curioso; el hombre se siente a gusto viendo sufrir a sus semejantes. A sus héroes ficticios. A su ídolos convertidos en dioses.

Leer es una forma de huir de la realidad. Aun así, nos regocijamos en los relatos de gente que muere. Gente que sufre. Gente que pelea por sus intereses. La literatura no es como nosotros. La literatura es el asesino frustrado de la realidad.

Los libros son el mejor engaño del siglo. Quizá por eso hay quien no le interesa que nos mientan otros.

Experimentas el horror cuando el vacío que queda en tu interior es más grande que el número de páginas que has leído. Te has embarcado en una epopeya sin sentido. No has ganado un tesoro, simplemente te has distraído. Por eso nunca recordarás el momento leído. La palabra escrita que no se graba en la memoria. El bestseller se termina más rápido que el papel higiénico. La mecha de un petardo. El hambre de una piedra.

Experimentas el horror porque tu cerebro ha sido capaz de clasificar; los libros que solo cuentan se enfrentan a los que quieren que veas la realidad a la inversa. Y te estremeces porque no existen sagas de autores intelectuales. No hay series. Ni tan solo existe merchandising. Necesitas el mundo del fandom pero con tipos como Colette o Melville. Bukowski o Camus. Huxley o Alberti.

Te has convertido en un excéntrico. Un millonario de la cultura con los bolsillos roídos. Experimentas el horror porque en realidad, no sabes cómo ver la vida de otro modo.


Nacido en una ciudad de muertos

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“Nacido en una ciudad de muertos”.

Bruce Springsteen.

Una de mis pasiones siempre fue la de auyentar la depresión mediante la lectura. En mi caso Stephen King me salvó de un intento de suicidio por parte de los agentes que manipulaban mi mente presentándome al payaso de sonrisa traicionera que habita en las páginas de It para que mi alter ego, algo deprimido, no sucumbiera al triste advenedizo que me dictaba el acto de la muerte voluntaria. (Inspiro, expiro). Muerte. Vida. La antítesis de la idea del fallecimiento prematuro se me presentó mediante una sucesión de relatos donde varios niños hacían un dique en un extraño rio donde habitaba un extraño ser. El animal, por nombrarlo de alguna forma, se escondía detrás de diversas máscaras, como el monstruo con escamas que salía del agua en el momento más inesperado de la vida del niño que presuntamente tenía que ser atacado alrededor de la página doscientos diez. Todo se mostraba en sueños, alucionaciones y escenarios irreales para que el acto de suicidio se diluyera de la forma más peculiar posible. King me mostró a varios monstruos mientras que las ganas de abandonar el mundo se escondían en algún lugar de la cabeza. Descubrí que existían diversos escondites dentro la cabeza; tantos como uno quiera construir mediante los libros. King me dijo sin necesidad de personarse en la habitación que me servía de refugio contra mi mismo, que Jack Torrance estaba mucho peor que un servidor. Que Carrie sí que tenía motivos para abandonar su vida y que el cementerio indio del que tanto se hablaba en Cementerio de animales, era algo mucho más terrible que el interior de mi raciocinio. Busqué dentro de los libros y encontré el remedio; leer me estaba salvando de la idea de matarme con algún remedio indoloro. Porque yo era uno de aquellos que, ya que no quería luchar por su felicidad, tampoco deseaba hacerlo contra el último acto doloroso que me ofrecía a mi mismo. Supe que la vida y la muerte iban cogidos de una mano fría, incómoda, extremadamente real. Averigué que la vida es una montaña helada que tienes que subir cueste lo que cueste pero que también, puedes abandonar su ascensión en mitad del trayecto para dejarte caer y experimentar la muerte en vida.

Extraje varias conclusiones a partir de los libros del maestro King; uno puede asimilar el número de historias que quiera para abandonar su propio mundo y así, suicidiarse sin necesidad de que el cuerpo deje de funcionar. La lectura era mi particular modo de auyentar a la muerte pero también de acercarme a la idea de abandonar las riendas de mi propia vida. Me sumergi en varios relatos para olvidarme de mi. Me compré un montón de libros extraños repletos de historias con el mismo personaje porque me gustaba verlo sufrir; sabía que en realidad era King escribiendo sobre el monstruo que podría llegar a ser cuando tenía resaca o ganas de meterse una raya de cocaína. Experimenté la desaparición del yo buscándome en los relatos del escritor. Ese fue mi primer error; no debía acordarme de que era yo el lector de aquel libro. Tenía que transformarme en la historia, vivir lo que King me estaba dictando; tenía que entregarme del todo para olvidar quien era.

Y así fue como puede desconectarme de una vida repleta de intentos imaginarios de suicidio, de la ingestión ficticia de antidepresivos y de la muerte de todos aquellos enemigos que me había forjado en la mente. Porque yo quería más protagonismo. Más vida envuelta de muerte. Más puñetazos sin dolor. El payaso de King me dio un globo y dejé que me arrancar un brazo. Sí. Tuve mis momentos de querer morir a pesar de no saber quien era. Supongo que siempre estamos conectados a nosotros aunque no nos guste. Tenemos un puerto USB en algún lugar invisible que nos conecta a la oscuridad en los momentos más insospechados.

Igual que el payaso de King o los arrebatos de furia de Torrance.

Huimos de la vida para adentrarnos en la de otros. Mi pasión por desaparecer sin necesidad de experimentar la muerte se convirtió en la inefable necesidad de emerger como lector y así, convertirme en relato. En el relato de otros. Porque lo que más desea un escritor es que sus palabras tomen vida de alguna manera: y esa manera, la mejor opción de todas, es hacerlo en el interior de la cabeza del que se ha comprado tu libro. Es decir, el lector paga para tragarse las manías del que las exhibe. El acto egoista del autor no es más que una bocanada de humo de automovil renqueante disfrazada de relato. Te jodes. En mi caso la idea del suicidio no era más que otro relato correteando por mi mente sin otra misión que la de despistarme de lo que realmente quería hacer cuando abría un libro. Mi depresión se tornó historia inconclusa. Me cabeza repleta de negrura no era más que una paranoia sin sentido alguno de la coherencia. El único inconveniente es que era real. Quizá este relato también lo sea. Qué más da. Hay que morir en vida para poder soportar las mierdas de los autores. En el caso de King, su mierda sabe a pastel de manzana. Me tragué tanto pastel que mi estómago lo vomitó todo. Como si fuera un romano en una orgía de comida y sexo, tenía que vaciarme para poder tragar más y más. Descubrí nuevos autores cuyas historias construyeron más laberintos de pared carnosa de color rosado. Y allí traté de perderme. De buscar sexo sin tener que abrirme la bragueta. De aventuras sin necesidad de rasgarme la camisa. De pesadillas sin forma que sepultaron, momentáneamente, la ansiedad de suicidio.

Creo que morí mil veces para levantarme de nuevo, con las piernas rígidas como estacas para vampiros y el corazón bombeando tinta impresa. Puse los brazos en cruz para redimirme como si fuera un vulgar Cristo de Biblia de papel para fumar. Y obtuve la libertad. Sí. Pude lamerle los pechos a las musas que muchos decían que se les metían debajo de las sábanas cuando no encontraban motivos para seguir con sus obras. Me follé a las heroínas que crearon los escritores pajilleros y pude arrancarle los huevos a los monstruos que simplemente trataban de hacerme olvidar mi muerte en vida. Me convertí en una especie de zombi, renovado por el afán insaciable de palabras impresas, de ideas nuevas y arriesgadas, de textos que no buscaban la redención, sino, simplemente, el afán por contar una buena historia sin necesidad de ascender al cielo. ¿Quien quería subir por el ascensor del firmamento literario? Todos los putos redactores que emularon a King y no supieron encontrar su estilo. Por eso elegí a King. Por eso huí de mi vida mediante las vidas inconclusas de otros. Porque nunca sabes el destino final del personaje de una novela cuando termina la trama. Porque nunca sabes si morirás con la literatura o lo harás por cuenta propia.


Religiosorum sex

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Y aunque la enfermedad le cubre el hígado con manchas que a simple vista parecen países por conquistar, su paso es rápido y sus intenciones malignas. Tiene a un dios en el estómago. Un ente que ha matado a todas las mariposas que creyó poseer en la jaula de carne rosa y blanda. Y aunque le quede muy poco de vida, sabe que puede encontrar alguna oportunidad en el mercado de la carne; la que se compra, se vende y se regala en las calles grises de Babilonia. Porque el dios que guarda dentro le dice que abra las piernas pero siga vistiendo como la novia del crucificado. Del ente inexistente. De aquel que mataron en los libros. Y aunque las manchas le recuerden al lugar donde sabe que va a morir, en su cabeza sabe que para ser feliz, debe hacer lo que le venga en gana.

El Padre Nuestro le indica el camino a seguir, el pan que ha de comer, el gemido del dios que se muestra complacido.

La Virgen se alza ante ella para mostrarle las palmas de las manos llenas de cortes, llenas de lágrimas sin llanto, llenas de pureza ante la libidinosidad del acto incompleto.

El Espíritu se escabulle como niño tímido para convertir la inocencia en un acto cotidiano; el sexo no es suciedad si la conformidad se impone ante los practicantes.

Y aunque la enfermedad le muestra las preferencias de la vida, sabe que la ausencia de sus necesidades primarias puede ser revocada ante la magnificencia del goce y la carne húmeda. Cuando encuentra al candidato inicia la danza de Santa Camilla, la cruz de San Pedro le postra la cabeza para mostrar humildad; el hombre se agacha para descubrir un nuevo país, un nuevo sabor, el goce que ningún lamento de violín es capaz de detener.

La danza es macabra para aquel que quiera ver su lado más oculto, más oscuro.

Para que se alce la poesía la devoción debe ser máxima, completa, unánime. La lengua del mercader de la depravación pasa de un lado hacia otro, como si estuviera rememorando los pasajes del Antiguo Testamento. Caín. Adán. Noé. El sexo entre bambalinas es una fiesta urbana donde se oyen los jadeos pero la acción transcurre tras las puertas traseras. Es la celebración de lo antiguo, de lo más abyecto y lo más moderno. De lo abominable y de la explosión de la belleza. Los actos se escriben sin necesidad de teclas, sin necesidad de tinta, sin necesidad de escritura.

Se forma un puente libidinoso cuando los labios se juntan y las lianas de jugo transparente se funden en una, uniendo dos vidas que no sienten interés en saber el uno del otro. Y así hasta cuando el infinito es medido por la mente de un niño caprichoso. Todo termina antes de empezar, casi. La cofia le sigue cubriendo la cabeza llena de miedo y asco. La boca le sabe a goce efímero, dientes de ex fumadora, lengua afilada en el castillo de sus pensamientos.

Le gusta discutir con su dios cada vez que camina sola por la calle. Imagina que le ata una correa a la cabeza y la bola de goma es un bozal para adictos a sus vidas privadas. Y la cofia. Y la ropa. Y el sexo que ha tenido con un desconocido. Le gusta celebrar eventos con los habitantes de Babilonia. Conocer gente sin la necesidad de la palabra. Descubrir los rincones más ocultos en las bolsas de la ropa masculina, para poder seguir bajando la calle y que su hígado se cubra de manchas que parecen continentes extraños. Porque sabe que con ello, sus actos obtienen la más pura de las justificaciones.


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